La risa es algo serio

Hay una frase que oía repetir a mi abuelo y cuya autoría siempre desconocí. Decía así: “La gravedad es el escudo de los necios”. En estos tiempos donde la corrección política es tan exigida y donde una expresión de cariño puede ser tomada como una gran ofensa, me hacen recordar aquella máxima llena de sabiduría.

Las científicas del comportamiento Jennifer Aaker y Naomi Bagdogas explican que en el curso sobre el humor que desarrollan en la prestigiosa Universidad de Stanford, desarrollan técnicas para recuperar el humor utilizando a la risa como elemento de empatía en todo tipo de emprendimientos. Demuestran que los líderes empresariales, sociales y políticos que desarrollan su gestión con una buena dosis de humor son vistos un 27% más motivadores generando equipos más unidos y creativos.

La risa produce en nuestros cerebros un “cóctel de hormonas” que nos generan la misma sensación de placer que genera el ejercicio, la meditación y el sexo al mismo tiempo.

Nuestra sociedad parece estar enojada. Las demandas de algunos grupos parecen estar acompañadas de expresiones de antipatía y enojo hacia todo lo que se le parezca opuesto. Generan reclamos cargados de odio que — más allá de su legitimidad o no — nos generan finalmente rencor y nos alejan unos de otros.

El gran maestro Umberto Eco en su icónica obra “El nombre de la rosa” nos daba una idea de cuánto daño hacen a los maestros de los dogmas el humor cuando revelaba su identidad el asesino de la Abadía que había colocado veneno a un libro “prohibido” del filósofo Aristóteles que hablaba sobre las virtudes de la risa. El monje asesino aseguraba “La risa distrae, por unos instantes, al aldeano del miedo. Pero la ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor de Dios…”.

El humor se está acabando en el mundo. Y con él nuestra instintiva capacidad de adaptación a través de la risa a las nuevas ideas y a nuevos grupos humanos. Varios humoristas han sufrido cancelaciones de sus presentaciones en países donde los consideran “groseros”, “racistas”, “xenófobos”, “misóginos” entre otros “pecados” atribuidos al noble oficio de la comedia.

Me pregunto si el inalcanzable Alberto Olmedo podría conseguir hoy — por cierto con un show mucho menos cargado de la procacidad de las baratijas berreras que propone la televisión actual — un contrato en algún medio de comunicación de alcance continental. Me imagino a un censor que estaría leyendo sus guiones con espanto cuando hacía de “Manosanta”, o de un incorrecto dictador, o de un explotado asalariado que buscaba complacer los placeres “burgueses” de su jefe alemán. Me imagino a toda la crítica aplastándolo con los mismos epítetos que hoy le dan al famoso americano Dave Chapel hasta el gracioso Dani Rovira en España.

El humor es irreverente y osado. La risa no puede surgir en un auditorio aprensivo y enojado que aguarda la primera incorrección para apuntar con el dedo acusador a quien ose romper con las “virtudes” de universalidad que se exigen a cualquiera que intente arrancar una sonrisa a un cerebro necesitado de hormonas vinculadas al amor.

Si esta corrección opresiva hubiese existido en los 30, nunca hubiésemos conocido al Groucho Marx. Ya que al decir: “Es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente”, mucha gente sintiéndose ofendida lo hubiese censurado.

Y qué triste sería el mundo…

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