La liga aguanta por ahora, pero su supervivencia a partir de 2027 depende de que puedan surgir inversores que asuman su gasto multimillonario y de que sus estrellas decidan seguir militando en ella.
El fondo inversor del régimen saudí decidió crear en 2022 un circuito revolucionario de golf para competir con el PGA Tour y el DP World Tour. Desde entonces, ha inyectado algo más de 5.000 millones de dólares (unos 4.250 millones de euros), por lo que al cerrar el grifo, deja a LIV herido de gravedad.
El PIF ha justificado su repliegue en que hay un nuevo contexto económico y geopolítico motivado por la guerra entre Estados Unidos e Irán que obliga a reorientar las prioridades de gasto.
El CEO de la liga, Scott O’Neil, está decidido a intentar encontrar nuevas fuentes de financiación para salvar el proyecto. Está convencido de que LIV se ha hecho un hueco en el tablero mundial del golf y su original formato, que incluye una competición por equipos, puede atraer nuevos inversores.
Con el fin de reflotar el barco, se han incorporado a la cúpula Gene Davis y Jon Zinman, dos expertos en reestructurar compañías que están en riesgo.
LIV irrumpió a base de contratos multimillonarios para atraer estrellas y jóvenes talentos y de suculentas bolsas de premios sustentados por la chequera del PIF. Para este curso, cada torneo reparte 30 millones de dólares (unos 25 millones de euros).
A finales del pasado año, las pérdidas acumuladas se cifraban en 1.460 millones de dólares (unos 1.240 millones de euros) y era el PIF el encargado de amortiguarlas. Acabados los petrodólares, parece complicado mantener el nivel de gasto, a pesar del convencimiento de O’Neil de que la liga puede ser sostenible a medio plazo.
El calendario de LIV arrancó en febrero en Riad, con trece pruebas y una final por equipos como colofón en Michigan (EE.UU.) a finales de agosto. Sin embargo, el torneo de Nueva Orleans, fijado inicialmente para el 25 y 28 de junio, se ha aplazado sin fecha, lo que deja coja la temporada a expensas de que el resto de pruebas no sufra alteraciones.
Para el año que viene, ha confirmado la fecha de cinco pruebas a expensas de aclararse su futuro.
Con el circuito maltrecho, es previsible que haya jugadores que se replanteen su continuidad. Las miradas están puestas en el estadounidense Bryson DeChambeau, uno de los golfistas más mediáticos a nivel mundial, que acaba contrato este año y cuya salida supondría otro revés considerable.
En el caso del español Jon Rahm, el otro pilar de la liga, tiene contrato hasta 2028, pero a principios de curso se mostró ambiguo sobre su futuro. “Este año quiero seguir jugando en LIV y ya veremos qué pasa en el futuro”, apuntó.
Los golfistas que salieron del PGA Tour para incorporarse a LIV, como Rahm, DeChambeau, Joaquín Niemann, Cameron Smith o Sergio García, deberían cumplir un año de sanción para volver al circuito estadounidense.
El PGA Tour ofreció un plan de retorno el pasado mes de febrero, como el que aceptó Brooks Koepka, pero Rahm, DeChambeau y Smith lo rechazaron, aunque su CEO, Brian Rolapp, parece dispuesto a ser flexible.
Hasta el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha terciado en la crisis de LIV para animar al PGA Tour a absorber a sus estrellas: “Todos los grandes golfistas deberían estar compitiendo entre ellos".
Los que ya tienen tarjeta del DP World Tour, como el español David Puig, el belga Thomas Detry o el inglés Tyrrell Hatton, tendrían más fácil la rehabilitación, mientras que los que no son miembros, deberían esperar a que el circuito europeo les hiciera una oferta de incorporación.
Otros con menos caché podrían encontrar refugio en el circuito asiático, mientras que veteranos como Phil Mickelson, Bubba Watson o Lee Westwood apuntarían a la retirada.
La ruptura que provocó la liga saudí motivó que sus grandes estrellas solo pudieran jugar con los mejores del mundo en los cuatro ‘majors’.
Si no sobrevive, se recompondría el tablero y los dos circuitos tradicionales recuperarían toda la hegemonía, con el PGA Tour como referencia principal y el europeo, como secundario.
