Amo a las mujeres. Y lo digo con la convicción de quien encontró en el género femenino no solo una identidad, sino un refugio inexpugnable.
Amo la forma en que nos sostenemos cuando el mundo parece volverse demasiado pesado, esa capacidad mágica de leernos el pensamiento con una sola mirada en medio de una reunión de trabajo, en medio de una fiesta o de una crisis personal.
Existe un hilo invisible, una red que tejemos sin darnos cuenta, donde la admiración por la otra no es competencia, sino combustible.
Amo a las mujeres de mi familia —las maravillosas e incomparables chicas Sales—, amo a mis amigas, amo a las chicas que conocí en la militancia: esas que son mi espacio seguro. Las que están siempre cerca, a un mensaje de distancia, listas para recibir mis dudas, mis miedos y mis victorias más pequeñas sin juzgar. Esas mujeres con las que compartir un mate, un silencio o una carcajada se siente como volver a casa. Ellas son las que conocen la versión de mí que no quiere aplausos ni fotos ni aparecer en las redes; las que me recordaron quién era cuando yo misma lo olvidé.
Este 8 de marzo, mi enfoque no es solo la cifra, la brecha o el reclamo —que existen y por los que trabajamos cada día—. Mi enfoque es este sentimiento “romántico” y puro llamado sororidad. Porque amarnos entre nosotras, elegirnos como aliadas y convertirnos en el soporte de nuestras pares, es el acto más revolucionario que podemos ejercer en una sociedad que prefiere vernos divididas y rotas, antes que darnos espacio, voz o importancia.
No se trata de una etiqueta, se trata de una lealtad profunda. Se trata de entender que cuando una mujer decide amar, cuidar y potenciar a otra mujer, el sistema entero se mueve.
No voy a decir feliz día a las mujeres, pero sí voy a celebrar la unión, la red que nos salva y, sobre todo, el amor que nos profesamos entre nosotras.