Sin más excusas, combatir la desbordada delincuencia

La inseguridad que azota a la población está llegando a extremos inauditos, sin que ni el Ministerio del Interior ni la Policía Nacional (PN) –que de él depende– atinen a tomar medidas a corto plazo que al menos atenúen su alcance y su persistencia. Día y noche, en la ciudad y en el campo, la vida, la integridad física y los bienes de las personas están en manos de maleantes, individuales o agavillados, que actúan incluso a cara descubierta, confiando en que no serán repelidos o capturados por las fuerzas del orden. Nadie puede creerse a salvo de ellos, aunque tenga guardias privados y cámaras de vigilancia. Se observa un crecimiento cuantitativo y cualitativo de los hechos punibles, ante la notoria impotencia de los organismos de seguridad. Es muy cómodo reclamar más agentes, como si los delitos proliferaran solo por la falta de ellos o que los disponibles tuvieran destinos adecuados. Para combatir la delincuencia, es necesario sanear no solo la PN, sino también el sistema penitenciario. La inseguridad es cada vez más aguda, y para luchar contra ella, se necesitan también las armas de la honestidad, la dedicación y la inteligencia.

La inseguridad que azota a la población está llegando a extremos inauditos, sin que ni el Ministerio del Interior ni la Policía Nacional (PN) –que de él depende– atinen a tomar medidas a corto plazo que al menos atenúen su alcance y su persistencia. Día y noche, en la ciudad y en el campo, la vida, la integridad física y los bienes de las personas están en manos de maleantes, individuales o agavillados, que actúan incluso a cara descubierta, confiando en que no serán repelidos o capturados por las fuerzas del orden. Nadie puede creerse a salvo de ellos, aunque tenga guardias privados y cámaras de vigilancia. En los últimos tiempos, el notable aumento de su poder de fuego, su brutalidad y su audacia han convertido a los delincuentes tradicionales, como los “peajeros”, en meros aficionados. En otros términos, se observa un crecimiento cuantitativo y cualitativo de los hechos punibles, ante la notoria impotencia de la PN y del “órgano del Poder Ejecutivo encargado de la seguridad interna de la Nación”.

Es comprensible que hoy se destaquen las actividades de las organizaciones criminales brasileñas Primer Comando da Capital (PCC) y Comando Vermelho, poderosos en su propio país y que ya cuentan con numerosos “soldados” paraguayos. Algunos de estos ejemplares locales son también tan poderosos como los del país vecino, como el ahora famoso Jorge Teófilo Samudio (alias “Samura”). Tan grave es el accionar de estas bandas, dentro y fuera de las cárceles, que el Poder Ejecutivo presentará esta semana un proyecto de enmienda constitucional para que las Fuerzas Armadas participen en el combate a la mafia. En el haber de estas terribles organizaciones se pueden anotar la masacre de la cárcel de San Pedro y otros intentos menores en otros penales, incluyendo el de Tacumbú, así como el brutal rescate, con saldo de un jefe policial muerto, del mencionado “Samura”. También es atribuible al crimen organizado la balacera ocurrida en octubre de 2017, en el barrio Madame Lynch de nuestra capital, que ocasionó la muerte de un niño, hijo del delincuente objeto del atentado.

Sin embargo, el alarmante despliegue de la delincuencia transnacional no debe hacer olvidar que hay otra, igualmente sanguinaria, que también difunde la zozobra cotidiana, actuando por doquier. Es el caso de los motoasaltantes, o “motochorros”, o el de las bandas dedicadas a asaltar cajeros, como la que en los últimos días ocurrió en Capiatá, con el saldo de un guardia de seguridad muerto y un botín de 550 millones de guaraníes. También hace poco un asalto al Banco Visión en la localidad sampedrana de Liberación dejó dos muertos y un botín de 1.200 millones de guaraníes. Asimismo, los camiones transportadores de caudales son asaltados con frecuencia.

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La importancia que ha venido ganando esta delincuencia callejera se reflejó en el mensaje que el ministro del Interior, Juan Ernesto Villamayor, dirigió hace unos días a la desbordada PN. Le dio “una semana de plazo para los operativos que tienen relación con la contingencia”, expresando al mismo tiempo su especial descontento con el motorizado Grupo Lince. Aclaró que no exigía una “contención definitiva”, que sería imposible, pero al menos unos “resultados” que, se supone, deben ser positivos.

El ministro Villamayor sostuvo , en una ocasión anterior, que se necesitan 60.000 agentes policiales en vez de los 24.000 que existen ahora. Y bien, no todo depende de reforzar el plantel y mejorar la infraestructura policial, como pidió el 27 de agosto el hoy excomandante de la PN Walter Vázquez. El problema esencial sería la insuficiencia presupuestaria, opinión que el ministro hizo suya en el acto de toma de posesión del cargo del reemplazante, al quejarse de que las últimas compras de chalecos antibala datan de hace veinte años. Puede que convenga que la PN reciba más dinero, pero, sobre todo, debe ser depurada de los corruptos que la infectan y que están ligados a la delincuencia grande y pequeña, organizada o no. Villamayor llegó a admitir que la corrupción es allí “transversal”, de modo que servirá de poco o nada que se incrementen los recursos humanos y materiales mientras esa lacra continúe.

En el mismo sonado caso de “Samura”, es notoria la participación de efectivos de las propias fuerzas de seguridad, tanto en la fuga como en la protección del delincuente. Por lo que se sabe hasta ahora, un guardiacárcel informaba por teléfono a los criminales del camino que iba tomando la caravana que conducía a “Samura” desde el Palacio de Justicia a la cárcel de Emboscada. Asimismo, el citado narcotraficante también tenía varios documentos de identidad falsos, que se suelen obtener en el propio Departamento de Identificaciones de la Policía. Cabe pensar así que varios de los responsables de la muerte del mencionado jefe policial están en las propias fuerzas de seguridad.

La PN tiene una Dirección de Asuntos Internos que tiene mucho trabajo que hacer. Es muy cómodo eso de reclamar más agentes policiales, como si los delitos proliferaran solo por la falta de ellos o como si los disponibles tuvieran destinos adecuados: muchos fungen de guardaespaldas, incluso de particulares, como bien se sabe. Para combatir la delincuencia, es necesario sanear no solo la PN, sino también el sistema penitenciario, pues el índice de reincidencia es “elevadísimo”, según el ministro. La inseguridad es cada vez más aguda, y para combatirla, se necesitan también las armas de la honestidad, la dedicación y la inteligencia. No todo es cuestión de equipamiento ni de más personal.

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