La eliminación de la selección paraguaya a manos de Francia caló hondo, no solo en la hinchada, sino en las entrañas de un plantel que se vació por completo. En la conferencia de prensa posterior al encuentro, lejos de los fríos análisis tácticos y los casetes habituales, Gustavo Alfaro desnudó su alma.Al ser consultado sobre el emotivo momento en el que, tras el pitazo final, entró a la cancha para abrazar a cada uno de sus dirigidos, el entrenador argentino dejó de lado el libreto y regaló una de las postales más humanas y viscerales de este torneo.
Para Alfaro, el fútbol hiperprofesional muchas veces peca de insensible. Sin embargo, lo que se vivió tras la derrota fue una catarsis colectiva de frustración y orgullo. “Momento muy fuerte, lo mismo lo que vimos en el vestuario: llorando todos, muy humano. A veces este es un ámbito recontra, hiper, super profesional. Da la sensación que uno no puede permitirse las emociones, que no puede darle lugar a las emociones. Veníamos recién con Fer, porque estaba viendo a mi familia ahí en la cancha, y cuando antes de salir me paré y miré al estadio, me quedé parado mirando el estadio todo completo, y le dije a Fer (Jefe de prensa): «Qué feo es tener que irme, qué feo es tener que irnos, cuánto duele, cómo duele»”.
El estratega no escatimó en elogios para un grupo de jugadores que, según sus palabras, le abrieron los brazos y lo hicieron sentir en casa, comparando el lazo con la Albirroja con el reencuentro anual con sus hermanos en Rafaela o los viajes transatlánticos para ver a sus hijas y su nieta. “A los jugadores les dije gracias, les dije gracias por el sacrificio que hicieron, por la dedicación, por el compromiso, por el orgullo que tienen, porque me hicieron sentir como parte de mi familia. Como cuando me voy a Rafaela una vez por año para ver a mis hermanos, que no los puedo ver, y llego ahí, y cuando vos llegás ahí te abren las puertas y te dan el sentimiento de saber que no hay nada más; que no podés verlos, pero que siempre estás con ellos. O cuando tengo que cruzar un océano para ir a ver a una hija mía, o el otro para ir a ver a otra hija mía o a mi nieta, y tenés esa sensación de las puertas de la familia abiertas; eso es lo que yo sentí cada vez que llegaba a Paraguay. La selección me hizo sentir mi familia en Paraguay, fue mi familia en Paraguay, es mi familia en Paraguay”.
El argentino reflexionó también sobre la crudeza de las eliminaciones en las citas mundialistas, donde el esfuerzo de meses o años se desvanece en apenas 90 minutos. “Y la verdad que eso se los agradecí: gracias por la cantidad de cosas que nos dieron, por la cantidad de cosas que me enseñaron, por el orgullo que tuvieron, por la dignidad y por esa hombría de bien, de saber que nos duele perder, que lloramos, que nos duele, que no sé si vamos a tener otra revancha algún día en cuanto a esto, pero que el fútbol tiene estos costados ingratos donde el fútbol te echa, te despide, y de un momento para otro se te evapora todo. Por eso uno decía de tratar de aprovechar en su máxima dimensión lo que es el Mundial, porque el Mundial es único”.
A pesar de la tristeza del adiós, Alfaro cerró su intervención con un mensaje cargado de esperanza para el balompié guaraní. Para el técnico, este no es el final del camino, sino la base sobre la cual construir el Paraguay del mañana. “Y ojalá que Paraguay, como le decía a los chicos, esa llama que ellos supieron encender perdure para siempre, porque mientras esa llama esté viva, yo creo que sobre esas cosas hay que seguir construyendo para que Paraguay en esa dirección, en ese rumbo, con esa impronta, con el desafío de querer nivelarse para arriba, de querer mejorar, no tengo ninguna duda que le esperan cosas importantes y le esperan cosas grandes”.

