Un comentario del diputado liberal Portillo que causó polémica en las redes sociales, tal vez, no escapa tanto de la realidad. No hay punto de comparación entre las personas “comunes” y los legisladores, pues unos se rompen el lomo día a día y otros incrementan su caudal económico a costa de los ciudadanos.
Mientras un legislador se encuentra debatiendo en una elegante sala bajo aire acondicionado, los simples mortales sudan la gota gorda en sus respectivos empleos. Un trabajador realiza grandes esfuerzos para poder conseguir un sueldo que no representa ni la décima parte de lo que perciben las personas “no comunes” que ocupan altos cargos públicos.
La cuestión es semejante a la fábula de Esopo “La hormiga y la cigarra”, pero no tiene el mismo final. En este relato, las cigarras continúan sancionando y aprobando leyes que solo benefician a los de “su clase” y, en el desdichado mundo de las hormigas trabajadoras, solo se observa el cansancio de quienes deben laburar para ganar un sueldo que a duras penas alcanza fin de mes.
Gran parte de la clase obrera tiene que hacer magia, pues el salario debe alcanzarles para pagar la alimentación, la luz, el agua y los gastos de la educación de sus hijos; cómo cubrir el resto de las cuentas es una cuestión de malabarismo. Por otra parte, los ocupantes de altos cargos públicos piensan en qué pueden gastar el jugoso sueldo que reciben, pues como advierte un dicho “ha'ekuéra voi ndoikuaái moopa omoingeta umi orekova”.
Jubilación rápida y grandes privilegios, familiares acomodados en instituciones públicas e, incluso, cupos de combustible y seguro médico privado son algunos de los beneficios que hacen más notorias las diferencias entre un legislador y una persona “común”. La clase obrera ni en sus sueños ve tanto dinero como el que un diputado o un senador percibe en un año.
Ahora bien, si los ciudadanos realizan más esfuerzo y pasan por más dificultades que los legisladores, ¿por qué estos ganan más que los primeros? Se supone que la decisión de incursionar en la política es la puesta en práctica de la vocación de servicio al pueblo; sin embargo, este pensamiento resulta un chiste si nos fijamos en las palabras y acciones de nuestros gobernantes.
Tal vez, la idea de que los que gobiernan un país precisan estar en mejor posición económica que los ciudadanos es antiquísima, pero no tiene fundamento, pues, según la Constitución Nacional, todos los seres humanos son iguales y deben percibir un salario proporcional al esfuerzo que realizan.
Por Belén Cuevas (16 años)
