Hoy se recuerda en el Paraguay el fin de la dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989) y aunque muchas cosas cambiaron en nuestro país desde aquel tiempo, especialmente en cuanto a la recuperación de las libertades públicas, en estos días asistimos al retorno de prácticas de persecución política y hechos de corrupción que recuerdan a aquel nefasto régimen.
Ahora ya no se ven tanto los cachiporrazos y gases lacrimógenos para quienes se manifiestan contra la corrupción y la impunidad de los poderosos sino que el “garrote” para perseguir a los díscolos se ejerce a través de la fiscalía y de magistrados venales que arman causas judiciales y dictan medidas restrictivas de libertad para los “contreras”.
La semana pasada, la noticia en los titulares de que el presidente del PLRA Efraín Alegre estaba preso en la Agrupación Especializada de la Policía Nacional, por una causa de dudosa legitimidad, pareció extraída de un viejo diario desempolvado de los tiempos del stronismo. Durante aquel régimen, era “normal” que líderes de la oposición, periodistas, críticos o cualquier ciudadano que no comulgaran con el dictador y se atreviera a expresarlo, fueran perseguidos y apresados.
También recuerda a la dictadura que la directora y el periodista de un medio independiente estén siendo sometidos a un proceso judicial por una publicación que molestó a una funcionaria de mucho poder.
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Y, obviamente, la impunidad y medidas favorables que políticos vinculados al poder institucional y fáctico de turno obtienen de parte de la Justicia remite inevitablemente a los negros años dictatoriales.
Para completar, las mentiras de un gobernante que prometió algo en la campaña y ahora hace lo contrario y además intenta pintar una realidad de “paz y progreso” que no coinciden con la realidad que vive la gente, trae recuerdos amargos de tiempos que querríamos dejar definitivamente atrás.
Quienes manejan los hilos del poder actualmente no se animan, como antes, a censurar publicaciones o clausurar medios de comunicación, aunque esto más se debe a que son conscientes de que la reacción ciudadana podría expulsarlos de sus lugares de privilegio.
Como en aquellos tiempos, a lo que más temen los detentadores del poder es a la prensa independiente y sus investigaciones y al hartazgo ciudadano ante los abusos y la impunidad reinante.