Ante un presbiterio de 120 sacerdotes y una Catedral Metropolitana envuelta en un solemne ambiente, el arzobispo de Asunción, Adalberto Martínez, no anduvo con vueltas. En la misa crismal de este jueves de Semana Santa, denunció que el 22% de los niños en comunidades indígenas padece desnutrición, una cifra que calificó como una bofetada a la dignidad humana en un país que se jacta de producir alimentos para el mundo, pero que deja morir de hambre a sus propios hijos.
En este “Año del Bien Común”, la homilía de la misa crismal fue mucho más que un rito litúrgico; fue un pliego de cargos contra la estructura de desigualdad que asfixia al Paraguay. Martínez fue tajante al señalar que el hambre no es un accidente, sino un “pecado social” que clama al cielo. Mientras el sector político se pierde en internas y el prebendarismo sigue succionando los recursos del Estado, el cardenal recordó que el “bien de los bienes” es Dios, y que no puede haber paz sin justicia social.

Con el peso de la autoridad moral que le confiere su cercanía con los sectores más olvidados, Martínez analizó la gravedad de los datos: un 12% de los niños del Paraguay sufre de desnutrición y un lacerante 22% de los niños en los pueblos originarios. Fue aquí donde vinculó la oración más sagrada con la carencia más básica: “Danos hoy nuestro pan de cada día... este pan falta en muchas mesas, especialmente en las comunidades más vulnerables y con mayores carencias en nuestro país”.
La crítica al “derroche de unos pocos” frente a la indigencia de muchos fue un dardo directo a la opulencia de una élite que vive a espaldas del pueblo, emulando la parábola del rico y el pobre Lázaro que el cardenal citó para ilustrar la abismal brecha que hay en la sociedad paraguaya.
Renovación de votos: 120 sacerdotes frente a los desafíos de la “primera infancia”
El momento de la renovación de las promesas sacerdotales fue un baño de humildad para los 120 presbíteros de la arquidiócesis. Martínez se refirió con afecto a la fecha en que, siendo apenas candidatos, se entregaron al ministerio: “Es una fecha inolvidable para todos los pa’i kuéra", dijo, para subrayar la identidad local de un clero que debe oler a oveja y no a incienso de palacio. Recordó aquel gesto de estar “postrados por tierra”, símbolo de un abajamiento del corazón que hoy, más que nunca, se vuelve urgente ante los datos aportados sobre desnutrición en la primera infancia.
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El imperativo del cardenal fue claro: “Den ustedes de comer”. Para Martínez, esta no es una sugerencia pastoral, sino un mandato que exige acción contra la desnutrición infantil. Citando al papa Francisco, trazó la hoja de ruta para los sacerdotes: “El pastor sabe caminar delante del rebaño para guiarlo, en medio para acompañar y detrás para sostener sin dejar a nadie atrás”. Fue un llamado a que la Iglesia no sea cómplice del silencio, sino un sostén para quienes han sido descartados por el sistema.
Los santos óleos: signos de sanación para un pueblo con “hambre de justicia”
La consagración del Santo Crisma y la bendición de los óleos de los catecúmenos y de los enfermos no fueron meros formalismos de Semana Santa. En un Paraguay con “brechas muy marcadas”, estos aceites representan la esperanza de sanación para un cuerpo social enfermo de inequidad. Martínez habló de las “hambres profundas” que padece el paraguayo de a pie: hambre de paz, de justicia, de equidad ciudadana y, sobre todo, de dignidad.

La respuesta a esta agonía nacional, según Martínez, reside en la empatía. “La Eucaristía es el pan de la unidad... nos hace ser como empáticos unos con otros”, afirmó, instando a los fieles a que el sacramento no se quede en el sagrario, sino que se transforme en solidaridad efectiva. La unidad que propone la Iglesia debe ser el antídoto contra el mbarete y la prepotencia de quienes acumulan bienes mientras otros solo recogen las migajas que caen de la mesa.
Un llamado a la coherencia y al amor recíproco
El mandato de “hagan esto en memoria mía” no es solo repetir una fórmula en el altar, sino ponerse el “delantal de la humildad” y la “toalla del servicio”, tal como hizo Jesús en el lavatorio de los pies. Para Martínez, el sacerdocio y la fe cristiana en el Paraguay de 2026 carecen de sentido si no se traducen en el servicio a los más desposeídos.
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La reflexión de Martínez, que también recordó a los sectores del mundo que sufren con la guerra, fue un golpe a la conciencia de las autoridades y de la sociedad civil: en los rostros de los hambrientos y sedientos está el rostro de Cristo. El cardenal dejó claro que el amor recíproco es la única vía para que el “Bien Común” no termine siendo otra promesa que queda en el oparei.
