El riguroso control a las personas equivocadas

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Es loable que ante la serie de acontecimientos que se registraron en nuestro país los controles se vuelvan más rigurosos.

La incredulidad fue la más fiel aliada de un grupo de delincuentes que ya lleva perpetrados cuatro secuestros, de los cuales uno de ellos se convirtió en un crimen.

El problema radica cuando el aspecto humano entra a tallar, lo cual es una fiel demostración de la escasa preparación para la efectividad de las inspecciones.

Se puede notar en los controles fijos en las calles, en los cuales en un solo día pueden indagar a la misma persona en tres ocasiones, sin percatarse de que es un vecino de la zona.

Lo mismo ocurre en los escenarios deportivos. Registran de arriba abajo a personas que acuden en compañía de sus hijos y resulta que durante los partidos de fútbol integrantes de las elegantemente llamadas barras organizadas -en muchos casos se convierten en una asociación criminal- lanzan objetos contundentes que ponen en riesgo la integridad física de los protagonistas.

El hecho que tuvo como protagonista al cafetero “Morsa”, con 20 años de trabajo en el Poder Judicial, llama a la reflexión. El control detectó rastros de explosivos impregnados en su bolso.

El hecho de ser un trabajador no le exime de sospecha, pero un simple control tampoco lo convierte en un potencial delincuente, más aún tratándose de una persona que hace años trabaja en el Poder Judicial y que si hubiera querido perpetrar un atentado lo habría hecho antes de que se instalen los modernos equipos de seguridad.

“Morsa” ya perdió su mercadería, lo cual para él constituye un daño importante porque es su sustento diario.

Sin embargo, aquella persona que introdujo la bomba a un baño del Poder Judicial y que por la fortuna del destino fue hallada a tiempo sigue impune. Ni siquiera se sabe quién es.