Es tiempo de ser pragmáticos y de ayudar a la gente

Lo verdaderamente atípico de la pandemia del covid-19 es que no solamente presenta un enorme desafío en el campo sanitario, sino también un tremendo dilema en el campo económico. Y es que, hasta tanto estén disponibles vacunas y tratamientos efectivos y accesibles, la única manera de contener la propagación dentro de niveles manejables para los sistemas de salud es que la población se mantenga en el mayor grado posible de aislamiento social, lo cual, en contrapartida, genera serios perjuicios económicos al limitar severamente el trabajo y el consumo.

Si esto último es cierto para todo el mundo, lo es con mayor razón para un país como Paraguay, donde, por un lado, el 64 por ciento de los trabajadores ocupados obtiene sus ingresos en el sector informal, al margen de cualquier esquema de seguridad laboral y social (datos de la DGEEC). Y, por el otro lado, en el restante 36 por ciento predominan pequeñas y medianas empresas que no están en condiciones de soportar días, semanas, ni qué decir meses, con muy poco o nulo movimiento.

En pocas palabras, el covid-19 no permite trabajar, pero, en el Paraguay, la mayor parte de la fuerza laboral si no trabaja, no come.

Durante estas casi dos primeras semanas de aislamiento parcial la gente en general todavía ha podido mantenerse a flote de una manera u otra. Muchas empresas dieron vacaciones pendientes a sus trabajadores, muchos cuentapropistas compensaron menores ingresos con menores gastos, quien pudo echó mano a alguna pequeña reserva, quien más quien menos dejó de pagar sus cuentas y “bicicleteó” sus vencimientos. Pero ahora que la medida se prolonga y se endurece, el escenario que se plantea es completamente diferente. Inevitablemente habrá despidos y cesantías, se interrumpirá la cadena de pagos, se producirán quiebras y cierres de negocios, y a un gran porcentaje de los trabajadores y sus familias no les alcanzará para satisfacer sus necesidades más básicas.

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Frente a esta situación, toda teoría económica pasa a segundo plano, por la sencilla razón de que, lamentablemente, no son momentos de pensar en cómo podemos estar mejor, sino, literalmente, en cómo sobrevivir. Nos guste o no, habrá que olvidarse momentáneamente del déficit fiscal, del nivel de endeudamiento, de las normas de prudencia del sector financiero, de la inflación, e incluso de los infaltables avivados que vilmente aprovecharán las circunstancias para beneficiarse indebidamente. Necesariamente habrá que recurrir a un fuerte intervencionismo estatal con acciones extraordinarias para tiempos de paz y atender las necesidades y la salud de la población; ya habrá tiempo más adelante de volver a ocuparnos de la salud de la economía.

Es bueno resaltar, en medio de todo lo malo, que para ello el Paraguay tiene al menos tres ventajas. La primera es que es un productor neto de alimentos, con lo cual, si se ayuda a mantener viva la cadena de suministros, no tendría que haber demasiados problemas para abastecer a la ciudadanía con lo más primordial. La segunda es que, en términos macroeconómicos, a diferencia de otros de la región, nuestro país tiene todavía margen de maniobra para obtener los recursos necesarios para sobrellevar la contingencia. Y la tercera, que, aunque intangible, es sumamente importante, pareciera que existe un cierto consenso en la sociedad y sus dirigentes, se percibe una predisposición general a colaborar, a poner el hombro y a estirar el carro entre todos, dejando temporalmente de lado las diferencias y concentrándose en enfrentar la amenaza.

El Gobierno está trabajando de cerca con colaboradores externos y con distintos sectores políticos y económicos para diseñar un plan de emergencia viable. Se estima que tendrá un costo aproximado de entre 1.500 y 2.000 millones de dólares, que probablemente provendrán de las reservas internacionales activando una cláusula constitucional. El monto equivale al 3,5% a 4% del producto interno bruto (PIB), más o menos lo que han destinado otros países, para un período potencial de tres meses. Algunas medidas requieren nuevas leyes, que tienen que ser aprobadas de manera urgente.

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A grandes rasgos, la idea es que 600 millones de dólares sean para el Ministerio de Salud Pública y 250 millones de dólares para un programa de protección social de transferencias directas, ya sea en forma de kits de alimentos o de dinero por medios electrónicos; eso se está estudiando. El plan de protección social es el más complicado, porque se requiere mucha logística y mucho control, que no son precisamente los fuertes del sector público, pero, una vez más, no es momento de vacilar, sino de ayudar a la gente. Aparte, habrá una moratoria de tres meses en el pago de los aportes al Instituto de Previsión Social (que también ampliará sus pagos de reposos) y de los servicios públicos.

Hay un fuerte componente de alivio para las empresas y los cuentapropistas consistente en la postergación del pago de impuestos por tres meses, por un valor estimado de 500 millones de dólares; se eliminan los vencimientos de marzo a mayo y se refinancia el monto a 12 o 18 cuotas sin intereses.

Paralelamente, bancos y financieras, con incentivos del Banco Central, están otorgando un período de gracia de tres meses, a ser refinanciados al 9,9% en guaraníes a partir de agosto, en algunos casos. Otras entidades simplemente agregarán las tres cuotas al final del vencimiento de los préstamos, sin intereses extras.

También se prevé una capitalización de 60 millones de dólares para la Agencia Financiera de Desarrollo, el Crédito Agrícola de Habilitación y la Essap.

Estas medidas no tienen precedentes recientes y son considerables. Que sean suficientes o no dependerá de cómo se vaya desarrollando la crisis y cuánto tiempo dure. En cualquier caso, probablemente servirán para llevar un poco de respiro a las familias paraguayas.

Dicho esto, hay que estar muy conscientes de que no son gratis, costará pagarlas, y mucho. Con este panorama se está calculando que este ejercicio cerrará con un déficit del 5% del PIB. Si no queremos atravesar por las tristes experiencias de varios países de la región, será imperativo que, pasado el temporal, inmediatamente se establezca un cronograma para volver a una situación de equilibrio en dos o tres años.

Pero insistimos en que esta es una emergencia real y perentoria; dentro de muy poco tiempo mucha gente no tendrá nada para subsistir. Las prioridades ahora son la salud, la alimentación y el agua potable para la población, todo el resto es secundario.

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