Uno de los pasajes que describe magistralmente Borja Loma es cómo se inició Hitler en la política. Parecería una anécdota más si no fuera porque determinó un nuevo rumbo en la historia del mundo y de la humanidad.
Borja narra que luego de la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, muy dolorosa para él en particular, Hitler fue desmovilizado y pasó a ser un civil más. En condición de tal comenzó a deambular por las tabernas de Múnich, realizando retratos para ganarse unas monedas, y participando en debates políticos de toda índole. Pero la inteligencia militar alemana ya le conocía. Fue reclutado muy poco después para que obtuviera información de comunistas e independentistas bávaros y se la pasara al ejército. En una de sus tareas de espía y delator (pyrague, en nuestra concepción idiomática autóctona), Hitler tuvo que acudir a una reunión del Partido Obrero Alemán (POA), un grupúsculo favorable a la secesión de Baviera; es decir, a la creación de un estado independiente de Alemania. El antiguo cabo se sentó en una mesa de la cervecería “Das Alte Roseband”, en Herrnstrasse (calle Herrn) –dice Borja–, con una libreta de apuntes y comenzó a anotar lo que oía. Hitler, repentinamente, fue atacado por un impulso incontenible.
