Más que un defecto, esta aparente falta de astucia suele ser una mezcla de independencia, baja motivación para el trabajo y un carácter apacible que choca con los criterios clásicos de inteligencia canina, centrados en la obediencia.
¿Qué mide realmente la “inteligencia” de un perro?
Buena parte de los rankings populares se basan en el trabajo del psicólogo Stanley Coren, autor de The Intelligence of Dogs, que evaluó la rapidez con la que las razas aprenden órdenes nuevas y su disposición a obedecerlas.
Pero etólogos y adiestradores recuerdan que hay muchos tipos de inteligencia: social, instintiva, resolutiva, olfativa. Un perro que parece torpe en obediencia puede ser muy hábil leyendo emociones humanas o encontrando soluciones creativas… aunque eso a veces se confunda con tozudez.
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Aun así, algunas razas acumulan fama de despistadas, en parte por su historia y en parte por el tipo de dueño que suelen atraer: amantes de la estética o del carácter tranquilo más que del adiestramiento intensivo.
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Galgo afgano: elegancia de pasarela, mente independiente
Encabeza casi todos los listados de “poco inteligentes”. El galgo afgano, con su manto sedoso y su aire aristocrático, fue seleccionado durante siglos como cazador de vista en terrenos montañosos.

Su trabajo consistía en tomar decisiones rápidas a gran distancia del humano. Esa autonomía se traduce hoy en un perro que aprende, sí, pero que no ve sentido en repetir órdenes que no le motivan.
Un adiestramiento tradicional, rígido, suele fracasar con ellos. Con métodos en positivo y mucha paciencia, muestran que de tontos no tienen nada: simplemente priorizan su propio criterio.
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Basset hound: nariz brillante, reflejos lentos
Sus orejas largas y mirada eternamente melancólica han convertido al basset en un icono. Como sabueso olfativo fue criado para seguir rastros a baja velocidad, sin perderse pese a la distracción del entorno.

En casa, esa calma se confunde a veces con torpeza intelectual. Muchos tardan más en aprender la llamada o acudir a la primera orden, pero responden con sorprendente constancia a los ejercicios vinculados al olfato.
Una prueba de que lo que algunos llaman “despiste” es, a menudo, un foco de atención muy distinto al que el humano espera.
Bulldog inglés: carisma tozudo
El bulldog inglés simboliza la tenacidad… y también cierta fama de testarudo. Su físico compacto y su cara arrugada lo han hecho enormemente popular, pese a los serios problemas de salud que preocupan a veterinarios y expertos en bienestar animal.

En los test de obediencia figura en los puestos bajos: se distrae, se cansa y no siempre colabora.
Adiestradores señalan, sin embargo, que la clave está en sesiones muy breves y juegos altamente motivadores. Cuando el bulldog quiere, aprende; cuando no, se limita a plantarse. Más que despiste, una negociación permanente con el humano.
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Chow chow: belleza lejana
Su melena leonina y su lengua azul han convertido al chow chow en uno de los perros más llamativos. También se le acusa de “pasota”. Hereda un temperamento primitivo, poco orientado a la complacencia.

No es un perro que busque agradar por sistema, y eso se penaliza en medidores de inteligencia basados en la obediencia inmediata. Sin embargo, quienes conviven con ellos hablan de una mente observadora y selectiva: el chow chow parece decidir cuándo merece la pena responder… y cuándo no.
Pekinés y shih tzu: reyes del salón, no del aula
Criados durante siglos como perros de compañía en cortes asiáticas, pekinés y shih tzu fueron diseñados, en esencia, para decorar salones y acompañar a sus dueños, no para el trabajo.

Ese pasado se nota: suelen ser cariñosos, algo altivos y no siempre interesados en largas sesiones de entrenamiento.

Pueden aprender trucos y normas de convivencia, pero a un ritmo que contrasta con el de un border collie o un pastor alemán. Su “despiste” responde, en gran medida, a que el ser humano los premió por ser encantadores, no por ser obedientes.
¿Perro torpe o expectativas equivocadas?
Expertos en comportamiento insisten en que etiquetar una raza como “tonta” puede ser injusto y contraproducente.
Muchos problemas de convivencia surgen porque el dueño espera un tipo de perro —muy obediente, muy atento, muy dispuesto a trabajar— y elige una raza cuya historia apunta justo en la dirección contraria.
Más que buscar el animal “más listo”, los especialistas recomiendan pensar en el estilo de vida y en el tipo de relación deseada: un compañero activo para deporte canino, un perro de sofá, un guardián vigilante o un observador distante.
En ese mapa de personalidades caninas, las razas más “despistadas” conservan un espacio propio: el de los perros cuya belleza, calma o extravagancia compensan con creces cualquier déficit de astucia… o, quizá, cualquier malentendido sobre lo que realmente significa ser inteligente.
