Hoy, más de tres siglos y medio después, el nombre de Galileo Galilei sigue asociado a una revolución intelectual: el tránsito desde el saber apoyado en la autoridad y la tradición hacia un conocimiento basado en la observación, el experimento y las matemáticas.
Un florentino en el origen de la ciencia moderna
Galileo nació en Pisa en 1564, en el seno de una familia humilde pero culta. Su formación inicial estuvo orientada a la medicina, como era deseo de su padre, pero pronto se volcó hacia las matemáticas y la filosofía natural, el nombre con el que entonces se designaban las ciencias físicas.

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Sus primeras investigaciones se centraron en el movimiento y la mecánica. Desde las experiencias con planos inclinados hasta el estudio de la caída de los cuerpos, Galileo contribuyó a desmontar la física de Aristóteles, vigente durante casi dos mil años.
Frente a la idea de que los cuerpos caen a velocidades diferentes según su peso, propuso leyes cuantificables y repetibles, apoyadas en la experimentación y el lenguaje matemático.
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Ese enfoque —medir, experimentar, formular leyes— es una de las razones por las que se le considera “padre de la ciencia moderna”. No solo produjo descubrimientos, sino que transformó el método.
El telescopio que cambió el cielo
La fama de Galileo se disparó a partir de 1609, cuando supo de la existencia de un nuevo instrumento en Holanda: el telescopio. Lo perfeccionó, lo orientó hacia el cielo y publicó sus observaciones en 1610 en el Sidereus Nuncius (El mensajero sideral).

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Sus hallazgos cuestionaban la visión tradicional del cosmos:
- Observó montañas y cráteres en la Luna, desmintiendo la idea aristotélica de que los cuerpos celestes eran esferas perfectas.
- Descubrió cuatro satélites girando en torno a Júpiter, prueba de que no todo orbitaba la Tierra.
- Estudió las fases de Venus, compatibles con el modelo heliocéntrico de Copérnico, que situaba al Sol en el centro del sistema.
Estas evidencias fortalecían el heliocentrismo, hasta entonces una hipótesis minoritaria. Galileo empezó a defenderlo con creciente claridad, lo que lo situó en rumbo de colisión con la Iglesia católica.
Ciencia, fe y censura
En 1616, la Congregación del Índice declaró “herética” la afirmación de que el Sol se encuentra inmóvil en el centro del universo y que la Tierra se mueve. A Galileo se le ordenó que no sostuviera ni defendiera públicamente esas tesis. Durante un tiempo, evitó el enfrentamiento frontal.

Sin embargo, en 1632 publicó el Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, una obra en la que, en forma de discusión entre tres personajes, exponía los argumentos a favor y en contra de los modelos geocéntrico y heliocéntrico.
Aunque el texto intentaba guardar ciertas formas, el personaje defensor de la visión tradicional aparecía como intelectualmente débil, y el libro fue leído como un alegato en favor de Copérnico.
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La reacción no tardó. En 1633, Galileo fue juzgado por el Santo Oficio en Roma. Bajo la acusación de “vehemente sospecha de herejía”, fue obligado a abjurar públicamente de sus convicciones heliocéntricas. La famosa frase “E pur si muove” (“Y, sin embargo, se mueve”) que se le atribuye tras la abjuración es, con toda probabilidad, una leyenda posterior.
La sentencia le impuso reclusión de por vida. No sería en una mazmorra, sino en régimen de arresto domiciliario, pero significó la ruptura pública entre Galileo y la autoridad eclesiástica.
Las últimas horas en Arcetri
Tras el juicio, Galileo vivió sus últimos años en su villa de Arcetri, conocida como “Il Gioiello” (“La Joya”). Allí recibió la visita de discípulos y continuó trabajando en lo que le permitían sus fuerzas y su salud.
Aquejado de artritis, problemas cardíacos y completamente ciego desde 1638, dictó a sus asistentes obras fundamentales como Discursos y demostraciones matemáticas en torno a dos nuevas ciencias, consideradas un pilar de la física moderna por su tratamiento sistemático de la resistencia de los materiales y la cinemática.

El 8 de enero de 1642, tras una larga enfermedad, murió de causas naturales en esa misma villa. Tenía 77 años.
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Su deseo era ser enterrado en la basílica de Santa Croce, en Florencia, pero la condena eclesiástica pesaba todavía: sus restos fueron inhumados de forma discreta. No sería hasta casi un siglo después, en 1737, cuando su cuerpo fue trasladado a un mausoleo monumental en el interior del templo, un reconocimiento póstumo a su talla histórica.
La lenta rehabilitación de una figura incómoda
El caso Galileo fue durante siglos un símbolo del conflicto entre ciencia y religión. Sus libros permanecieron en el Índice de obras prohibidas y su nombre estuvo marcado por la sospecha.
Con el paso del tiempo, sin embargo, la Iglesia fue matizando su postura. En 1822 autorizó la publicación de trabajos que defendieran el movimiento de la Tierra. En 1965, el Índice de libros prohibidos fue abolido.
Y en 1992, tras una larga revisión histórica, el papa Juan Pablo II reconoció oficialmente que la condena a Galileo había sido un “error” y lamentó las incomprensiones del caso.
Hoy, la figura de Galileo es reivindicada no solo como pionero científico, sino como ejemplo de la tensión —aún viva— entre libertad de investigación, dogmas establecidos y poderes institucionales.
Un legado que mira al futuro
Más allá de los episodios judiciales, el legado de Galileo se percibe en casi todas las áreas de la ciencia moderna: desde la física y la astronomía hasta la ingeniería y la tecnología espacial.
Sus métodos y principios —experimentación rigurosa, matematización de los fenómenos, revisión crítica de la autoridad— están en la base del modo en que se entiende hoy el conocimiento científico.
Varias misiones espaciales y proyectos científicos han llevado su nombre, entre ellas la sonda Galileo de la NASA, lanzada en 1989 para estudiar Júpiter y sus lunas, un tributo directo a aquellas primeras noches de observación con un telescopio rudimentario.
El 8 de enero, efeméride de su muerte, no solo recuerda el final de una vida marcada por la controversia. Marca también el nacimiento de una nueva forma de mirar el mundo: una mirada que, desde entonces, se empeña en medir, dudar, comprobar y volver a empezar. Una mirada que, en sentido profundo, sigue siendo galileana.
