No voy a Marte

En la NASA se escucharon estruendosos aplausos al observar el éxito del descenso de la nave espacial Insight en el suelo del planeta Marte; el objetivo es analizar si allí, a largo plazo, podría vivir el hombre.

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El mismo día, el grupo Ecologistas en Acción, de España, celebró sus 20 años de lucha para seguir cuidando de la Tierra como el mejor lugar para vivir.

Mientras la misión Insight busca descifrar a profundidad Marte y la NASA analiza proyectos de viviendas en ese planeta, la confederación de ecologistas hispanos recuerdan sus 20 años de concientización con la composición “No me voy a Marte”, del músico Nacho Vargas.

Muchas mentes brillantes y estadistas afirman que no se deben mezclar las grandes inversiones que se realizan en las misiones espaciales con las enormes necesidades de alimentación, atención sanitaria, educación y vivienda mínima para miles de millones de personas pobres en el mundo.

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Es un tema interesante para reflexionar y debatir. Cada uno de estos vuelos espaciales de naves tripuladas y no tripuladas cuesta muchísimo dinero, no importa si la moneda es norteamericana, europea, rusa o china. Se gasta una enormidad de recursos financieros para las misiones exploratorias en el espacio del sistema solar. Algunos artefactos están volando desde hace años con destino a planetas lejanos del universo.

¿Mejoramos nuestra calidad de vida en la Tierra porque hace 40 años un hombre pisó la Luna por primera vez? ¿Millones de personas dejaron de tener hambre porque se gastaron fondos públicos extraordinarios para solventar los satétiles y naves espaciales en las naciones más ricas del mundo?

Como seres racionales y como habitantes obligados a convivir en el planeta Tierra, ¿acaso la prioridad no debería ser mejorar las condiciones de vida de nuestra gente, de las personas que habitan en este planeta?

Según estimaciones de la FAO, a nivel planetario hay alrededor de 2.800 millones de personas que sufren hambre, pues sobreviven con menos de dos dólares por día. Se trata de más de un tercio de la población total de nuestro mundo.

A lo anterior debemos sumar el cada vez más acelerado proceso de descomposición de nuestro medio ambiente, con inviernos y veranos extremos, con aumento del calentamiento global del planeta, con los altos índices de deforestación, con la contaminación del aire y del agua, etc.

¿Por qué en vez de gastar tantos recursos económicos en viajes interplanetarios no se diseñan y se ejecutan proyectos para mejorar el nivel de vida de tantos terráqueos hambrientos y desamparados? No se trata de desacreditar ni despreciar las misiones al espacio exterior, sino simplemente exponer el criterio de que deberíamos otorgar prioridad a la gente que sufre y muere cada día por no poder satisfacer sus necesidades básicas de supervivencia.

¿Para qué queremos ir a Marte si tenemos un planeta maravilloso llamado Tierra, que necesita nuestra urgente atención para preservar su clima, su ecología, su medio ambiente y también muchas manos solidarias con quienes padecen hambre y sed?

Además, mientras podamos ver una puesta de sol, oír el trino de los pájaros, sentir las gotas del rocío, admirar los pétalos de una flor, disfrutar la risa de un niño, tomar la siesta bajo un frondoso árbol, saborear un refrescante tereré, abrazar al amigo, gozar del cosquilleo en el corazón ante el ser querido, no, definitivamente no, yo no me voy a Marte.

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