Día Mundial de la Ardilla: modelo de memoria y agente de reforestación

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Ardilla.Shutterstock

El Día Mundial de la Ardilla, que se celebra cada 21 de enero, revela mucho más que una simpatía urbana: detrás de estos pequeños roedores hay mapas mentales complejos, bosques que se regeneran gracias al “olvido” y pistas clave sobre la memoria.

Cuándo es el Día Mundial de la Ardilla y por qué se celebra

El Día Mundial de la Ardilla se celebra cada 21 de enero. La iniciativa surgió a inicios de los años 2000, impulsada por personas dedicadas a la rehabilitación de fauna silvestre en Estados Unidos, y se ha extendido como una fecha global para visibilizar la importancia ecológica y científica de las ardillas.

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El objetivo ya no es solo “apreciar” a un animal carismático. La jornada busca llamar la atención sobre tres frentes:

  • la pérdida de hábitat por urbanización y agricultura intensiva,
  • el impacto del cambio climático en los bosques de los que dependen,
  • y el valor de las ardillas como modelo de estudio de la memoria, el envejecimiento y la regeneración de ecosistemas.

En Europa, América y partes de Asia, el aumento de parques urbanos y fragmentos de bosque ha convertido a las ardillas en un puente visible entre naturaleza y ciudad. Observarlas esconder y recuperar alimento es, en realidad, asomarse a un laboratorio a cielo abierto sobre cognición animal.

Memoria espacial: cómo las ardillas construyen mapas mentales

Una de las preguntas más buscadas sobre las ardillas es: ¿cómo recuerdan dónde enterraron tantas nueces? Investigaciones con ardillas grises y zorras en Norteamérica y Europa han mostrado que estos roedores pueden recordar cientos e incluso miles de escondites a lo largo de la temporada.

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Lejos del tópico de “animal distraído”, las ardillas son especialistas en memoria espacial. Diversos estudios de neurociencia comparada señalan que su hipocampo —la región cerebral clave para formar mapas mentales— está particularmente desarrollado para:

  • codificar la posición relativa de árboles, rocas, edificios y otros puntos de referencia,
  • integrar la distancia y la profundidad a la que enterraron cada semilla,
  • actualizar la información cuando el paisaje cambia por nieve, hojas caídas o presencia humana.

En experimentos de campo, ardillas individuales han sido seguidas con marcadores y GPS. Los resultados sugieren que no se orientan solo por el olfato: utilizan una especie de mapa cognitivo del territorio, muy similar —en concepto— a los que describen los estudios de memoria humana.

Además, ajustan su conducta según el contexto: si sienten que están siendo observadas por posibles ladrones de comida, como otras ardillas o aves, realizan “entierros falsos” para confundir a quienes las espían. Esa capacidad de planificar y simular engaños es un indicador de toma de decisiones compleja.

El “olvido” como estrategia evolutiva de los bosques

Paradójicamente, el sistema de memoria de las ardillas funciona porque no es perfecto. Parte de las semillas y frutos que entierran jamás son recuperados. Ese “error” aparente es, desde el punto de vista evolutivo, una estrategia de dispersión de semillas.

Ardilla.
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Robles, nogales, castaños y muchas otras especies de árboles han coevolucionado con roedores que almacenan su alimento. La lógica es simple y poderosa:

  • el árbol produce semillas ricas en energía;
  • la ardilla las transporta y las entierra lejos del tronco original;
  • una fracción se pierde en el mapa mental del animal y germina como un nuevo árbol.

Este proceso, conocido como “caching” o acopio de alimento disperso, convierte a las ardillas en agentes de reforestación involuntarios. En bosques templados de Norteamérica y Europa, los modelos ecológicos muestran que una parte significativa de la regeneración natural de robledales depende de estos olvidos.

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En un contexto de crisis climática, su papel gana relevancia. Donde la tala, los incendios o las sequías han degradado el paisaje, las ardillas pueden ayudar a reconstruir parches de bosque al diseminar semillas en microhábitats refugio, a menudo invisibles a simple vista, pero óptimos para la germinación.

Ardillas como modelo científico para estudiar memoria y envejecimiento

Más allá de su importancia ecológica, las ardillas están entrando con fuerza en laboratorios y proyectos de observación de largo plazo.

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Para la ciencia, representan un modelo idóneo para responder preguntas que también afectan a las personas:

  • ¿cómo se mantiene la memoria espacial a lo largo de la vida?
  • ¿qué factores ambientales favorecen o deterioran la cognición?
  • ¿es posible envejecer conservando buena capacidad de aprendizaje?

A diferencia de otros roedores, muchas especies de ardillas son de vida relativamente larga y dependen de sus recuerdos para sobrevivir varios inviernos.

Eso permite examinar cómo cambia su hipocampo con la edad, sin la intervención de jaulas o laberintos artificiales, mediante observaciones en libertad y técnicas no invasivas de seguimiento.

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En estudios urbanos, por ejemplo en campus universitarios de Estados Unidos y ciudades europeas, se han diseñado tareas de resolución de problemas —cajas que se abren de diferentes maneras, recorridos que exigen varias decisiones— para medir su flexibilidad cognitiva.

Los resultados apuntan a que las ardillas pueden aprender nuevas reglas, generalizarlas y recordarlas durante meses, incluso cuando el entorno se vuelve más complejo.

Su combinación de memoria robusta, capacidad de exploración y dependencia del entorno natural las convierte en un espejo útil para entender cómo interactúan cerebro, paisaje y cambio global.

Lo que se aprende con ellas puede ayudar a diseñar ciudades más amigables para la fauna, estrategias de conservación de bosques y, de forma indirecta, hipótesis sobre la resiliencia cognitiva también en humanos.