Qué es la biofobia
La biofobia es una respuesta de miedo, rechazo o incomodidad intensa frente a elementos naturales: insectos, plantas, animales, barro, agua de río, bosques u otros entornos no dominados por el ser humano.
No es un simple “no me gustan los bichos”. En psicología ambiental se usa el término para describir actitudes y emociones negativas persistentes hacia la naturaleza, que pueden ir desde una ligera aversión hasta una fobia específica (como terror a los insectos o a los bosques).
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En las ciudades, la biofobia se manifiesta cuando una persona:
- evita sistemáticamente parques, ríos o zonas arboladas,
- siente asco, ansiedad o incluso pánico al ver insectos, hojas en el suelo, barro o animales pequeños,
- percibe lo natural como “sucio”, “peligroso” o “fuera de lugar” en la vida moderna.
Esta tendencia es el reverso de la biofilia, el concepto popularizado por el biólogo Edward O. Wilson para describir nuestra inclinación innata a buscar contacto con otros seres vivos y ecosistemas.
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De la biofilia a la biofobia: un giro en la vida urbana
Durante décadas, los urbanistas y psicólogos destacaron los beneficios de la biofilia: ventanas con vistas a árboles, patios verdes en las escuelas, jardines comunitarios. La evidencia es consistente: el contacto con la naturaleza reduce el estrés, mejora la atención y favorece la salud cardiovascular y mental.

Sin embargo, en grandes áreas metropolitanas se observa un giro más sutil: no solo hay menos ocasiones de estar en contacto con entornos naturales complejos, sino que empieza a consolidarse una cultura del recelo hacia esos entornos.
La naturaleza, percibida antes como un refugio, aparece ahora para muchos como:
- un foco de suciedad,
- un riesgo sanitario,
- un espacio imprevisible, difícil de controlar.
Ese cambio de percepción —reforzado por discursos sobre plagas, alergias o enfermedades transmitidas por animales— es uno de los motores de la biofobia urbana.
Cómo se ve la biofobia en la vida cotidiana de las ciudades
En barrios densamente construidos, la biofobia rara vez se presenta como una fobia clínica bien delimitada. Suele expresarse en pequeños gestos y decisiones cotidianas:
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En una escuela de un barrio céntrico, algunos niños rehúsan sentarse sobre el césped durante una actividad al aire libre porque “hay bichos” o “está sucio”. En parques urbanos de grandes capitales, familias eligen siempre la zona de juegos totalmente pavimentada y evitan los sectores con pasto alto, tierra o arbustos.
En edificios de oficina, se prefieren patios completamente mineralizados —bancos, cemento, algo de sombra artificial— frente a jardines con plantas que atraen insectos o aves.
En redes sociales, proliferan videos virales donde arañas, abejas o roedores urbanos aparecen como amenazas absolutas, reforzando la idea de que el contacto con otros seres vivos es esencialmente peligroso.
Sumadas, estas microdecisiones producen un paisaje cultural en el que lo natural queda arrinconado: se tolera la naturaleza solo si está higienizada, controlada, encapsulada en macetas o en imágenes de pantalla.
Por qué la biofobia crece en algunas ciudades
La expansión de la biofobia no responde a una sola causa. Es el resultado de la interacción entre urbanismo, cultura digital, discursos de riesgo y desigualdad territorial. Varios factores se combinan.

Por ejemplo, la hiperurbanización y diseño hostil a lo vivo. En muchas ciudades de Europa y América Latina, los nuevos desarrollos urbanos priorizan:
- superficies pavimentadas,
- espacios “limpios” y de bajo mantenimiento,
- vegetación ornamental pobre en biodiversidad.
Esto reduce la experiencia de naturaleza real —árboles maduros, suelos vivos, insectos polinizadores, aves— y refuerza la idea de que un espacio “bien cuidado” es aquel donde casi nada crece sin permiso.
Cuando la única naturaleza que se ve son parches decorativos y perfectamente recortados, cualquier manifestación más espontánea —hierbas en una vereda, un insecto en el aula, un zorro urbano— se percibe como intrusión.
Además, en generaciones anteriores, gran parte del juego infantil ocurría en la calle, el patio o el campo cercano. Hoy, en muchas capitales y áreas metropolitanas, la infancia transcurre puertas adentro: departamentos pequeños, centros comerciales, actividades extraescolares programadas y pantallas.

Sin experiencias directas de trepar árboles, tocar tierra, mojarse en un arroyo o cruzar un parque menos “domesticado”, el mundo natural se vuelve desconocido. Y lo desconocido, en contextos urbanos saturados de mensajes de alerta, tiende a interpretarse como peligroso.
La consecuencia: niños y adolescentes que no solo no se sienten atraídos por la naturaleza, sino que la viven como un entorno hostil, incómodo, lleno de riesgos.
Discurso del riesgo sanitario y la obsesión por la higiene
La pandemia de covid-19 reforzó —con razón— la preocupación por la higiene, la limpieza y el control de patógenos en ciudades de todo el mundo. Pero también dejó un legado ambiguo: la sospecha generalizada hacia cualquier entorno que no sea fácil de desinfectar.
En algunos contextos urbanos, esa lógica se extiende a parques, plazas y reservas urbanas. El miedo a alergias, picaduras, hongos o bacterias se suma a un discurso que equipara “natural” con “insalubre”.
Los entornos verdes complejos, con vegetación densa o suelos no pavimentados, aparecen entonces como una amenaza potencial, aunque la evidencia científica muestre lo contrario en términos de salud integral.
Cambio climático y miedo a lo imprevisible
Olas de calor extremo, incendios forestales cercanos, inundaciones, tormentas severas: el cambio climático ha hecho que los fenómenos naturales se perciban cada vez más como fuentes de riesgo.
En algunas ciudades costeras o ribereñas, la relación con el mar o los ríos ya no es solo recreativa. Las crecidas, la erosión, los temporales y la subida del nivel del agua introducen un componente de miedo objetivo que se mezcla con la ansiedad climática.
En ese contexto, es comprensible que ciertas personas desarrollen una reacción defensiva más amplia: si los sistemas naturales parecen “descontrolados”, el rechazo a lo natural puede volverse una forma de ilusión de seguridad.
Desigualdad en el acceso a la naturaleza
La biofobia también está marcada por la desigualdad territorial. En barrios periféricos con alta exposición a basurales, aguas contaminadas o plagas asociadas a mala gestión urbana, la “naturaleza” se experimenta como abandono estatal antes que como recurso de bienestar.
Para muchas familias de zonas populares, el entorno “verde” disponible puede estar asociado a inseguridad, falta de iluminación, ausencia de mantenimiento o violencia. En esos casos, el miedo a lo natural no es solo psicológico: tiene un fuerte componente social y político.
¿Es siempre negativa la biofobia?
Un cierto grado de cautela ante lo desconocido en la naturaleza puede ser adaptativo. La desconfianza hacia animales potencialmente peligrosos, plantas tóxicas o barrancos protege la integridad física, y está profundamente arraigada en la evolución de nuestra especie.
El problema aparece cuando esa cautela se generaliza y se vuelve desproporcionada, extendiéndose a:
- insectos inofensivos,
- plantas comunes,
- parques urbanos bien gestionados,
- actividades al aire libre de bajo riesgo.
En ese punto, la biofobia deja de ser una respuesta protectora para convertirse en una limitación que reduce el bienestar, empobrece la experiencia urbana y rompe el vínculo con los sistemas de los que dependemos para respirar, alimentarnos y regular el clima.
Qué dice la ciencia sobre salud mental, estrés y naturaleza
La literatura científica en psicología ambiental y salud pública es clara en un punto: el contacto cotidiano con entornos naturales de calidad se asocia a mejores indicadores de salud mental y física.
Entre los hallazgos más consistentes se encuentran:
- menores niveles de estrés y ansiedad en personas que viven cerca de áreas verdes,
- mejor recuperación de la fatiga mental tras paseos breves en parques o jardines,
- reducción de síntomas depresivos en contextos con acceso frecuente a naturaleza,
- menor incidencia de algunas enfermedades cardiovasculares en barrios con buena cobertura arbórea.
Si la biofobia lleva a evitar sistemáticamente esos entornos, puede reducir los beneficios que la ciudad verde intenta ofrecer. A escala colectiva, esto tiene implicaciones para la planificación urbana: no basta con plantar árboles o abrir parques; es necesario que las personas se sientan seguras y cómodas al usarlos.
Un síntoma de una desconexión más profunda
El auge de la biofobia en algunas ciudades es algo más que una curiosidad psicológica: es un síntoma de la distancia creciente entre nuestras vidas urbanas y los sistemas naturales que las sostienen.
Si la naturaleza se convierte en algo que solo vemos en pantallas o detrás de vallas, será más difícil defenderla, comprenderla y adaptarnos a sus cambios en un siglo de crisis climática y pérdida de biodiversidad.
