El resultado final no fue el que soñaban, pero el camino recorrido merece un reconocimiento que va mucho más allá de una posición en el podio.
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La selección paraguaya masculina Sub 15 concluyó su participación en el Mundial y Festival FIFA de Azerbaiyán 2026 entre los cuatro mejores equipos del certamen, después de una aventura deportiva que dejó victorias, emociones, carácter y, sobre todo, una enorme señal de esperanza para el futuro del fútbol paraguayo.
La Albirroja no pudo cerrar su histórica participación con una victoria. En el encuentro por el tercer puesto, cayó por 6-2 ante Grecia, en un partido que comenzó con buenas sensaciones para los dirigidos por Wilfrido Bazán. Paraguay golpeó primero y alimentó la ilusión de despedirse con una conquista, pero el conjunto europeo reaccionó rápidamente, tomó el protagonismo y terminó imponiendo su contundencia para quedarse con el triunfo.
Los goles paraguayos llegaron por intermedio de Alejandro Encina, el máximo artillero del seleccionado, y Bruno Escobar, ambos en la segunda etapa. La derrota dejó un sabor amargo por la posibilidad de alcanzar el podio, aunque no debe opacar una actuación que posicionó a los juveniles guaraníes entre los protagonistas de una experiencia internacional de enorme dimensión.
El entrenador Wilfrido Bazán terminó satisfecho con el rendimiento de sus futbolistas. Aunque el objetivo era conseguir la victoria y despedirse con una alegría, el conductor valoró especialmente la manera en que sus dirigidos afrontaron el desafío, compitieron y representaron al país durante toda la competencia.
Un recorrido de carácter y personalidad
Para comprender la dimensión de esta campaña hay que mirar mucho más allá del último resultado. Paraguay tuvo que abrirse camino en un torneo que reunió a nada menos que 189 selecciones, una cifra que refleja la magnitud de la primera edición del Mundial y Festival FIFA Sub 15.
La Albirroja respondió desde el comienzo. En la fase de grupos construyó una trayectoria convincente, con cuatro victorias en igual cantidad de presentaciones. Debutó con un triunfo por 4-1 ante Seychelles, continuó con una goleada de 8-0 frente a Tahití, superó 3-1 a Gibraltar y cerró esa etapa con un trabajado 3-2 ante Bolivia.
Cuatro partidos, cuatro victorias y una clasificación que alimentó la confianza de un equipo que comenzaba a demostrar que tenía argumentos para competir contra cualquier adversario.
Sin embargo, el verdadero examen llegaría en las instancias eliminatorias, donde cada partido adquiría una dimensión diferente y cualquier error podía significar el final del sueño mundialista.
En los dieciseisavos de final, Paraguay mostró autoridad para superar por 4-0 a Chipre. Luego llegó el compromiso de octavos ante Marruecos, una prueba exigente que los juveniles paraguayos resolvieron con un ajustado 1-0, demostrando que también sabían sufrir, defender una ventaja y encontrar la manera de avanzar.
El boleto a las semifinales se definió en una verdadera batalla futbolística frente a Ghana. Después de un intenso empate 2-2, la Albirroja sostuvo sus aspiraciones en la definición por penales y se impuso por 7-6. Fue una clasificación cargada de dramatismo, de esas que quedan grabadas en la memoria de los protagonistas y fortalecen el espíritu de un equipo.
Así, Paraguay se instaló entre los cuatro mejores de un campeonato de alcance mundial. Un logro que no llegó por casualidad, sino como consecuencia de una campaña de siete victorias, una igualdad en tiempo reglamentario y una derrota, además de una notable capacidad de respuesta en los momentos de mayor presión.
Una derrota no borra una gran historia
La caída ante Grecia impidió que el seleccionado nacional regresara con una medalla, pero no puede convertir en frustración una experiencia que merece ser valorada en su justa dimensión. Estos jóvenes futbolistas tuvieron la oportunidad de representar al país en un escenario internacional, enfrentarse a diferentes escuelas futbolísticas y demostrar que el talento paraguayo también puede hacerse sentir en las categorías formativas.
Alejandro Encina y Bruno Escobar encontraron el camino del gol en la despedida, mientras que el resto del plantel aportó su esfuerzo para construir una campaña que quedará como una referencia para las próximas generaciones.
El cuarto puesto es el registro final de la clasificación, pero la historia de esta Albirroja Sub 15 tiene otros valores: la ilusión de los primeros partidos, la contundencia en la fase de grupos, la madurez en los cruces eliminatorios, el sufrimiento ante Ghana y la satisfacción de haber llegado hasta las últimas jornadas de una competencia mundial.
El fútbol formativo necesita precisamente estas experiencias: competir, medirse, aprender, crecer y entender que el camino hacia los grandes escenarios comienza mucho antes de llegar a la categoría absoluta.
Los chicos de Wilfrido Bazán no levantaron el trofeo ni pudieron subir al podio, pero dejaron una huella en Azerbaiyán. Entre 189 selecciones, Paraguay se metió en el grupo de los cuatro mejores. Y aunque el último partido terminó con lágrimas y frustración, el balance invita a mirar hacia adelante.
Porque el resultado de una final o de un partido por el tercer puesto puede definir una ubicación, pero no alcanza para medir el valor de una generación. Esta Albirroja regresará con una derrota, sí, pero también con una experiencia enorme y el orgullo de haber llevado al fútbol paraguayo hasta las puertas del podio mundial.
