Pingüinos que “se divorcian”
La imagen romántica del pingüino como símbolo de fidelidad eterna es, en el mejor de los casos, una verdad a medias.

Los estudios de largo plazo en colonias de pingüinos de Adelia, barbijo o papúa en la Antártida y en Patagonia muestran que la mayoría de las parejas es monógama… pero solo por temporada.
Las tasas de “divorcio” —cuando dos individuos no vuelven a emparejarse en la siguiente reproducción pese a estar vivos y en la misma colonia— pueden superar el 20 o incluso el 40 %, según la especie y el año.
Lejos de ser un capricho, suele ser una estrategia adaptativa: las parejas que fracasaron criando un polluelo tienen más probabilidades de separarse y buscar un compañero nuevo.
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Los datos son claros: en varias especies, los individuos que se “reemparejan” tras un mal año logran, en promedio, más éxito reproductivo que quienes insisten con la misma pareja.
La fidelidad existe, pero es flexible y está supeditada a un objetivo evolutivo concreto: dejar descendencia viable en un entorno extremadamente hostil.
El superpoder térmico del pingüino
Sobrevivir a vientos polares, agua cercana al punto de congelación y tormentas de nieve exige una ingeniería biológica notable. El “superpoder térmico” del pingüino combina plumas, grasa y un sofisticado sistema circulatorio.

Su plumaje es uno de los más densos entre las aves marinas. Cada pluma atrapa una capa de aire que funciona como aislante y, además, repele el agua. Por debajo, una gruesa capa de grasa —que puede representar más de un tercio del peso corporal en algunas especies— actúa como barrera extra frente al frío.
Las aletas y las patas, en contacto directo con el agua helada o el hielo, están recorridas por vasos sanguíneos dispuestos en contracorriente: la sangre caliente que baja desde el cuerpo cede calor a la sangre fría que regresa, reduciendo al mínimo la pérdida energética. Así, el pingüino mantiene el cuerpo caliente sin congelarse ni desperdiciar recursos en un ambiente donde cada caloría cuenta.
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De las alas a las aletas: misiles submarinos
Los pingüinos son aves que renunciaron al vuelo para dominar otro “cielo”: el océano.

La física impone límites. Volar y bucear a gran profundidad exigen alas con requisitos casi opuestos. La evolución resolvió el conflicto afinando el cuerpo como un torpedo y transformando las alas en aletas rígidas, perfectas para impulsar agua, no aire.
Su esqueleto es más denso que el de la mayoría de las aves, lo que reduce la flotabilidad y facilita el descenso. Las aletas funcionan como alas de un avión bajo el agua: generan sustentación y empuje en cada batida.
Un pingüino papúa puede alcanzar alrededor de 35 km/h en sus zambullidas, lo que explica la comparación frecuente con “misiles submarinos”.
En tierra, esta adaptación tiene un costo evidente: la marcha torpe y los saltos entre rocas de las colonias de la Antártida, las islas subantárticas o las costas de Argentina y Chile. El diseño está optimizado para el océano, no para la playa.
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El pingüino que vive en climas templados
No todos los pingüinos viven rodeados de hielo. El pingüino de Galápagos, en el ecuador, y el pingüino africano, en las costas de Namibia y Sudáfrica, son emblemas de climas templados.
Su supervivencia depende de aguas frías y ricas en nutrientes que ascienden por corrientes como Humboldt o Benguela.
Para no sobrecalentarse, estas especies descansan a la sombra, utilizan madrigueras, abren las alas para disipar calor y regulan el flujo sanguíneo hacia las patas y la cara, donde pueden perder temperatura con mayor rapidez. Son pingüinos sin nieve, pero igualmente especializados.
Su futuro, sin embargo, es frágil. El calentamiento del océano, la sobrepesca y la presión turística alteran la disponibilidad de alimento y los lugares de nidificación. En Sudáfrica y en las islas Galápagos, los censos muestran descensos preocupantes en las últimas décadas.
En este Día Internacional del Pingüino, la ciencia invita a mirarlos más allá del mito de la pareja perfecta o del simple icono del frío.
