Un hotel fantasma en Pretoria

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PRETORIA (Enviado especial). En el trayecto de Pietermaritzburg a Polokwane, paramos en Pretoria para pasar la noche del miércoles último, con el fin de seguir viaje temprano, a la mañana, como finalmente lo hicimos. Antes de salir, buscamos por teléfono un hotel en Pretoria y luego de 20 llamadas, la número 21, nos dio resultado positivo.

GPS mediante, nos acercamos al lugar en la capital sudafricana. El aparato guía nos mostraba callejuelas por donde avanzar, justo cuando el sol ya se había escondido y la noche comenzaba a reinar en esta parte del mundo.

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Un desvío, otro más, las calles cada vez más angostas, con viviendas enrejadas, sistemas de control de alta tecnología y, por las dudas, perros. Así nuestro GPS nos marcó la bandera a cuadros. Miramos el lugar antes de bajar, cruzamos miradas entre los tres ocupantes del auto, y casi no lo hicimos.

Empujados por la necesidad y la falta de lugares en los copados hoteles de esta ciudad, bajamos del móvil. Tocamos el timbre, esperamos, y nada.

Insistimos, pero solo respondía el silencio, mientras girábamos la cabeza a uno y otro lado para saltar al móvil si la situación apremiaba.

Ante la nula respuesta, optamos por llamar al número que aparecía en un viejo cartel que rechinaba con el suave viento que soplaba a esas horas. La llamada fue atendida, pero nadie respondió, hasta que hablamos, nos identificamos y la llamada se cortó.

Tras unos minutos la puerta se abrió, apareció una dama joven de raza negra, nos indicó que pasáramos, nos dio las llaves de las habitaciones, el control remoto del televisor y desapareció.

Entramos y nos encontramos con las habitaciones enrejadas. Comenzamos a probar las llaves que las abrían. Y nada.

Ante la imposibilidad de pasar a los cuartos, buscamos a la encargada o a alguien que nos ayudara, pero nada. Las puertas de atrás estaban candadeadas, las ventanas bien reforzadas, con gruesas cortinas impidiendo ver afuera.

Insistimos, gritamos. Nada. El comedor, el que se asemejaba al lobby, la cocina, con una enorme heladera repleta de comidas y bebidas, todo para el confort.

Buscamos algún resquicio para gritar hacia el fondo, pero fue inútil.

Miramos tímidamente hacia el frente, por un resquicio, y cerramos la puerta con llave.

Estábamos solos en el hotel fantasma. Nadie atendía, ni se preocupaba por el local ni los visitantes. Al fin logramos abrir las rejas.

Nos acostamos temerosos, pero a las 08:00, escuchamos que el desayuno estaba siendo servido. Salimos y nos encontramos con la dama que nos había recibido, sirviendo, y la dueña, una hermosa mujer rubia, regalándonos una sonrisa de bienvenida, unos minutos antes de partir. Reconfortados por cierto, dejamos el hotel fantasma, al que luego debimos volver.