Paraguay liberado

Se suele llamar “zona liberada” a un lugar donde las cosas andan a la deriva, los delincuentes cometen sus fechorías sin temor a la ley y a las autoridades, o la gente actúa a su antojo por falta de presencia del Estado. Pero así como está funcionando nuestro país, donde se observan muchas de las anomalías mencionadas, ya podemos hablar de un “Paraguay liberado”. Si bien es posible que las transadas que se están haciendo en el marco del nefasto pacto abdo-cartista sean maquilladas para amoldarlas a las leyes, no por eso desaparece el tufo nauseabundo de que un grupo de políticos tránsfugas y autoridades pusilánimes está adecuando las circunstancias a las exigencias de una “unidad granítica” partidaria antes que a la satisfacción de las necesidades públicas y de las aspiraciones ciudadanas. Ahora, presumiblemente a instancias del expresidente Horacio Cartes, Rodolfo Friedmann dejó su escaño en la Cámara de Senadores y el presidente Mario Abdo Benítez le designó como ministro de Agricultura y Ganadería. Para el efecto se manipularon las instituciones, para satisfacer una exigencia que no responde al interés nacional.

Se suele llamar “zona liberada” a un lugar donde las cosas andan a la deriva, los delincuentes cometen sus fechorías sin temor a la ley y a las autoridades, o la gente actúa a su antojo por falta de presencia del Estado. Pero así como está funcionando nuestro país, donde se observan muchas de las anomalías mencionadas, ya podemos hablar de un “Paraguay liberado”. Si bien es posible que las transadas que se están haciendo en el marco del nefasto pacto abdo-cartista sean maquilladas para amoldarlas a las leyes, no por eso desaparece el tufo nauseabundo de que un grupo de políticos tránsfugas y autoridades pusilánimes está adecuando las circunstancias a las exigencias de una “unidad granítica” partidaria antes que a la satisfacción de las necesidades públicas y de las aspiraciones ciudadanas.

El art. 238, inc. 5, de la Constitución dice que el presidente de la República tiene la facultad de “nombrar y remover por sí a los ministros del Poder Ejecutivo”, pero en el Paraguay de hoy, a todas luces, ella también es ejercida por el expresidente Horacio Cartes. Los acontecimientos que se suceden hacen presumir que le ordenó a Mario Abdo Benítez que le busque un lugar a Rodolfo Friedmann, para que abandone el escaño que ocupa en el Senado en su reemplazo, desde que una mayoría de senadores le impidió asumir la banca conseguida inconstitucionalmente. Pero todo sea por la “unidad granítica”, es decir, por devolver el favor recibido para frustrar el juicio político que impulsó la oposición por el tema de la nefasta Acta Bilateral.

Como si hiciera falta, el ahora ministro confirmó que la maniobra en curso fue impuesta por el cartismo. “Es así: pidieron mi cabeza. Les molestaban bastante mis posiciones”, dijo. Y el presidente Abdo Benítez se la ofreció en bandeja, demostrando que el interés público es mucho menos importante que la gratitud debida o, mejor dicho, la conveniencia de ceder a un chantaje para seguir formalmente en el cargo, aunque ello implique aparecer como un pelele. Sin mucho entusiasmo, sino más bien resignado, Friedmann señaló también que él no podía ser “objeto de inestabilidad del Gobierno” y que “si esto le va a servir al partido para la unidad, que así sea”. ¡Aunque el propio senador guaireño haya calificado ese pacto de “unidad cínica”!

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¿Qué más pruebas que estas palabras del senador vapuleado para constatar que un alto cargo público se “rifó” en aras de las ambiciones de poder de un mandón, con la complicidad de un presidente fantoche, sacrificando los intereses del país? Con toda razón están expresando su disconformidad dirigentes como los de la Asociación Rural del Paraguay (ARP) y la Coordinadora Agrícola del Paraguay. ¿Pero qué le importa esto a nuestro acomodaticio jefe del Poder Ejecutivo, si lo importante para él es dejar contentos a quienes lo salvaron del juicio político? Es admirable la franqueza que tuvo Friedmann al afirmar que el Gobierno tambalearía si él no fuera sacrificado. Como señalamos, aquí lo que menos interesa es el país. Se manipularon las instituciones –el Senado y un ministerio– para satisfacer una exigencia, quizá no exenta de rencor: el excartista Friedmann preside la inútil comisión bicameral que investiga las andanzas paraguayas del “hermano del alma” Darío Messer.

Pero en esta dolorosa farsa, ni el expresidente ni el lastimoso Friedmann son tan culpables como Abdo Benítez, al anteponer un mezquino interés personal por encima del bien público.

La degradación del Poder Ejecutivo es atribuible a quien lo ejerce, sometiéndose a directivas ajenas. Permite y quizá continuará permitiendo que la autoridad del presidente de la República sea de hecho usurpada en buena medida, ignorando su irrenunciable deber de cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes. Está obligado a preservar la dignidad del cargo que ejerce, sin aceptar imposición alguna. Pero, así como están ocurriendo las cosas, el Primer Mandatario transmite la sensación de que ya “tiró la toalla”, de que “declaró so’o” el Gobierno.

¿Cree que así mejora su imagen ante sus correligionarios? Pero ni los más fanáticos colorados le agradecerán haber contribuido a la “paz partidaria” tirando por la borda hasta su amor propio, aceptando órdenes de quien ni siquiera desea ser fotografiado con él, porque lo avergonzaría ante quienes perdieron sus puestos durante el actual Gobierno. En política no vale todo, como permitir que el Gobierno sea teledirigido, poniendo en ridículo a quien el pueblo encargó “dirigir la administración general del país”. De hecho, Abdo Benítez está desarrollando muy mal sus funciones, siendo de temer que, en adelante, aparezcan en escena otros chantajistas políticos con pretensiones diversas. No hay derecho a exponer la investidura presidencial a tales contingencias y es indecoroso ceder ante manifiestas órdenes que nada tienen que ver con el bienestar general ni con algún mandato normativo. Si no da un enérgico golpe de timón a su lamentable desempeño, todo indica que el actual Gobierno terminará con más pena que gloria.

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