A mis amigas feministas

El feminismo es una de las corrientes más nobles que apareció y que afortunadamente se está consolidando en Paraguay. Sus exponentes genuinas conservan algo de la valentía de Las Residentas que defendieron a muerte nuestra nación cuando casi ya no había hombres para luchar por ella durante la Guerra Grande.

Sin embargo, últimamente, el verdadero feminismo que pregona la igualdad entre hombres y mujeres se vio seriamente alterado por feministas radicales que solamente parecen buscar fomentar el odio contra los varones.

Una excusa para sostener esta peligrosa filosofía es el aumento de la violencia de hombres contra mujeres en Paraguay. Y sí, es cierto, lamentablemente nuestro país registra un escalofriante índice de feminicidios.

Cada maltratador de mujeres o feminicida, obviamente, debe ser castigado con el máximo rigor de las leyes vigentes, sea quien sea.

La violencia no se justifica bajo ningún sentido contra ninguna mujer, pero tampoco contra ningún hombre. Aunque son menos, también hay casos de hombres agredidos o asesinados por mujeres, solo que ellos no generan la misma indignación en redes

sociales.

Si Facebook y Twitter fueran un estrado judicial, la mitad de la población masculina del país ya estaría condenada por feminicidio, ya que luego de cada caso las feministas radicales acusan de machistas a todos los del sexo opuesto, cuando en realidad el culpable es solo uno al que evidentemente le quedó grande el título de hombre.

El hecho de que algunos hombres no digamos, no escribamos, no pensemos o no actuemos como ustedes quieren, no necesariamente implica que tengamos que ser machistas. Y tampoco es necesario que vayamos a marchar por las calles con el torso descubierto solamente para demostrar que no estamos en contra de ustedes. En esta cuestión, también ya hay mucha paranoia y una especie de síndrome de persecución.

Yo, por ejemplo, no me considero machista. Solo que tal vez, como muchos otros hombres, tengo mis propias convicciones, mi propia filosofía de vida. Y solo porque no milite en el feminismo no quiere decir que odie a las mujeres. Al contrario. Adoro a mi incomparable hija. Amo a mi hermosa esposa. Venero a mi santa madre. Quiero a muerte a mi valiente hermana y a mi tierna sobrina.

También deseo que exista una igualdad entre todos. También me repugnan los hombres que someten a las mujeres. También quiero que caiga sobre ellos todo el peso de la ley.

Aunque no debería, lamentablemente los feminicidios y masculinicidios van a continuar en Paraguay, porque cada hogar es un mundo aparte y muchas veces no se puede adivinar cuándo va a brotar el instinto asesino de una persona. Como el problema es cultural, la solución es la educación.

Entonces, en vez de fomentar el odio entre hombres y mujeres, mejor luchemos juntos para cambiar este país, si es que tiene rasgos machistas. Porque al fin y al cabo, Dios nos hizo el uno para el otro. Literalmente, hagamos el amor, no la guerra.

ileguizamón@abc.com.py