Robespierre, de ser demócrata al terror

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Robespierre, líder de la Revolución Francesa, tuvo una vida corta pero intensa. Fue uno de los impulsores de la Declaración de los Derechos Humanos, pero al mismo tiempo el promotor de la era de terror luego de la toma de la Bastilla.

Nacido el 6 de mayo de 1758, en Arras, al norte de Francia, Robespierre fue una de las figuras determinantes en el movimiento que puso fin al reinado de la dinastía de los luises e implantó la república francesa. Descendiente de una familia de burgueses venida a menos, recibió no obstante una buena educación.

Estudió leyes y ejerció la abogacía con la decisión y honestidad que le eran características, gracias a las cuales ganó el prestigio que lo llevó a convertirse en protagonista de una etapa importante en la historia universal.

En 1789 resultó electo para representar a la ciudadanía en los Estados Generales, que se hallaban reunidos en Versalles por convocatoria del rey Luis XVI, con la finalidad de solicitar dinero que permitiera un desahogo a las finanzas del Estado, duramente golpeadas a causa de las cuantiosas deudas que arrastraba. Ya para entonces el descontento popular contra la corona era mayúsculo. Los gastos de la realeza crecían, siempre con cargo al pueblo que vivía en un empobrecimiento constante e ignominioso. El resultado: el Tercer Estado protestó contra la autoridad real y decidió redactar una Constitución e implantar la república como sistema de gobierno. El abogado Robespierre fue activo representante ante el Tercer Estado y contribuyó con sus conocimientos para enriquecer no solo el texto de la Constitución, sino también la Declaración de los Derechos Humanos.

Maximilien de Robespierre representaba a la facción de línea dura y su capacidad de liderazgo era indudable. Cuando se tomó la decisión de juzgar al rey Luis XVI, pidió se le aplicara la pena de muerte sin comparecer ante un tribunal. El monarca fue juzgado y guillotinado en 1793, y si para los moderados aquello había sido un exceso, los revolucionarios radicales iban por más todavía: querían la cabeza de todos aquellos que fueran en contra de la república.