El cometa 3I/ATLAS cruzó el sistema solar el año pasado y dejó tras de sí una rareza astronómica: es el tercer objeto interestelar confirmado y, de acuerdo con estimaciones citadas por la Deutsche Welle, podría ser también el más antiguo, con una edad de hasta 11.000 millones de años, más del doble que el Sol.
La detección temprana —en el verano— abrió una ventana breve pero crucial para organizar observaciones. Con ese margen, la NASA y la Agencia Espacial Europea dirigieron varios instrumentos hacia el objeto mientras seguía su trayectoria: en octubre pasó cerca de Marte y en diciembre alcanzó su máximo acercamiento a la Tierra.
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Hoy, señalan los reportes, el cometa ya se encuentra más allá de Júpiter, alejándose para abandonar definitivamente el sistema solar, visible básicamente para especialistas.
ALMA y la pieza química que faltaba: deuterio en niveles extraordinarios
La pista central sobre el origen de 3I/ATLAS proviene del Atacama Large Millimeter/submillimeter Array (ALMA), en el desierto chileno de Atacama. Un equipo liderado por la Universidad de Míchigan lo observó el otoño pasado y publicó los resultados en Nature Astronomy, según la información recogida por DW.

El hallazgo clave fue la presencia de cantidades extraordinariamente elevadas de deuterio —hidrógeno “pesado”— en el agua del cometa. Esa proporción funciona como una suerte de marcador ambiental: apunta a que el hielo se formó en un entorno considerablemente más frío que el que acompañó el nacimiento del sistema solar.
En palabras de Teresa Paneque-Carreño (Universidad de Míchigan), citada por la DW, la firma química sugiere que el cometa pudo haberse originado antes incluso de que se formara la estrella de su sistema natal, en una región donde las condiciones permitieron preservar ese frío extremo.
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Un sistema natal más “solitario” que el del Sol
La interpretación propuesta introduce un matiz cosmológico: no solo importa la temperatura, sino también el vecindario estelar. Paneque-Carreño plantea que el Sol, durante su gestación, probablemente estuvo rodeado de otras estrellas recién formadas, lo que habría aportado más calentamiento al entorno.
En cambio, la estrella de la que provino 3I/ATLAS podría haberse formado en un contexto más aislado, con menor aporte térmico y, por lo tanto, con condiciones capaces de producir y conservar una relación deuterio/agua tan alta.
Ese razonamiento no identifica un punto exacto en el mapa galáctico, pero estrecha el tipo de región plausible: un rincón frío, remoto y poco influido por la radiación y el calor de vecinos estelares.
Tamaño incierto, velocidad precisa y un adiós sin retorno
Aun con el avance químico, el lugar exacto de origen del cometa sigue sin resolverse.
Sí hay, en cambio, datos observacionales sobre su físico y su dinámica. De acuerdo con la DW, el telescopio espacial Hubble estimó que el núcleo de 3I/ATLAS mide entre 440 metros y 5,6 kilómetros, un rango amplio que refleja las dificultades de medir con precisión cuerpos pequeños y activos a grandes distancias.
En cuanto al movimiento, el cometa se aleja a unos 220.000 kilómetros por hora, una velocidad consistente con su condición de intruso interestelar: no está ligado gravitacionalmente al Sol y su trayectoria lo conduce fuera del sistema.
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Paneque-Carreño enmarcó el trabajo como un intento de armar un rompecabezas: conectar estas “piezas” —composición, trayectoria, tamaño— permitiría reconstruir cómo eran las condiciones de formación planetaria en épocas muy tempranas, según declaró en un correo citado por la DW.
Un club todavía exclusivo: ‘Oumuamua, Borisov y ahora 3I/ATLAS
El paso de 3I/ATLAS se suma a una lista brevísima. El primer objeto interestelar detectado fue ‘Oumuamua, hallado en 2017 por un telescopio en Hawái. El segundo fue el cometa 2I/Borisov, observado en 2019 y nombrado en honor al astrónomo aficionado de Crimea que lo avistó primero, siempre según el recuento difundido por la DW.
Con 3I/ATLAS, la astronomía suma no solo un nuevo caso, sino una oportunidad de comparar “huellas” químicas entre visitantes de otros sistemas estelares y, con ellas, mejorar las hipótesis sobre los entornos donde se formaron.
Fuente: Deutsche Welle
