No nacimos preparados para la vida, menos estamos preparados para la muerte y por sobre ella existen diferentes concepciones, desde las posiciones que entiende a la vida como una transición hacia la muerte y en realidad se vive cuando morimos, hasta aquellas más materialistas que entienden que la vida es esta y cuando fallecemos se acabó todo.
La muerte y la trascendencia
La muerte se conciencia cuando hay sensación de finitud y el hombre es el único ser viviente que tiene conciencia de la muerte y, por tanto, siente miedo de su aparición. El ser humano nace sin conciencia de su futuro deceso, esta concienciación prospera en la medida que se crece: la declinación y degradación biológica paulatina parece acompañar al proceso cognitivo de darse cuenta que la vida es finita: nacer, crecer, desarrollarse, reproducirse, declinar y morir.
El experimentar sensaciones de muerte es un hecho totalmente subjetivo. Hay personas que viven las pérdidas de una manera trágica y las hay que mantienen un temple casi estoico frente al muerto. Todas estas reacciones dependen no solo de la atribución que se le otorga a la muerte, a la persona del muerto, sino también, al grado de expresividad emocional que posee la persona. Hay personas que se defienden o bloquean de cara a expresar las emociones, mientras que hay otras que son más libres para permitirse llorar y expresar la angustia de manera más descarnada.
La finitud y la trascendencia son conceptos que van unidos. Trascender implica perdurar después de la muerte, es dejar una huella que se manifiesta en las generaciones subsiguiente mediante el legado que ha dejado el muerto. No solo valores materiales sino aquellos filosóficos, afectivos, de experiencia y aprendizaje, son trasmitidos y le otorgan cierto sentido de inmortalidad a la persona fallecida.
No obstante, la trascendencia posee cierta intensidad que puede ir decayendo en la medida que pasa el tiempo. Y esa es la verdadera muerte, puesto que durante un tiempo y de acuerdo al legado que ha dejado la persona fallecida, el muerto sobrevive en los recuerdos. Después de la muerte se irá lentamente muriendo el muerto en la memoria de la gente, en la memoria de los familiares y amigos, hasta que gradualmente desaparecerá por completo.
El duelo
La pérdida es seguida de un período de luto y de aflicción y el proceso de duelo puede durar unos meses o en casos patológicos no terminar nunca. En este sentido no existen patrones de tiempo y el duelo dependerá de multiplicidad de factores, desde la posibilidad de expresar las emociones, del haber logrado despedirse de la persona y haber cerrado el vínculo, la aceptación de la muerte, del nivel de negación sobre la muerte, entre otros. Entre estos factores y el tiempo de duelo existe una relación directamente proporcional: cuanto mayor haya sido la expresividad, la aceptación y la despedida, más rápidamente la persona sobreviviente se repondrá y saldrá de la situación de duelo. Cuánto mayor negación, resistencia a despedirse y a expresar las emociones, mayor será el período de duelo.
Aceptar la pérdida, implica que en la antesala de la muerte, explícita o implícitamente, se logre realizar una despedida plena en donde se pueda manifestar todo lo que el moribundo nos deja en la vida. Este vaciamiento implica soltar a la persona. Implica no solo liberarla, sino la propia liberación del egoísmo de posesión afectiva. Este desligamiento, sugiere el ingreso en una nueva puerta de la relación.
Mucha de esta aceptación tiene que ver con el tipo de muerte. Hay muertes que son sorpresivas y muertes que son producto de un largo proceso de deterioro. En este tipo de muertes imprevistas, los familiares, principalmente, no pueden comprender lo que sucedió. Se preguntan una y otra vez porqué e intentan otorgarle una respuesta a una situación que no posee explicación alguna y aunque la tuviese, tampoco sería suficiente para mitigar el dolor. Las personas no aceptan y no toman consciencia de los sucedido: Pero,... si estaba bien / tenía una salud que era un roble / Porqué a nosotros nos tiene que suceder.
Situaciones y sensaciones opuestas, se vislumbran en las muertes resultado de un largo proceso de enfermedad. Las enfermedades terminales o neurológicas, entre otras, hacen que la persona pase por sucesivas internaciones, idas y vuelta de clínicas, visitas a médicos y un sin fin de interminables tratamientos que alimentan las expectativas de vida en el paciente y su familia. La persona enferma se consume paulatinamente y de la misma manera su entorno afectivo que, por una parte, desea que se acabe el calvario del protagonista y el propio, mediante el fallecimiento que le otorgue paz a todos.
Sea como fuere la muerte, lo cierto es que la pérdida de un ser querido es uno de los acontecimientos más estresantes de la vida. La muerte duele por la pérdida en sí misma, por la pérdida de la persona, por el afecto y las cosas compartidas que el muerto se lleva y porque en la muerte del otro siempre nos muestra nuestra propia futura muerte.
El velatorio y las reflexiones
Antiguamente se desarrollaban maratones de 12 horas con una romería de gente despidiéndose y saludando a los deudos. Eran los funerales donde se desenvolvían, entre café y conversaciones, reflexiones filosóficas acerca de la vida: No somos nada / Yo hablé ayer con él / ¡Increíble! / Osvaldito era un capo / Pero era tan deportista / Siempre tan medida en las comidas de que le sirvió / Pobre Aída, siempre se estresaba por cada tontería / tenemos que cambiar / No se puede vivir así…
La muerte express sin velatorio y con cremación ha anulado uno de los momentos más reflexivos que tenemos los seres humanos. Absolutamente: por que paradojalmente los momentos donde mas hablamos de la vida es en las situaciones de muerte como de hecho son los velorios.
Yo le llamo Reflexiones de funeral. Allí tomamos conciencia de la importancia de la vida, de cuanto debemos valorarla. Parece que hiciésemos un punto y coma momentáneo y compartiéramos las cosas que dejamos de lado o postergamos y que deberíamos darle preeminencia. Hablamos de la importancia de los afectos, de la familia, de los amigos, del abrazo cálido, de la gente que nos quiere y que está incondicionalmente al lado nuestro, porque en contraposición en nuestra vida real al saber que siempre están no les damos el lugar que se merecen.
Decimos que nos tenemos que tranquilizar, vivir más calmos porque a veces nos hacemos problema por cada estupidez (claro, al lado de la muerte, todas las cosas adquieren el estatus de estupidez). Que debemos tener una vida donde disfrutemos más y trabajemos menos, que podamos reírnos y no impongamos en nuestro rostro un malhumor estereotipado.
También decimos que tenemos que dejar de fumar (y mas cuando el muerto se murió de cáncer), abollamos el paquete de Marlboro y nos hacemos la firme promesa de abandonar el vicio. Nos miramos nuestro abdomen prominente y nos juramos que vamos a caminar 40 minutos diarios y hacer una dieta saludable.
Filosofía mundana sobre la vida, catapultada por la muerte, surge en un intento desesperado de aferrarse a la vida en medio de la situación de muerte, porque tal situación nos refleja nuestra propia finitud. Entonces reflexionamos agarrando la vida con todo y la valoramos férreamente no vaya a ser que la muerte nos asalte por sorpresa.
Lamentablemente estos pensamientos duran lo que dura un suspiro. Cuando salimos del velorio, nos montamos en el auto, aceleramos mas de lo normal porque estamos apurados por llegar al trabajo y en la primera bocacalle el chofer del autobús, un grandote prepotente, nos atraviesa su vehículo y hace que lo insultemos desaforadamente, y casi al borde del ataque continuamos nuestro recorrido al ver la contextura física del conductor, porque tenemos un rapto de cordura y no queremos ir a terapia intensiva del hospital mas cercano,… la ansiedad genera que inmediatamente rescatemos un cigarrillo guardado en la guantera de nuestro auto y lo fumamos desesperado como preso en un penal. Luego alterados cuando llegamos al trabajo nos peleamos con alguien de la oficina y en pleno proceso de ansiedad y tensión, al mediodía nos comemos una milanesa con papas fritas: una fritura con aceite de mala calidad de colesterol so much!!!
Reflexiones de funeral…, siempre les recomiendo a los pacientes que perduren esas reflexiones y fundamentalmente que no hace falta que alguien se muera para cambiar nuestra forma de mirar el mundo y nuestra vida en él. Expresar la reflexión no es el problema…. El problema es llevarla a cabo.