En América Latina y el Caribe hay una mayor cantidad de zonas marginales que en otras regiones en desarrollo.
Para mejorar las condiciones de vida, los gobiernos han emprendido grandes programas de renovación de zonas marginales que han mejorado la vida de cientos de miles de personas de bajos ingresos. Pero esa no es una forma eficiente de proporcionar vivienda básica a largo plazo, según “Un espacio para el desarrollo: los mercados de vivienda en América Latina y el Caribe”, la más reciente edición de la publicación insignia del BID.
Diferencia de costo
Estimaciones del BID muestran que la urbanización regular de terrenos puede tener un costo de hasta US$ 1.667, en tanto que el mejoramiento de barrios marginales, de características normales, para dotarlos de infraestructura puede alcanzar un costo de US$ 4.413, un trabajo que, en barrios marginales de alta complejidad, puede requerir hasta US$ 12.757.
Más allá de los altos costos, habitar en una vivienda precaria no es buena para la salud, sobre todo para la de los niños pequeños. Una vivienda precaria se puede convertir fácilmente en caldo de cultivo de enfermedades y angustias en vez de ser un nido de seguridad y comodidad, señala el BID.
En las ciudades de toda América Latina y el Caribe, millones de personas aún residen hacinadas en viviendas con pisos de tierra, sin servicios de saneamiento y/o recolección de basura.
El hacinamiento aumenta la posibilidad de que las enfermedades contagiosas se transmitan dentro del hogar cuando uno de sus miembros se enferma.
Los pisos de tierra agravan el problema, pues contribuyen a propagar enfermedades parasitarias. La falta de servicios de agua, electricidad y saneamiento dificulta y hace más costoso el proceso de obtener agua potable, preparar y almacenar los alimentos, etc.
