El colega Arturo Godoy se topó en noviembre pasado con Favio Gómez, uno de los tres caseros de la quinta de Ibáñez en Areguá. Favio estaba cansado de que Ibáñez le haya mentido (vaya ironía) al prometerle un salario de G. 1.200.000 y el seguro de IPS para su hijo.
El seguro nunca llegó y el niño de Favio enfermó. Un padre haría todo por su hijo, ¿no? Entonces, sin dudar, contó que “había sido” figuraba con un sueldo de G. 2.500.000 en Diputados junto a Viviana Patricia Falcón Valenzuela y Éver Isaac Falcón Valenzuela.
De los G. 2.500.000, los caseros recibían poco menos de la mitad. Es decir, G. 1.200.000.
La pregunta es: ¿QUIÉN SE QUEDABA CON LO RESTANTE?
La respuesta es: JOSÉ MARÍA IBÁÑEZ Y SU ESPOSA, LORENA PLABST, autores confesos.
Tres caseros engañados con G. 1.200.000 por mes y la pareja se quedaba mensualmente con G. 3.900.000 por “haber conseguido” el rubro para sus empleados.
Este dinero es una suma ínfima para Ibáñez, que gana G. 30 millones como diputado. El legislador admitió estafar al Estado, cobrar indebidamente los honorarios y tratar de engañar a la Fiscalía falsificando firmas.
Pero él quiere solucionar todo con una donación de G. 200 millones, que para él son poco más de 6 meses de salario. Una bicoca.
Además de estafador, mentiroso y falsificador, José María Ibáñez es también un ladrón. Pero nada de eso quedará estampado en sus antecedentes penales. Es más, seguro la gente olvidará esto muy pronto, pero lo miserable que es lo acompañará para siempre.
Estos adjetivos no deben ir al lado de una persona que supuestamente representa al pueblo. De no removerlo sus colegas, insto a que vergüenza pública sea eterna para él. De mi parte, por lo menos lo será.