Este es el penúltimo libro de la Colección Guerras y violencia política en el Paraguay, de ABC Color y la editorial El Lector.
Respecto a la obra preparada para mañana, Herib Caballero Campos dice en el prólogo que el autor logra reconstruir el ríspido contexto en el cual se encontraba el Paraguay en aquel verano de 1989, y en el cual había voces que anunciaban que algo sucedería, y efectivamente, en la noche del jueves 2 de febrero de 1989 las tropas del poderoso I Cuerpo de Ejército se dirigieron rumbo a la capital con el fin de arrestar al dictador.
El relato va reconstruyendo lo acaecido en aquella larga noche.
En la mañana del día 3, Stroessner presentó su renuncia al cargo de Presidente de la República, para el cual había sido reelegido en febrero de 1988.
El 3 de febrero de 1989 es una fecha que quedará marcada indeleblemente en la historia paraguaya, y Alcibiades González exhibe una magnífica descripción que permitirá a las nuevas generaciones comprender en su real magnitud los cambios que se sucedieron en el Paraguay a partir de dicha fecha.
Por su parte, Alcibiades recuerda en pasajes de su libro que en aquel 1989 el clima político y social se presentaba propicio para que se buscara un cambio desde las personalidades políticas y castrenses que no harían sino escuchar a una población cada vez más agobiada por el autoritarismo. Ya no había un solo Stroessner, sino varios, dice González Delvalle, dando a entender que el dictador ya había perdido el control de su entorno cada vez más violento y corrupto.
Alcibiades analiza a aquel viejo autócrata: el Stroessner original demostraba signos crecientes de agotamiento, de soledad, de desinterés por la cosa pública. La vejez y el cansancio hicieron acto de presencia. Se echó en manos de la “militancia” confiado en que había encontrado un cómodo y seguro refugio para terminar sus días en paz y en el poder.
Pero esa “militancia”, unida a una población indignada y a un aislamiento internacional creciente, hizo que connotados civiles e influyentes militares iniciasen la arriesgada tarea de la conspiración contra una dictadura que parecía indestructible. Así parecía porque se había logrado, a lo largo de más de tres décadas, tejer una sólida armadura conocida como la “unidad granítica” entre Gobierno, Fuerzas Armadas y Partido Colorado, que incluía la represión contra todo brote de protesta, la afiliación al Partido de empleados públicos y miembros de las fuerzas armadas y fuerzas policiales, además de una red infinita de delatores que actuaba en todas las capas sociales.
De aquí la arriesgada aventura de una conspiración. Pero esta siguió adelante desde sus inicios a mediados de 1988. Poco a poco se incorporaban los jefes militares con mando de tropas y civiles influyentes.
Alcibiades concluye que no eran muchos, dada la situación, pero se tenían mucha confianza.
Tras el triunfo de los golpistas, el viernes 3 de febrero el general de División Andrés Rodríguez prestó el juramento de rigor al hacerse cargo de los destinos nacionales. Fue en el Salón Independencia del Palacio de Gobierno. Afuera, una entusiasta multitud ovacionó su nombre.
