Nacido el miércoles 3 de mayo de 1972, Mauro Antonio Caballero López es hijo de don Ovidio, de San Pedro del Ycuamandyyú y doña Victorina, de Altos. Sus hermanos son Hugo, Marta, Derlis y Julio Alberto. Está casado con Carolina y sus hijos son Mauro Andrés (Maurito, futbolista profesional), Valeria, Matías y Marcos.
A los 15 años se fichó en el 24 de Junio de Tucanguá Cordillera, desde donde fue convocado a integrar la selección juvenil de Altos para el Interligas. Su elenco había quedado al margen de la competencia, por lo que fue como refuerzo de la Liga Itaugüeña, para luego potenciar a Capiateña, con cuya escuadra se consagró campeón del Nacional.
“Jugamos la final en el Defensores del Chaco contra Amambay, de preliminar a un partido de la categoría de Honor de Olimpia. Alicio Solalinde hizo la recomendación y luego el profesor Luis Cubilla se acercó para hablar conmigo”. Algo bueno estaba por llegar, el torneo de la UFI era el puente para saltar del modesto club alteño al más ganador de nuestro fútbol, Olimpia.
“Estuve un año en Infantil, con Éver Almeida como técnico. Fuimos campeones y fui goleador. Al año siguiente el profesor Roberto Perfumo me alzó a Primera”.
“Debuté en la Copa República en 1992 contra 12 de Agosto de Piribebuy. Ganamos uno a cero y me tocó la suerte de hacer un gol tras un gran pase de Carlos Guirland. Era algo soñado para mí porque me tocaba estar con grandes jugadores como Romerito, Raúl Amarilla, Adriano Samaniego, Mario Ramírez, Miguel Sanabria, por citarte a algunos”.
Todos lo conocemos a Mauro como centrodelantero y eximio definidor de jugadas. Pero su puesto original era otro. “Jugaba de extremo, bien abierto por izquierda. Cuando Cubilla volvió a tomar el plantel, me convocaba una hora antes de los entrenamientos y me empezaba a enseñar la ubicación, la forma de moverme, la manera de definir. La verdad que el profe me hizo jugador, porque me decía que era un desperdicio que juegue por los costados. Fue el profesional que me ubicó de 9, del que más aprendí, respetando a todos los profesores que tuve y de los que siempre saqué cosas positivas”.
Entre 1992 y 1998, Mauro conquistó con el Decano cinco títulos locales, más el trofeo de integración. “Cruz Azul me iba a comprar, pero el presidente, Osvaldo Domínguez Dibb, no aceptó la propuesta. Había cumplido mi contrato, hice el pedido a la Asociación Paraguaya de Fútbol y la liberación salió cuando estaba a punto de cerrarse el libro de pases. Cerro Porteño me hizo un ofrecimiento importante y me fui”.
Primó el profesionalismo, “porque a esa altura no tenía nada, en ese tiempo se ganaba muy poco. Hice una casa en Fernando de la Mora, donde vivimos hace más de 20 años y cumplí con mi objetivo de traerles a mis padres a vivir con nosotros”.
El pasar de un elenco ganador a otro. “Fue un impacto grande, que me generó una incertidumbre de cómo la gente me iba a recibir. Y la experiencia fue muy buena, metí goles, en esos seis meses salí campeón del Apertura y para el segundo semestre de 1999 fui a Tigres de México, donde estuve casi dos años. Ahí marqué la diferencia” en el aspecto económico.
“En 2001 volví a Cerro, llegamos hasta la semifinal de la Copa, salimos campeones y luego me lleva Libertad, cuando se iniciaba el gerenciamiento entre Cartes, Michelagnoli y Kiese. En este club también hice varios goles”.
La vuelta a casa. “Arreglamos nuestras diferencias con ODD para ese recuerdo imborrable de ganar la Libertadores 2002. Fue algo histórico para todos, mi familia, el olimpista. Algo anhelado para un deportista, el momento cumbre, el más importante de mi carrera”.
Un ciclo de ensueño, la disputa de la Intercontinental contra Real Madrid y la conquista de la Recopa 2003 contra San Lorenzo de Almagro.
Los otros elencos en los que estuvo son el Wilstermann de Bolivia, Nacional, Estudiantes de Mérida (Venezuela), Sol de América, hasta que se le cumplió el deseo de “volver a Olimpia para retirarme”, con todos los honores.
Ya colgado los botines, el “24” lo llamó para competir y aportar su experiencia. A esa altura su club ya había cambiado de Liga, pasando a la de Atyrá, en la que los de Tucanguá Cordillera también lograron consagrarse.
En época de atleta, Mauro estudió para entrenador y se recibió en la ENEF en el 2004. Tenía claro el panorama, porque condujo a su elenco del interior y en la actualidad es uno de los formadores del Olimpia. El coronavirus paralizó todo, pero tiene las ganas de seguir aportando sus conocimientos a los que se inician en la carrera.
Si bien a esta altura está plenamente identificado con la causa olimpista, pero la institución de la cual es hincha es Nacional (La Academia), influenciado por su padre. “Nos inculcó a quererle al tricolor, pero deportivamente me debo a Olimpia, me formó, preparó, todo lo que tengo se lo debo a este gran club”.
La diferencia entre un grande y otro de nuestro medio está en la cabeza, la conducción. “Vi cosas distintas en el plano dirigencial, una escuela totalmente diferente. En lo futbolístico me adapté rápido, pero en el aspecto de la conducción, ODD manejaba Olimpia prácticamente solo, mientras que en Cerro era todo más democrático como se dice”.
Siguiendo con las comparaciones. “Ahora el fútbol es demasiado comercial, se gana más de lo que se juega, es otra cosa”. Por más que los niveles salariales eran distintos con relación al presente, “no me quejo, tengo buen pasar, una familia estable, una buena posición económica. En la medida que gané, traté de invertir lo mejor que podía”.
Pero no todo fue color de rosas. En algún momento dado se encendían las pupilas del equino (hendy kavaju resa). “Claaro, muchas cosas sufrí. ‘Gradería guýpe ake’ (dormí bajo las graderías), muchas veces no comía. El fallecimiento de mi padre, en el 94, fue un golpe muy difícil para mí, y toda mi familia. Era el mayor, tenía que mantener a mis hermanos chicos, una cuestión sicológica muy fuerte de sobrellevar. La camada del 90 me ayudó mucho, en la forma de trabajo, me dieron contención, eran ganadores y me dieron la fuerza necesaria por ser el sostén”.
En el estudio, fue aplicado. “Era bueno, mejor alumno en algunas oportunidades. Iba a una institución de una compañía en Atyrá”, en la frontera con Altos. Para el recreo, “la torta que preparaba mamá y el famoso refresco en polvo con el que se hacía el jugo. Ponía en una botella y como la escuela está al borde de un arroyo, ataba el recipiente por un árbol y lo tiraba al agua. Cuando llegaba el receso venía corriendo para recoger mi botella para tomar el jugo bien fresco”.
Caballero considera que una cuenta pendiente de nuestro fútbol profesional es “la educación financiera a los jugadores”, principalmente a los recién iniciados.
“En mi carácter de formador, le digo a los jóvenes que deben creer en su capacidad, en sus condiciones, que deben apostar a la educación integral en este tema. Si uno juega nomás no tiene una orientación financiera, tampoco les sirve. Aquí nadie enseña eso, hasta que muchas veces no sabés qué hacer con la plata, se guarda o se derrocha. Del club mismo debe nacer esa idea para transmitir a los chicos. Con tantas tentaciones, el joven se desvía, porque la mayoría viene del interior, el desarraigo es grande, con un contrato gana tres, cuatro millones de guaraníes con 14, 15 años. Entonces, ya no querés entrenar, creés que sos un fenómeno y salís del foco”.
A nivel de selección, Mauro jugó la Copa América 1999, participó en las Eliminatorias para Francia 1998 y Corea/Japón 2002, además del privilegio de representar al país en los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992.
La gente lo recuerda como un excelente artillero, pero al éxito llegó mediante la cooperación de extraordinarios compañeros. “No puedo olvidarme de Luis Monzón que me hizo hacer muchos goles, ‘Paco’ Esteche también, Guido Alvarenga, un fenómeno, Guirland, que me dio la asistencia para mi primer gol”.
El fútbol. “Es una forma de vida, porque me dio todo lo que uno sueña desde chico. Siempre soñé con estar en clubes grandes, de ganar títulos a nivel local e internacional. Establecí el récord de ser el primer goleador histórico del fútbol paraguayo por mucho tiempo, soy el goleador histórico del Olimpia (91 conquistas). No seré un fenómeno, pero...”.
Al verle a Mauro, lo primero que uno se recuerda es el penal convertido en el estadio Pacaembú para definir la serie contra São Caetano, que le dio la tercera estrella de la Libertadores al máximo embajador de nuestro balompié. “A veces suelo ver, es algo fantástico, un momento increíble, porque la situación era complicada, perder en casa, perder el primer tiempo en Brasil. Revertir eso era difícil, pero se logró gracias al buen grupo”, comandado por Nery Alberto Pumpido.
Una anécdota. “Siempre me tocaba chutar el cuarto penal. Cuando me iba a tocar, Choco (Juan Carlos Franco) se me acerca y me dice ‘ejavýna nde achuta hagggggg~ua che’ (fallá para que pueda patear) y así ser el héroe”. La respuesta fue corporal, a cara de perro, con los dientes apretados. “Okapúta pe che corazón”, dijo con relación “a tanta presión que existía. Le miré al arquero y casi no vi al arco porque era enorme el tipo. ‘Aguevi’ (retrocedí) y lo que me interesaba era que se mueva la red nomás, no importaba la técnica, pateé con el corazón, el sentimiento”. Y esa definición quedará en el recuerdo del futbolero en general y el olimpista en particular.
