Un 17 de enero nacía Benjamin Franklin, el inventor

Benjamín Franklin.
Benjamín Franklin.Archivo, ABC Color

El 17 de enero de 1706 nació en Boston Benjamin Franklin. Tres siglos después, sus inventos –del pararrayos a las gafas bifocales– siguen explicando cómo la ciencia aplicada transformó la vida cotidiana y la política en Occidente.

De aprendiz de imprenta a símbolo de la Ilustración

Benjamin Franklin llegó al mundo en una colonia periférica del Imperio británico. Hijo de un fabricante de velas, apenas cursó la educación básica. Su verdadera escuela fue el taller de imprenta de su hermano, en el Boston portuario del siglo XVIII.

Desde temprano combinó tres dimensiones que rara vez se cruzaban con tanta fuerza: oficio, curiosidad científica y vocación pública.

El joven impresor leía tratados de física y filosofía mientras componía panfletos y almanaques. Esa mezcla lo convirtió en una figura central de la Ilustración atlántica, capaz de dialogar con científicos en Londres, políticos en Filadelfia y filósofos en París.

Cuando hoy se le recuerda como uno de los “Padres fundadores” de Estados Unidos, suele olvidarse que Franklin se definía, ante todo, como impresor y experimentador.

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Sus inventos no buscaban el espectáculo, sino resolver problemas concretos de seguridad, salud y confort en hogares, talleres y ciudades.

Los inventos de Benjamin Franklin que cambiaron la vida diaria

  1. El pararrayos

La imagen de Franklin sujetando una cometa bajo la tormenta es más mito que documento, pero resume un giro decisivo: demostrar que el rayo era un fenómeno eléctrico y que podía ser conducido de forma segura a tierra.

Pararrayos.
Pararrayos.

De ese trabajo surgió el pararrayos. La idea era simple y revolucionaria: instalar varillas metálicas en los puntos más altos de edificios y barcos, conectadas a cables que descargaran la electricidad en el suelo.

Iglesias, cabildos, almacenes de pólvora y puertos en América y Europa adoptaron rápidamente el invento.

El impacto fue doble. Por un lado, redujo incendios devastadores en ciudades coloniales y europeas. Por otro, cambió el modo de entender las tormentas: la protección ya no dependía solo de rituales religiosos, sino también de una tecnología observable y replicable.

  1. Gafas bifocales: una solución discreta a la presbicia

Ya en la madurez, Franklin sufría para alternar la lectura de documentos cercanos con la observación de interlocutores y objetos lejanos. Para evitar cambiar de gafas constantemente, mandó fabricar lentes divididos horizontalmente: la parte superior para ver de lejos, la inferior para leer.

Gafas bifocales.
Gafas bifocales.

Nacían así las gafas bifocales. Su diseño se perfeccionaría con el tiempo, pero la lógica se mantiene vigente en millones de usuarios, de funcionarios a conductores, en cualquier lugar.

  1. La estufa de Franklin: calor eficiente para inviernos fríos

En las casas de Filadelfia, como en muchas viviendas de Europa y América hasta bien entrado el siglo XX, las chimeneas abiertas desperdiciaban buena parte del calor y facilitaban incendios domésticos.

Franklin rediseñó el dispositivo: cerró el fuego en una caja metálica, mejoró el tiro y dirigió el aire caliente hacia el interior de la habitación. La llamada “estufa de Franklin” consumía menos leña, calentaba mejor y era más segura.

Fue un adelanto en eficiencia energética antes de que existiera el término.

  1. De la electricidad a la Corriente del Golfo

Además de artefactos visibles, Franklin dejó innovaciones menos tangibles pero fundamentales:

  • En electricidad, acuñó términos como “carga positiva y negativa” y contribuyó a consolidar un lenguaje que aún emplean manuales escolares y técnicos.
  • En el océano Atlántico, observando tiempos de travesía entre América del Norte y Europa, ayudó a describir la Corriente del Golfo. Ese conocimiento optimizó rutas marítimas comerciales y militares.

Ambas aportaciones muestran una constante de su trabajo: traducir fenómenos complejos en modelos comprensibles para navegantes, artesanos, funcionarios y estudiantes.

Inventar sin patentar

En un detalle que hoy sorprende en plena economía de patentes, Franklin se negó a registrar muchos de sus inventos. Argumentaba que él mismo se había beneficiado del conocimiento acumulado por otros y que, en correspondencia, debía ofrecer sus mejoras al bien común.

Esa decisión favoreció la rápida difusión del pararrayos, la estufa o las gafas bifocales en ciudades tan distintas como Londres, París, Filadelfia o los crecientes centros urbanos de la América hispana.

Ciencia, política y espacio público

El 17 de enero no solo remite al nacimiento de un inventor; marca también la consolidación de una forma de hacer política basada en la razón pública. Franklin fundó bibliotecas, sociedades científicas y un servicio de correos que conectaba colonias y noticias.

Para él, la circulación de ideas era tan importante como la de mercancías.

La misma mentalidad que lo llevó a experimentar con chispas eléctricas inspiró proyectos cívicos: compañías de bomberos voluntarios, alumbrado urbano, normas de higiene.

El laboratorio y la asamblea compartían un mismo horizonte: reducir riesgos y ampliar la autonomía de las personas.

En la era de las redes eléctricas inteligentes y la crisis climática, los inventos de Franklin parecen sencillos. Sin embargo, siguen allí: en el pararrayos que corona un hospital, en las lentes bifocales de un médico rural, en las estufas cerradas de cabañas y casas.