Caacupé expresa las inquietudes y esperanzas de la gente

Cada 8 de diciembre y en las vísperas, centenas de miles de peregrinos llegan a Caacupé para venerar a la Virgen y escuchar las homilías que traducen las inquietudes y esperanzas de todo un pueblo, lamentablemente traicionado por la corrupción, la cobardía o la ineptitud de sus autoridades. Allí se habla de los grandes temas nacionales, sin el temor a incordiar a los que mandan ni el deseo de satisfacer a ciertos grupos de presión. Los prelados se deben a Dios y al prójimo, en particular a quienes habitan en nuestro suelo y se ganan el pan trabajando dentro de la ley y la decencia. Esa lucha diaria contra las adversidades requiere que los humildes sean defendidos por quienes tienen la capacidad moral e intelectual suficiente para interpelar a los poderosos. Es lo que hacen con fervor los sacerdotes de una Iglesia de reconocido “protagonismo en la formación histórica y cultural de la Nación”.

Cada 8 de diciembre y en las vísperas, centenas de miles de peregrinos llegan a Caacupé para venerar a la Virgen y escuchar las homilías que traducen las inquietudes y esperanzas de todo un pueblo, lamentablemente traicionado por la corrupción, la cobardía o la ineptitud de sus autoridades. Allí se habla de los grandes temas nacionales, sin el temor a incordiar a los que mandan ni el deseo de satisfacer a ciertos grupos de presión. Los prelados se deben a Dios y al prójimo, en particular a quienes habitan en nuestro suelo y se ganan el pan trabajando dentro de la ley y de la decencia. Esa lucha diaria contra las adversidades requiere que los humildes sean defendidos por quienes tienen la capacidad moral e intelectual suficiente para interpelar a los poderosos. Es lo que hacen con fervor los sacerdotes de una Iglesia de reconocido “protagonismo en la formación histórica y cultural de la Nación”, al decir de la Carta Magna. El novenario de este año no se ha apartado de esa loable costumbre, lo que significa que los aledaños de la Basílica siguen siendo el mayor escenario nacional para la religiosidad y la reflexión sobre temas que a todos atañen.

La serie de homilías empezó con la del obispo Gabriel Escobar, quien exhortó a fortalecer la democracia –debilitada por la desconfianza en la clase política– recogiendo las demandas sociales de inclusión, abogó por Presupuestos adecuados en salud y educación, y lamentó el “desinterés generalizado por la madre naturaleza”, recordando el “rollotráfico” y los incendios forestales. Hizo bien en concienciar sobre la cuestión ambiental en un país cada vez más deforestado y poluido. Por su parte, el obispo emérito Claudio Giménez censuró con tino la corrupción y la violencia reinantes, poniendo el acento en el feminicidio y en el “insostenible” narcotráfico. También enfatizó, con toda razón, que el mejor modo de luchar contra esos males es respetar “sí o sí” la Constitución y las leyes, que deben ser aplicadas con firmeza, a todos por igual, según afirmó. En efecto, el incumplimiento de las normas o su aplicación selectiva generan desigualdad e impunidad, de acuerdo al arbitrio de los que mandan.

El presbítero Blas Arévalo instó a la Justicia a que sea implacable con el narcotráfico, una actividad que sería impropia de los políticos, como señaló oportunamente. También fustigó la “ideología de género” y el aborto, en tanto que abogó por la preservación de las comunidades indígenas. De la situación de los nativos también se ocupó el obispo Lucio Alfert, quien precisamente estuvo acompañado por varios de ellos que rogaron a Dios que preserve los recursos naturales. El prelado deploró los atropellos a los pueblos originarios en tierras cada vez más devastadas, así como el incumplimiento de las leyes que los protegen. En verdad, si la deforestación en el Chaco persiste, con su tremendo impacto en el hábitat, es porque las normativas son letra muerta. El religioso también resumió el sueño de muchos al referirse a una “patria que viva en paz, con instituciones públicas eficaces, Poderes del Estado justos, representantes del pueblo (...) honorables, que defiendan la vida y toda riqueza ecológica”. A su turno, el obispo Pedro Collar distinguió con tino entre la política –“ciencia de aprendizaje que debería ayudar al ciudadano”– y la politiquería reinante, que solo busca el beneficio propio. También dijo que las cosas serían diferentes si la Constitución y las leyes tuvieran vigencia efectiva. El obispo Francisco Pistilli estimó que la Justicia ineficaz es un instrumento de corrupción y que la verdadera Justicia solo existe cuando hay personas justas. La injusticia también derivaría de los privilegios y la morosidad judicial, dos lacras que, con toda evidencia, sufre el país. Es bueno que haya recordado que la ideología totalitaria y el autoritarismo pragmático –aberraciones siempre acechantes– usan la fuerza para crear un orden de sumisión y no de convivencia.

Una homilía particularmente firme fue la del obispo emérito Mario Melanio Medina, quien calificó a los tres Poderes del Estado como una “oligarquía” integrada por personas muy adineradas, que roban o trafican con drogas. El más afectado sería el Legislativo, con “muy pocas, honrosas excepciones”. En vista de que no actúa como debe, el Judicial generaría impunidad, en tanto que al Jefe de Estado, a quien pidió proteger la soberanía y combatir la corrupción, le faltaría firmeza, según dijo. Como muchos ciudadanos, monseñor Medina está indignado por la desvergüenza no solo de la cúpula estatal, sino también de los gobernadores e intendentes, al sostener que el mal uso de los recursos del Fonacide implicaría “un robo al país y al futuro de los niños”.

PUBLICIDAD

El obispo Adalberto Martínez –presidente de la Conferencia Episcopal Paraguaya– se refirió a la inequidad social y pidió un diálogo entre el sector público y la sociedad civil, porque el descontento podría llevar a la violencia, como en otros países de la región. Impugnó, en especial, la concentración de la propiedad agraria y urgió una reforma en el marco de una política de desarrollo, que también proteja el ambiente. Desde luego, hay que intentar reducir la desigualdad, para lo cual no basta con redistribuir lo existente ni con entregar subsidios: también es preciso aumentar la productividad, dotando a los labriegos de tierras y de asistencia técnica, así como de acceso a rutas siempre transitables. El arzobispo de Asunción, monseñor Edmundo Valenzuela, centró su homilía en que la misión de los cristianos sería anunciar el Evangelio de Jesús a todos los pueblos, pero también lamentó “la corrupción global de nuestra sociedad, con sus valores que pretenden destruir al ser humano”, como el poder y el consumismo.

En fin, los prelados han vuelto a ocuparse de asuntos que nos conciernen a todos, como la injusticia, el incumplimiento de la ley, la destrucción del ambiente, las inquietudes de las comunidades indígenas, la corrupción rampante y la desigualdad social. No constituyen ninguna novedad. Su persistencia a través del tiempo evidencia que no han merecido la atención necesaria para ser eliminados o, al menos, mitigados. En fin, las homilías se han ocupado de unos dramas nacionales que deben ser enfrentados no solo por las autoridades, sino también por la ciudadanía en general, mediante la participación democrática.

PUBLICIDAD

Te puede interesar

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD