A la espera del ministro que abrirá el futuro

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Jacobo Rauskin, uno de los grandes poetas que ha dado el Paraguay, Premio Nacional de Literatura 2007 y agudo observador, me decía tiempo atrás en una entrevista que la mayor tragedia de nuestro país es el analfabetismo. Resulta esto de un sistema educativo que carece de orientación. De ahí, la expectativa: quién será el próximo ministro de Educación. Su perfil nos dará una pista de qué podemos esperar.

En el 2015 el porcentaje de analfabetismo era de 4,4%, unas 270.000 personas mayores de 15 años. En el 2019 la Encuesta Permanente de Hogares subió el índice: 338.500 personas (6,7%) de más de 15 años eran analfabetas. Posteriormente, la pandemia aumentó las cifras de manera alarmante.

Puede que estos números sean aún mayores. Usualmente existe un subregistro oculto. Acá se habla de analfabetismo absoluto, pero está aquello del analfabetismo funcional, la gente que lee sin entender lo que lee.

Jacobo objetaba eso de analfabetismo funcional, un intermedio entre el analfabeto y el alfabetizado. Quien funciona como analfabeto (el analfabeto funcional) es definitivamente analfabeto según la lógica del poeta, quien afirma que el Paraguay se mueve mayoritariamente con la cultura de la persona analfabeta.

Suena lapidario. Pero cuánta razón tiene Rauskin. Alguien saldrá a decir: la solución es fácil; mejoremos la educación y está. Pero mejorar la educación significará romper un sistema que pareciera estructurado para que el Paraguay sea un país de analfabetos. Hubo avances en ciertos sectores, urbanos, por ejemplo; pero también retrocesos notorios en otros, conforme avanzaba la pobreza extrema. Especialmente en medios rurales que aparentan destinados a la pobreza duradera.

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Pasa que para algunos clanes políticos el analfabetismo es un reaseguro sólido para que todo siga funcionando tal como ahora, cuando la política es una fuente inmoral de riqueza para muchos. En este contexto, el Congreso continuará albergando a varios calificados ignorantes e indecentes.

El estamento dirigencial pareciera indiferente ante esta situación que pone al Paraguay entre los países más incompetentes en el marco del mundo del conocimiento que nos rodea. Y en este contexto, el Ministerio de Educación, el ministerio más importante de cara al despegue definitivo de nuestra república para desprenderse de la pobreza, el hambre, la inequidad e incluso de la corrupción, sigue siendo pensado como un enclave partidario más. Como un cupo político para manejar mareas de votantes y administrar recursos con la arbitrariedad propia del politiquero codicioso.

Educación es un ministerio ambicionado por varios buitres. Un presidente electo tiene siempre la presión de su entorno que le exige el pago por lealtades electorales. Les pasa a todos, no solo a quien asumirá el 15 de agosto. Pero Educación debiera ser el ministerio clave que le permita a Santiago Peña erigirse en el estadista que este tiempo necesita.

Él debe entender que la creciente ignorancia trágica de la que nos habla el poeta hará insostenible cualquier atisbo de crecimiento genuino en el tiempo. Solo la Educación nos abrirá el futuro.

nerifarina@gmail.com