El 13 de diciembre, la ministerial Dirección de Vigilancia de la Salud reportó 3.639 nuevos casos de dengue, zika y chikunguña en todo el país. Actualmente, el 95% de los casos se concentra en el área metropolitana (Capital y Central). También alertó acerca de que la letal epidemia de fiebre amarilla que azota al Brasil podría cruzar la frontera, debido al mayor movimiento de personas con motivo de las fiestas de fin de año. Una de estas enfermedades, propagadas por el mosquito Aedes aegypti, llegó al Paraguay en la década de 1980 y a estas alturas ya se ha vuelto endémica. Como se sabe, se trata del dengue, que rebrota anualmente, con numerosas consecuencias fatales. Parece que ha elegido quedarse a vivir definitivamente en nuestro país, donde cada semana se notifican más de 640 casos probables. En los departamentos de Concepción, Cordillera, Paraguarí y Guairá se ha registrado un “aumento muy importante y rápido”, según el Dr. Guillermo Sequera, jefe de la dependencia mencionada.
Como no existe una vacuna contra el dengue, cada año se advierte a la población de la necesidad de que adopte medidas preventivas, siendo la más importante la de eliminar los criaderos del insecto transmisor. Claro que también conviene usar repelentes y mosquiteros, pero lo esencial es impedir la reproducción del mosquito. Para ello, es necesario limpiar las casas y los patios, así como evitar la acumulación de agua en recipientes o en otros objetos, como neumáticos abandonados. Nada de otro mundo. A estas alturas, la generalidad de los habitantes de este país ya debería estar enterada de la necesidad vital de impedir o eliminar los criaderos. Empero, se diría que las campañas de concienciación han caído en saco roto o que son muchas las potenciales víctimas del dengue que no toman en serio la amenaza o no pueden abandonar el hábito de convivir con la suciedad, es decir, de ignorar la higiene más elemental.
La lucha contra el dengue empieza en cada hogar, en defensa propia y también en defensa de los vecinos, ya que el mosquito no se detiene en su ámbito. Se trata de una cuestión de salud pública que nos concierne a todos y que no debe dejarse en las exclusivas manos del Ministerio competente. En este sentido, la triste experiencia enseña que la insensatez puede llegar al colmo de que se impida el ingreso de fumigadores del Senepa a los predios privados, para que hagan lo que sus dueños han dejado de hacer. Después ocurre que los contagiados acuden a un hospital público para constatar que faltan remedios y protestar en consecuencia, como si ellos mismos no hubieran sido en extremo negligentes, tanto en su propio perjuicio como en el de los demás.
Está mal fisgonear al vecino, pero cuando resulta evidente que tolera unas condiciones propicias para los criaderos, es legítimo que al menos se le llame la atención por poner en riesgo la vida ajena. También cabe hacer lo mismo con los dueños de terrenos baldíos convertidos en basurales, algo que no debería ocurrir al menos en Asunción, si la Municipalidad aplicara la Ordenanza N° 408/14. Allí se dispone que, en el curso de una campaña “contra toda posible epidemia”, los infractores deben ser emplazados a que retiren los residuos dentro de 48 horas, so pena de ser multados; su omisión implicará también que permiten a la Municipalidad limpiar el lote a costa de ellos. Sería muy útil que una normativa similar exista en todo el país y, sobre todo, que sea realmente aplicada, a diferencia de lo que pasa en la Capital. Aquí no se retira la basura en sitios tales como los bañados Norte y Sur, adonde no llegan los camiones recolectores por falta de calles, según los responsables municipales, de modo que el Aedes aegypti cuenta con un vasto caldo de cultivo. Los alrededores del Parque Caballero, que fueron usurpados por damnificados que se instalaron allí en forma definitiva, son verdaderos basurales. En Lambaré, que tiene equipos de recolección, no pueden realizarse los trabajos, según el citado Dr. Sequera, debido al “conflicto político” que condujo al pedido de intervención de la Municipalidad. Dado que la estupidez prevalece sobre la salud pública, allí ya habría “grandes brotes” de dengue, sin que al intendente ni a los ediles les preocupe mucho.
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La ordenanza asuncena antes referida también encarga a la Intendencia impulsar campañas para concienciar a la gente sobre el manejo integral de residuos sólidos. Parece que, además de los vecinos, también las autoridades locales deben ser ilustradas acerca de los peligros que acarrea la basura amontonada. Esa labor de esclarecimiento igualmente debe ser emprendida en las escuelas, de modo que los alumnos inculquen a sus padres ciertos hábitos que sirven para evitar contraer las enfermedades difundidas por el mosquito, sin que ellos supongan un costo económico.
Es increíble que cada año se repita la misma historia, como si la anterior epidemia no hubiera dejado ninguna enseñanza. Hasta ahora se ha experimentado la del dengue, pero ya se han registrado casos de zika y chikunguña, siendo de temer que ahora también la fiebre amarilla recale en nuestra tierra. Y todo por obra del mosquito cuyo criadero prolifera porque la población tolera las condiciones propicias para el efecto, sin olvidar tampoco que las municipalidades no hacen lo que deben. Pero no hay que cruzarse de brazos, esperando que los funcionarios solucionen cualquier problema, sobre todo en este caso, en el que la prevención depende de todos. Como la caridad, la salud empieza por casa.