“Franja de Gaza” es el nombre que este barrio ubicado en la favela de Varginha, en el norte de la ’cidade maravilhosa’, heredó de los tiempos de guerra entre facciones criminales.
La pacificación, que incluyó la instalación de unidades policiales para dar caza a los narcotraficantes, pasó por ahí, así como el papa Francisco en junio pasado, en su visita a Brasil.
Pero en la tarde del pasado jueves, puestos de la Unidad de Policía Pacificadora (UPP) han sido atacados e incendiados. Alrededor hay pobreza, una vida difícil y una cancha de fútbol, rodeada de casitas de ladrillos a la vista y con vestuarios tan vetustos como estrechos.
Sobre esta cancha donde la hierba disputa terreno con la arena, niños y adolescentes del barrio juegan fútbol todos los martes y jueves bajo el ojo atento del glorioso Jairzinho (69 años), que abrió hace tres años su “Fábrica de talentos del Huracán del ’70”.
“Huracán”, apodado así porque anotó en cada partido de su equipo en el Mundial-1970, llega en un bello coche desde los barrios elegantes de la zona sur de Rio donde reside.
“Hace ya más de 20 años que trato de devolver todo lo que recibí gracias al fútbol y más particularmente a los desfavorecidos”, cuenta el entrenador a la AFP.
“Trato de salvar vidas. Estamos aquí en una favela, con una población maltratada por nuestros gobernantes poderosos. Se interesan por la pobreza solamente para obtener los votos. Pero aparte de esto, la pobreza persiste”, añade.
La secretaría de Deportes del estado de Rio “colabora” con la ’Fábrica’, como lo menciona Jairzinho a la AFP, sin precisar sobre eventuales subvenciones. Dos empresas ofrecen un apoyo financiero, pero la estructura busca también a otros socios.
“Tuvimos un contacto con el Real Madrid, pero no se finalizó”, comenta Jorge Eiras, hombre de confianza de Jairzinho y antiguo jugador de polo acuático en Botafogo, donde jugaba también el futbolista.
Son 285 niños los que van a jugar fútbol, detalla Eiras. “Aquí hay un gran problema de crack, aunque haya mejorado un poco”, subraya, asegurando que el problema siguen siendo los hombres que comercializan droga en las esquinas.
Los jugadores persiguen el balón bajo un sol despiadado. Su prestigioso entrenador, con una barriga prominente y sudando la gota gorda, apenas necesita silbar ya que el partido se juega en un espíritu tranquilo, marcado por la técnica característica de Brasil.
El agente sueco Jan Olsson, también antiguo jugador del Mundial-1970 y conocido de Jairzinho, vino para observar a Fernando da Cunha Custodios, que destaca por su talento.
“Vine a Brasil hace un año para jugar al fútbol y formarme”, cuenta este angoleño de 16 años que sueña con ser profesional. “Vi videos de Jairzinho. Ser entrenado por un campeón del mundo, que formó parte de la mejor selección brasileña de todos los tiempos, es un honor inmenso. Es un gran educador, nos enseña con delicadeza y paciencia”, relata.
Dos o tres jugadores al año pasan a pequeños clubes, vía de acceso hacia el profesionalismo, según Jairzinho. “Pero el objetivo primero es formar al hombre, mostrarle cómo servir a la sociedad a través del respeto, el comportamiento, para ayudar a Río de Janeiro a ser más fuerte en una cultura orientada hacia la civilización”, completa.
Poco después el juego termina. El “Huracán” da un respiro y los jugadores se pierden en las callejuelas de la favela.
