8 de febrero de 2026
El mercado asegurador cumple una función que va mucho más allá de la simple transferencia de riesgos. Su verdadero impacto estructural se observa cuando se analiza su rol como inversor institucional y, en particular, su vínculo con el mercado de capitales. En Paraguay, donde la profundidad financiera aún se encuentra en desarrollo, el aporte del sector asegurador a la bolsa resulta estratégico para el crecimiento, la estabilidad y la sofisticación del sistema financiero. Y es precisamente esa capacidad de acumulación y colocación de recursos lo que lo convierte al seguro en un actor clave para dinamizar la bolsa. Como inversores, las compañías de seguros administran primas que cobran hoy para hacer frente a obligaciones futuras. Por su obligación de mantener reservas o previsiones para enfrentar siniestros acumulan mucha liquidez que pueden ser invertidos. Esta característica transforma a las aseguradoras en potenciales inversores corporativos, con perfiles de largo plazo y de colocación estables.
El vicio propio surge del fenómeno lógico de que hay cosas que, por su naturaleza, están sometidas a un proceso de transformación, degeneración o mutación. Los productos perecibles cumplen su destino, que es el de perecer o transformarse, en forma inexorable. Hablamos entonces de un proceso natural, inherente al ser de la cosa misma. No importa cuánto hagamos para conservar una cosa perecedera en su estado original, esta terminará por cumplir el ciclo de la naturaleza y se terminará degenerándose o transformándose. Por ello, al hablar de la destrucción, hablamos en realidad de la pérdida de aquellas cualidades o condiciones de la cosa que hemos tenido a la vista y que tiene un valor comercial.
Cuando el silencio se interpone entre el asegurado y su aseguradora, rara vez se percibe de inmediato como un problema. Muchas veces se minimiza con una llamada que no se hace, un correo que no se responde, una duda que se posterga o un documento que se deja “para después”. Sin embargo, ese silencio aparentemente inofensivo puede convertirse luego en uno de los riesgos ocultos más costosos dentro de la relación entre asegurado y asegurador.
En el seguro, cada póliza, con sus cláusulas, exclusiones y coberturas que hoy parecen tan obvias nacieron de un evento que alguna vez sucedió: una inundación que nadie esperaba, un fallo estructural improbable, un incendio impensable, un accidente que expuso un vacío legal. Ese conjunto de experiencias, algunas complejas y mediáticas, otras silenciosas, constituye lo que se da en llamar la memoria del riesgo: un archivo “vivo” de todo aquello que el mundo ha aprendido a enfrentar, corregir, reparar y prevenir. Sin esa memoria del riesgo, las pólizas serían frágiles, incompletas e incapaces de proteger lo que realmente importa. Con ella, en cambio, la industria del seguro tiene la capacidad de anticiparse incluso a escenarios todavía inexistentes y reinterpretar el pasado, como una forma de evitar que un daño ya conocido se repita con la misma crueldad. Así, un gran incendio urbano obligó a crear las primeras reglas modernas de aseguramiento contra fuego; una oleada de naufragios perfiló las primeras tablas actuariales marítimas; una crisis financiera introdujo cláusulas nuevas sobre responsabilidad de directivos; una pandemia despertó un debate mundial sobre exclusiones que antes parecían hipotéticas. La memoria del riesgo es en esencia entonces, historia y estadística.
El seguro ha tenido que evolucionar como actividad milenaria y como un mecanismo de reducir el inevitable temor y la ansiedad hacia lo incierto y lo desconocido desde sus primeros vestigios hacia el año 5000 a. C. en China hasta la actualidad. Tuvo que acompañar el avance y la modernización de los procesos evolutivos en los distintos escenarios que intervinieron la costumbre y la inteligencia humana. Así, la industria aseguradora vivió bajo la premisa de que los riesgos podían clasificarse, modelarse y anticiparse con relativa estabilidad.
La violencia pública que trae aparejados disturbios civiles se está incrementando a nivel global, debido a las tensiones geopolíticas y los efectos derivados de los conflictos crónicos en todo el mundo. Estos hechos de disturbios civiles pueden incluir desde una bomba pirotécnica hasta daños a viviendas, vehículos e instalaciones públicas en un mismo punto o en varios al mismo tiempo en un país. Constituyen riesgos difíciles de determinar en cuanto a sus alcances, pudiendo considerarse desde hechos que causen daños aislados o secuencia de situaciones de alcance malicioso. Muchas pólizas estándar excluyen o limitan la cobertura en casos de riesgos políticos o disturbios civiles, requiriendo pólizas específicas o cláusulas adicionales que cubran estos eventos.