Parece inminente la concreción de cambios en el gabinete del Poder Ejecutivo, lo que a pesar de la resistencia que mostró el Presidente de la República hasta ahora, es inevitable. Su gastada frase, y sobre la cual se hacen bromas en redes sociales, “caiga quien caiga”, nunca pasó de ser un speech de campaña, ya que a pesar de la gestión corrupta de varios funcionarios, como en el área de salud, o ineficiente como los responsables por el combate al lavado de dinero, Mario Abdo Benítez nunca tomó decisiones para sancionarlos o cambiarlos.
El último ejemplo fue la impunidad de los funcionarios del Ministerio de Salud que participaron del proceso desastroso de licitación de insumos médicos. En el sumario administrativo, lo más leve que puede hacerse en cuanto a la responsabilidad de los funcionarios, los encargados de aportar las pruebas de parte del Ministerio de Salud no lo hicieron. Es decir, no aportaron ningún elemento para que el juez sumariante los sancione. Estos sospechosos de tan grave daño a la sociedad fueron prácticamente premiados con dos meses de suspensión, luego de lo cual volverán campantemente a sus cómodas oficinas para seguir perjudicando al país en los procesos licitatorios, e incluso, tal vez sean ascendidos.
Uno de los cambios que se dio a conocer fue el del Ministerio de Relaciones Exteriores que está a cargo del ministro Federico González, hombre muy cercano al Presidente de la República desde el principio de su gobierno, y antes al expresidente Horacio Cartes. Esta es una cartera de Estado frecuentemente utilizada por la clase política para premiar a sus operadores familiares y cercanos, con embajadas, consulados y secretarías en el exterior del país. Muestra de ello es el proyecto de ley impulsado por la senadora Lilian Samaniego, según el cual, hasta el cincuenta por ciento de los cargos de cónsul podrán ser ocupados por personas que no forman parte del escalafón. Con ello se formalizaría la nefasta práctica impuesta por la politiquería, que hace tabla rasa de la capacidad profesional, que precisamente es una garantía para fortalecer la meritocracia, como uno de los pilares dentro de una sociedad democrática. Mientras no se tome en serio la política internacional, ubicando a profesionales idóneos en los cargos –no a seccionaleros, amigos, parientes, amantes–, el Paraguay no será respetado en el concierto de naciones, como hasta ahora, con las consecuencias negativas para el país.
Otro titular que aparentemente será cambiado será el de Itaipú, donde radica uno de los intereses más importantes que tiene nuestro país, ya que gran parte de los ingresos provienen de la venta de energía. Se espera que el Presidente mantenga la línea del actual director, Ernst Bergen, y no lo reemplace por alguien vinculado al sector político partidario, ya que ello será retroceder en todo sentido y habilitar nuevamente el empleo de recursos para beneficio y enriquecimiento de sanguijuelas.
La improvisación es algo que Abdo Benítez debe superar, así como su debilidad por sus amigos o leales que no tienen la aptitud para desempeñarse en el cargo. Debe entender que no se trata de administrar su estancia, sino el Estado paraguayo que es propiedad de todos.
La recuperación de la economía será una ardua tarea, por lo que el reemplazante del actual ministro de Hacienda, Benigno López, debe ser alguien serio y capaz de enfrentar el desafío de reintegrar a los cientos de miles de paraguayos que perdieron sus negocios e ingresos y no fueron asistidos debidamente por el Estado.
La educación necesita igualmente de oxígeno con un cambio de rumbo, distinto al que tiene actualmente con el ministro Eduardo Petta, quien a pesar de su honestidad, y aunque esto sea un valor importante, no alcanza para liderar una transformación educativa.
La Policía Nacional sigue siendo uno de los mayores problemas de la sociedad, totalmente corroída por la corrupción y sin un proyecto serio que augure su profesionalización. Los fracasos en la lucha contra la delincuencia, y ni qué decir contra la criminalidad organizada, son la constante.
Si el Presidente está decidido a realizar cambios, no debe ser solo un cambio de nombres, cambiar seis por media docena, es decir, cambiar para que nada cambie. Se necesita un equipo de hombres capaces, idóneos y patriotas, que tengan la idea clara de lo que el país necesita para salir de la mediocridad y ser una nación respetada por su seriedad y respeto a los valores democráticos. Basta de priorizar intereses mezquinos y de negocios con amigos, eso no es lo que se espera de un presidente, cuyo principal mandato es conducir la nación para lograr el bien común.