Claramente, se deben nomás luego dar estas situaciones, a las que debemos sumar dudas, suspicacias y enojos. No es sencillo administrar un torneo que mueve decenas de miles de millones de dólares entre derechos de televisión, patrocinios, paquetes turísticos y entradas que, en muchos casos, superaron fácilmente los mil dólares por partido. El Mundial es, sin vueltas, un enorme negocio.
Nos quedamos con la sensación -por lo menos la mayoría- de que los que ganaron lo hicieron con justicia. También quedaron varios por el camino relamiéndose las heridas, muchas de ellas provocadas por sus propios errores. Sobró don de gente en algunos equipos y faltó humildad en otros.
El nuevo reglamento de sancionar a quien se tapa la boca para hablar… sin comentarios. Lo único que deja, después de la sanción a un jugador paraguayo y del intento de aplicar el mismo criterio con Messi tras el cruce con un español, es la expresión muy nuestra: “¡qué cuña’i!” Señores de la FIFA: este sigue siendo un deporte que se practica con gallardía.
El fútbol necesita autoridad, pero también sentido común. No todo gesto merecerá un castigo ni cada tema debe abrir un expediente. Cuando el reglamento se pierda de vista con la lógica, estaremos ante un problema enorme. Algunos comportamientos específicos fueron complicados de entender. Kylian Mbappé, un talento mundial, dejó varios episodios de exceso y de escasa deportividad que contrastan con la categoría que tiene como jugador. El talento siempre luce más cuando va acompañado de grandeza.
Cabo Verde sin duda una sorpresa agradable. Con recursos muy inferiores a los de las grandes potencias, demostró orden, disciplina y valentía. Así, el Mundial vuelve a recordar que el presupuesto ayuda, pero es el carácter el que ingresa a la cancha.
Y llegamos a la final. Perder duele; perder una final, mucho más. Pero nada justifica reacciones impropias de quienes representan a todo un país. La conducta de la selección argentina tras la derrota resultó difícil de comprender y estuvo lejos de la imagen que un campeón —o un subcampeón— debería transmitir.
El deporte enseña una lección sencilla que nunca pasa de moda: hay que estar a la altura. Gloria al vencedor y honor al vencido. Ganar con humildad y perder con dignidad siguen siendo las dos victorias más importantes.
El Mundial terminó. Ya pasaron los goles, las polémicas y queda la estadística. También quedará el ejemplo de quienes entendieron que el verdadero prestigio no está solamente en levantar una copa, sino dar la talla cuando las cosas no salen como uno esperaba. Allí, varios no estuvieron a la altura.
