La vida después del fútbol

Campeón paraguayo con Sol de América y mundialista con la Albirroja en Francia 1998. Hugo Brizuela militó con suceso en Chile, Argentina, México y Ecuador. Un goleador que tuvo todo gracias al fútbol, pero el destino le deparó un rumbo inesperado, como un “efecto boomerang” . Después de recorrer el mundo y recoger el fruto de su esfuerzo, hoy vuelve a compartir techo con su madre, en su ciudad natal Pilar.

La vida después    del fútbol
La vida después del fútbolArchivo, ABC Color

La frase “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde” es aplicable a la mayoría de los casos de los deportistas, principalmente a los futbolistas, que quizás por falta de una orientación adecuada no le dan un destino correcto a sus ingresos y en el balance, luego de colgar los botines, terminan lamentándose por haber derrochado su dinero.

“Soy un tipo feliz, por dónde salí, adónde llegué, todo lo que hice y recorrí. Un afortunado, agradecido a la vida, estoy sano, no le debo a nadie y nadie me puede señalar con el dedo”, expresó Hugo Rolando Brizuela Benítez, nacido en Pilar el 8 de febrero de 1969. Sus padres son Ramón y Gregoria. Tiene tres hermanos, Rossana, Eliezer y Braulio. Se casó con María Alejandra y producto de esa unión vinieron al mundo Darío Hugo y Florencia Alejandra, quienes viven en Chile.

Un inconveniente familiar hizo que dejara todo y vuelva al país para de nuevo “tocar tambo” y vivir con su progenitora en la capital de Ñeembucú. Ya en nuestra tierra nació su tercer hijo, Enzo Valentino, lógicamente producto de otra relación. “Es difícil que pueda durar eternamente una relación con una persona y vine. Ella (su esposa), enseña en una universidad en Chile, están con mis hijos y yo aquí, con mamá”. El mal de amores. resumen de una etapa que por más bella que haya sido, no tuvo un desenlace feliz.

“Allá compre una casa, un departamento, tenía vehículo, pero dejé todo. Invertí en mi quinta, algo que no me salió bien, tuve otros negocios que tampoco me salieron bien”. Como se dice, las cosas malas llegan todas juntas.

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Su primer club fue el América de Pilar, fue seleccionado juvenil conformando un gran camada con Juan Marecos, quien vino a Libertad, Rolando Azás, Lorenzo Carlos Ojeda, quienes llegaron a Cerro Porteño, mientras que Hugo vino a Sol de América, donde debutó con 20 años en un partido por la Copa Libertadores contra Olimpia. “Antes a esa edad era difícil jugar en Primera”.

En 1991 fue campeón del fútbol paraguayo con Sol de América, de la mano del técnico Héctor Corte y un grupo conformado entre otros por Alejando Cano, J.J, Meza, Vicente Fariña, Alejandro Cano y Javier Estigarribia.

A nivel profesional solo militó en el Danzarín en nuestro medio. “Sol no era lo que es hoy, un club modelo. Para jugar en Montevideo la Copa Libertadores contra Nacional y Defensor Sporting, los titulares íbamos en avión y los suplentes, con la gente de la logística, viajaban en ómnibus. Los muchachos llegaban todos acalambrados; ahí ya se pueden imaginar lo que pasaba antes, era distinto, se ganaba poco”.

O’Higgins de Rancagua, Unión Española y Audax Italiano, sus elencos posteriores en tierras trasandinas. “Tuve como compañero a Carlitos Guirland, quien me hizo hacer muchos goles”, mediante sus asistencias. En 1998 militó en Argentinos Juniors y fue el segundo mayor goleador, detrás de Martín Palermo, de Boca Juniors.

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Universidad Católica de Santiago, Chacarita Juniors, Pachuca de México, con el que se consagró campeón, León de México, Barcelona de Guayaquil y de nuevo en Audax y O’Higgins, donde cerró su carrera.

Con la Albirroja tuvo un ciclo inolvidable. “Fuimos de gira a jugar la Copa Kirim, luego amistosos en Europa” y lo máximo fue haber llegado al Mundial de Francia, después de haber cooperado en la fase clasificatoria.

“Para mí fue lo máximo. José Luis Chilavert siempre decía que era el mejor grupo y hasta ahora suelo ver los compactos, más aún que ABC TV pasa la historia de nuestra selección en los mundiales. La gente siempre se recuerda del partido contra Francia, qué hubiera pasado si no entraba ese gol de oro. Capaz otra hubiese sido la historia si nos íbamos a los penales”, indicó Brizuela, quien había participado de la Copa América 1997 en Bolivia, que terminó siendo la base mundialista de nuestro seleccionado.

“Gabriel Macaya, el preparador físico de Cesare Maldini, había ido a verme a México, pero en un partido frente a Toluca sufrí la rotura de ligamentos y por eso no fui citado. Estuve a punto de ir a mi segundo Mundial, en Corea/Japón 2002”.

Dirigió a chicos en el O’Higgins y esta temporada tenía planes para formar a menores en su pueblo, pero la pandemia paró todo. “Estábamos proyectando un trabajo de formación en un club y nos cazó este coronavirus”.

Si bien tuvo un largo recorrido detrás de la pelota, sus ingresos no fueron significativos con relación a los deportistas actuales. “El que menos ganaba plata era el futbolista. Hay muchas cosas, se benefician el club, el que gerencia, el empresario y en nuestro tiempo no había tanto dinero en concepto de televisación, por ejemplo”.

Hugo comenzó jugando de lateral izquierdo y luego pasó a ser mediocampista, actuando de 10. “El abogado Luis Encina me hizo jugar de delantero, contra las estrellas de Cerro como Kiese, Tarciso, a estadio lleno”, en el Hércules Alliana.

La Copa República le trae muy buenos recuerdos, porque sirvió de plataforma para muchos jugadores surgidos en el Paraguay profundo. Ese torneo lo disputó con el América y el 1º de Mayo de Pilar. Antes del retiro definitivo, defendió los colores del 1º de Marzo hasta los 46 años, bajo la dirección técnica de Cristóbal Maldonado.

“Para llegar, hay que esforzarse. Nunca tuve un auto en Asunción, iba a Sol de América en la línea 38. Cuando salimos campeones todos compraban vehículos, algunos sin saber manejar, pero decidí guardar mi plata. Gracias a eso les llevé a mis padres a vivir a Chile, mis hermanos jugaron allí también. En todos los clubes que jugué rendí, era goleador, lastimosamente no se ganaba lo que se gana hoy, todo el mundo te lo va a decir eso”.

Paulo César Carpegiani, el ingeniero Manuel Pellegrini, extécnico de Real Madrid, son algunos de los orientadores que marcaron su camino. “En realidad de todos mis profesores aprendí, nunca tuve problemas con ellos. Depende cómo se toma las enseñanzas que te brindan nada más”.

En cuanto a la gastronomía y la alimentación, le baja “locro, poroto, fideo pokã-pokã, garrón, vori-vori y pescado si que aquí tenemos de todo y para todos los gustos”. En cuanto a líquido, “aquí cerveza, si en Paraguay hace calor. En Chile más vino, por el clima, el frío”. Y a la hora de la musicalización “depende dónde esté, me adapto, chamamé, polca”.

El cierre, con una adécdota, para darle el toque de humor a una historia que tiene sus bemoles. “Estábamos en Japón y el kinesiólogo era don Juan Carlos Pistilli. Íbamos a su pieza para los masajes y demás. Tenía ahí su camilla y su ultrasonido, que parecía bastante viejo y que tenía luces que se prendía, independientemente a que la máquina esté enchufada o no”.

Era el turno de “La Flecha”, Arístides Rojas. “Pistilli agarró su implemento de trabajo, que parecía un martillito y te pasaba por donde sentías alguna molestia. Se subió Arístides y le empezó a tratar su tobillo, pasaban los minutos y no le bajaba nunca la hinchazón”. Entonces, algunos muchachos y principalmente fisioterapeuta (un maestro en la recuperación, un adelantado para la época), empezaban a decir “mba’e pio la oikóva”, hasta que se desató la risa generalizada. El aparato estaba desenchufado, por lo que era imposible que la esmerada tarea tuviera el efecto esperado. Después de tanto sudar, había que repetir toda la sesión, ya con la conexión eléctrica chequeada.

vmiranda@abc.com.py

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