Los orígenes prehistóricos de las mascotas

Actualmente, las mascotas aparecen como una característica omnipresente en vida la familiar occidental. Convertir animales en familia implica un proceso bidireccional donde estos tienen un rol activo y se encuentran formando parte de la vida de las personas, desempeñando funciones compartidas y particulares, adecuándose a las demandas de cada etapa familiar y contribuyendo a mantener la cohesión de todos los integrantes de la familia. Los animales tienen, además, un rol estabilizante y dinámico de la familia y las parejas, siendo particularmente importantes durante las situaciones de crisis.

En principio, en la mayor parte de los países occidentales el número de hogares que cuentan con perros o gatos ha crecido firmemente en las últimas décadas. En Estados Unidos en el año 2016 cerca del 57% de los hogares tenían una mascota, con perros y gatos como las opciones más populares. La proporción de tenencia de perros fue la más alta desde que la Asociación Americana de Medicina Veterinaria comenzó sus mediciones en 1982, con aproximadamente un 38% de los hogares teniendo uno o más perros. Los gatos fueron el siguiente tipo de mascota más popular, en un 25% de los hogares. En la Unión Europea en el 2017 se encontró que poco más del 26% de los hogares tenían al menos un gato, y alrededor del 18% tenía al menos un perro.

Las mascotas del Homo Sapiens

Particularmente en las ciudades, las mascotas no parecen realizar ningún trabajo útil a pesar de sus costos. Estos animales demandan cuidados y atención, generan desorden, daños, distorsionan las rutinas y es difícil viajar con ellos. Sin embargo, la tenencia de mascotas parece haber alcanzado niveles sin precedentes. Los incrementos en la tenencia de animales de compañía han sido interpretados —apresuradamente— como un fenómeno occidental, fomentado por la urbanización moderna, afluencia económica y “sentimentalismo burgués”.

Algunos autores han relacionado este incremento con los cambios ambientales alienantes en el transcurso de los últimos cien años desde comunidades estables hacia las grandes ciudades, con sus avances tecnológicos, la fragmentación de la familia y la consiguiente búsqueda de apoyo emocional extra. Sin embargo, esto parece infundado. En principio, nos permitiría dar cuenta de la presencia de mascotas en la prehistoria y a lo largo de toda la humanidad. La evidencia antropológica, fósil y de estudios de ADN, muestran que la práctica de tener animales por su compañía era común en culturas prehistóricas de cazadores-recolectores. El Homo Sapiens primitivo se alimentaba con los frutos de la naturaleza, incluyendo la caza de animales y la recolección de granos y vegetales silvestres. El sembrar y la crianza de animales lo llevó a abandonar el nomadismo y afincarse creando los primeros poblados. La incorporación de animales de convivencia, fue parte de la evolución y desarrollo humano.

Inclusive, una hipótesis muy común sostiene que los perros descienden de lobos que habrían abandonado también su vida errante y alimentación ocasional, para pasar a depender de familias para su alimentación. Estos lobos se habrían acercado a los grupos humanos en busca de restos de comida. Esto implica que el fundamento de los animales domésticos puede hallarse dentro de este ciclo evolutivo; es decir, podría entenderse como un proceso isomórfico con la evolución del hombre.

Un último estudio al respecto, publicado en la revista Nature Communications, sitúa un único origen de las mascotas caninas entre 20.000 y 40.000 años. Algunos autores indicaron no haber encontrado evidencia genética que respalde la hipótesis reciente que propone orígenes duales de la domesticación de perros. En ese mismo grupo están los ancestros de todos los canes familiares modernos. Los resultados contradicen un controvertido estudio anterior, dado a conocer el pasado año en la revista Science, que sugería que los perros tenían un doble origen de domesticación independiente, a partir de dos poblaciones de lobos separadas, probablemente ahora extintas, que vivían en lados opuestos del continente euroasiático. Algunos argumentaban que los perros fueron domesticados por primera vez en Europa hace unos 15.000 años, mientras que otros afirman que ocurrió en China o Asia Central hará unos 12.500.

Si bien el origen primitivo es indiscutible, también es innegable que la urbanización moderna ha estado asociada con incrementos en la tenencia de animales de compañía. Sin embargo, resulta llamativo que diversos factores relacionados con el traspaso de las poblaciones hacia grandes ciudades, en realidad obturaron la tenencia de mascotas y las interacciones con el mundo natural, y continúan haciéndolo. Por ejemplo, respecto de las viviendas, ha habido un cambio con mayor tendencia hacia los alquileres, antes que a ser propietarios; y los contratos de alquiler mayormente prohíben los animales. Además, a las mascotas se las restringe de espacios comunitarios, estando prohibidas en muchos de los lugares donde más las necesitaríamos, como hospitales, asilos e instituciones educativas (O’Haire, 2010).

El amor de las mascotas

Aún así, las personas se adaptan para vivir con sus animales, los refieren como miembros de su familia, y buscan activamente mantener esta relación a través de considerables esfuerzos emocionales y financieros. Es claro que algo suficientemente gratificante deben estar recibiendo a cambio. Quizá uno de los principales elementos de intercambio tenga que ver con las emociones, fundamentalmente con el amor. Actitudes de incondicionalidad amorosa y expresiones de afecto son comunes en las mascotas, principalmente en perros.

Una de las hipótesis que se ha propuesto para dar cuenta de los cambios más recientes en las familias, incluidos los incrementos en la tenencia de mascotas, es la llamada tesis de la individuación. En las últimas dos o tres décadas, esta tesis ha influido marcadamente la teoría sociológica acerca de las familias. La misma asume que, debido a los cambios sociales, ha habido un proceso de individualización en las personas, de modo que las relaciones cercanas se habrían vuelto débiles y frágiles. De esta manera, los cambios en las familias, ligados a la pérdida de fuentes tradicionales de apoyo, habrían atentado contra la solidaridad en las familias y comunidades. Así, presumiblemente, las personas se habrían acercado a sus mascotas para obtener compañía e intimidad.

Si bien el argumento resulta razonable, las investigaciones empíricas mostraron un panorama diferente, con solidaridad y resiliencia en las familias y comunidades. Las personas parecen elegir con quién relacionarse y a quién considerar familia, y los procesos de individualización no habrían resultado en una desconexión universal de los parientes, vecinos y amigos. Desde esta perspectiva, si bien las familias han modificado su estructura, continúan siendo una fuente de amor y apoyo para sus miembros y allegados. Así, se hace difícil pensar que estas personas sufran de déficits de apoyo emocional y estén buscando sustitutos de interacción humana en sus animales. La familia hoy, continua siendo una gran matriz de intercambio social, fuente de aprendizaje, desarrollo de funciones, sosten de mitos y creencias, en síntesis, una fuente semántica que proporciona las posibilidades de atribución por sobre las cosas.

Una explicación alternativa propone que el incremento de mascotas no es tanto el producto de una necesidad creciente como el inevitable resultado de un cambio histórico en las actitudes hacia todos los animales. Los cambios sociales producidos con las migraciones hacia las ciudades y el distanciamiento con las distintas formas de explotación animal, habrían favorecido un cambio actitudinal hacia los animales. En efecto, desde la Edad Media, el crecimiento y la popularidad de las mascotas han estado íntimamente relacionados con la declinación del antropocentrismo, y el desarrollo gradual de un acercamiento más igualitario hacia los animales y el mundo natural. Al no necesitar mantener una delimitación clara entre humanos y animales, que permita la explotación sin entrar en dilemas morales, las personas han permitido una mayor permeabilidad afectiva entre especies.

Resumiendo, aunque el contexto de las relaciones cercanas con animales se ha modificado, estas relaciones no son un fenómeno nuevo. Los recientes incrementos en la tenencia de mascotas no responderían a carencias en los vínculos humanos, sino más bien, a un cambio actitudinal hacia los animales y las conexiones entre especies. En este sentido, los animales domésticos no suplen funciones que deben cumplir otros miembros sino que poseen una entidad de miembro. Así, las mascotas aparecen hoy como una característica fuertemente instalada en la vida familiar. Aunque, cabe aclarar, cualquier miembro de una familia —si es un sistema funcional y flexible— puede complementar la falta de afecto o la carencia de desempeño de rol de alguno de sus integrantes.

En este sentido, los terapeutas familiares han sido de los primeros en reconocer el rol significativo de las mascotas como miembros de las familias con el propósito de conceptualizar la familia como un todo (Cain, 1985), y la Teoría Familiar Sistémica ha sido uno de los enfoques más utilizados para entender las familias que incluyen miembros no humanos. Desde esta perspectiva, la familia se considera un sistema —y es susceptible de ser descrita a partir de los principios válidos para todos los sistemas— constituido por personas en interrelación, contando con una interacción dinámica y constante intercambio de energía e información con el mundo exterior.

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