Para Alfaro, el liderazgo de Gustavo Gómez trasciende lo futbolístico y se convierte en un símbolo de perseverancia. “Gustavo es un ejemplo muy grande. Nuestro capitán tiene un compromiso muy grande; tanto él como los muchachos más grandes de la selección son los que tuvieron que atravesar los momentos más difíciles, los momentos de las frustraciones, del dolor y de la postergación. Ese momento donde a todos nos ponen en duda, donde dudan de nuestra capacidad”, reflexionó el DT.
El entrenador recordó sus primeros días al frente del equipo y la firme postura que tomó respecto a nombres cuestionados por la opinión pública: “Cuando llegué, una de las preguntas que me hicieron en la primera conferencia de prensa fue por qué seguía citando a Gustavo Gómez y a Miguel Almirón. Si yo tuviese una billetera gorda, si fuese un técnico de un equipo, a los dos los elijo siempre para mi equipo, porque les había tocado estar asociados a los momentos más duros. Sin embargo, nunca dejaron de poner la cara, nunca dejaron de poner el pecho, nunca dejaron de decirle que sí a la selección, cuando lo más simple es bajarse y quedarse en un costado para que el descrédito lo sufrieran otros. Ellos siempre ponían la cara y el pecho porque soñaban con jugar un Mundial”.
El argentino subrayó que el valor de estos jugadores reside en sus “cicatrices”, las cuales hoy sirven de guía para las nuevas generaciones: “Cuando uno lo consigue y ve la cantidad de cicatrices y de golpes que tienen, es donde esas marcas los reivindican. Gustavo tiene el compromiso de dejar un legado, porque él no solo trata de ser el mejor defensor, de ser eficaz y de marcar una pauta y un camino, sino fundamentalmente de mostrarle a los chicos jóvenes cuál es el compromiso y el sentimiento que se debe tener cuando se viste la camiseta de un país. Es, en definitiva, lo que uno desea como entrenador: tener jugadores que enarbolen esa bandera y que tengan ese nivel de compromiso. Eso es lo que tiene Gustavo”.
La mística de “una sola mesa”
Más allá de los nombres propios, el técnico reveló uno de los secretos de la cohesión interna del grupo: la eliminación de las barreras generacionales y de afinidad durante la convivencia. Para Alfaro, la unidad se construye en los detalles cotidianos. “A mí, en la mesa de concentración, me gusta tener una sola mesa. Porque si tenés varias mesas, por afinidad, por edad o por geografía, se van juntando grupos; cuando tenés una sola mesa, es un solo equipo. Cuando ves que los jóvenes están con los grandes, interactuando y transmitiendo un montón de cosas más allá de que sus realidades sean diferentes, el hecho de estar juntos, de convivir y de congeniar en un mismo objetivo es algo que marca la diferencia”, explicó.
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Como cierre, compartió una anécdota que ilustra la complicidad y el afecto que reina entre los futbolistas, sin importar el club de origen o la edad: “El otro día estaba en el entrenamiento de Cerro con Gustavo Velázquez y me pregunta por Julito Enciso. Entonces le digo: ‘Ahí le voy a escribir, le vamos a decir que lo estuvimos matando’. Hablamos maravillas de Julito, pero le escribí: ‘Julito, recién vengo del entrenamiento de Cerro, estuve con el Kururu, te estuvimos destrozando’. Él me dice: ‘¿Cómo puede ser, Gustavo? ¡Si él te quiere!’. Después se mandaban mensajes entre ellos y eso es lo lindo: la magia y el poder que tiene la camiseta de una selección, que te pone sin distancias donde existen las distancias, y sin diferencia de edades donde existen las diferencias de edades”.
