Somos la “vacuna”

Desde que el 7 de marzo del año pasado se confirmara oficialmente el primer caso de coronavirus en Paraguay, hemos pasado como sociedad por diversas etapas, que fueron del temor y la obediencia generalizada, al estupor ante las arremetidas de los corruptos, hasta llegar al descreimiento y al hartazgo. Son estados de ánimo comprensibles y esperables en un colectivo que atraviesa una dura crisis, en la que está en juego su bienestar, su economía, su salud física y su salud mental. Lo que no es posible aceptar es que ese hastío nos lleve a la desidia, al desinterés por nuestra propia salud y el cuidado de nuestro prójimo, especialmente de aquellos más vulnerables. El covid-19 no se esfuma y no desaparece por arte de magia solo porque dejemos de “creer” en él, ya que existe y se expande independientemente de nuestras creencias. Mientras esperamos ser inmunizados para enfrentarlo, la vacuna para frenar el virus somos nosotros y las actitudes comprometidas que asumamos.

Desde que el 7 de marzo del año pasado se confirmara oficialmente el primer caso de coronavirus en Paraguay, hemos pasado como sociedad por diversas etapas, que fueron del temor y la obediencia generalizada, al estupor ante las arremetidas de los corruptos, hasta llegar al descreimiento y al hartazgo. Son estados de ánimo comprensibles y esperables en un colectivo que atraviesa una dura crisis, en la que está en juego su bienestar, su economía, su salud física y su salud mental.

Lo que no es posible aceptar es que ese hastío nos lleve a la desidia, al desinterés por nuestra propia salud y el cuidado de nuestro prójimo, especialmente de aquellos más vulnerables. El covid-19 no se esfuma y no desaparece por arte de magia solo porque dejemos de “creer” en él, ya que existe y se expande independientemente de nuestras creencias. Es más, muchos de nosotros conocemos en persona a alguien que “no creía” o que minimizaba la enfermedad, hasta que contrajo el virus. Y si no las conocemos en persona, podemos remitirnos a casos de líderes mundiales como los presidentes de Estados Unidos, Donald Trump, y de Brasil, Jair Bolsonaro, que con actitud temeraria se oponían a medidas de cuidado básicas –como el uso de mascarillas– o consideraban a la enfermedad una cuestión menor, y luego terminaron hospitalizados.

En los más de 300 días de vigencia de diferentes modalidades de cuarentena, hemos aprendido mucho. Lastimosamente, ese aprendizaje le costó la vida a unos 2.500 paraguayos y la salud a otros 120.000 (un estudio de anticuerpos realizado en Ciudad del Este –que fue a mediados de año epicentro nacional de la pandemia– indica que el subregistro de casos es 10 por cada caso confirmado, así que este número podría ser multiplicado por diez). El escenario actual no es alentador, porque parece haberse llegado a un nivel de saturación y hartazgo que nos volvió indolentes, ajenos al dolor de quien sufre –mientras no nos toque a nosotros–, temerarios y hasta peligrosos para nosotros mismos y nuestras familias.

Diez meses después, muchos están cansados de lavarse las manos con asiduidad, de usar tapabocas –“bozal” lo llaman con ironía los teóricos de la “conspiración”– y más que nada de no llevar la vida social habitual de la era prepandémica, aunque eso pueda significar la diferencia entre la salud y la enfermedad, la vida y la muerte.

Según el doctor Roque Silva, director de la Undécima Región Sanitaria de Central, está claro que la gente ya no se cuida y participa de reuniones sin tomar las medidas de seguridad sanitaria que se recomiendan. Así, asegura “ni con 3.000 camas (en unidades de terapia intensiva)” se podrá vencer al covid. El médico habla de un relajo sostenido, que lleva ya dos meses.

En las fotos que publica la gente en sus propias redes sociales se puede comprobar ese relajo. Si bien están ya permitidas las reuniones sociales –con un número acotado de personas y con cierto límite horario– las imágenes que circulan revelan una gran inconsciencia, especialmente por parte de jóvenes y adultos jóvenes, que probablemente consideran que no están en particular riesgo en el caso de que contraigan la enfermedad. Esta actitud es de un egoísmo supino, ya que involucra ignorar deliberadamente que, aunque el efecto del covid pueda resultarles leve, pueden de igual manera ser portadores y transmisores de la enfermedad a personas en riesgo de terminar con graves secuelas, o incluso perder la vida. De ninguna manera estamos sugiriendo que no deberían disfrutar de su tiempo libre y de ocio celebrando la vida, en pocas palabras, que deben dejar de farrear. Solo decimos que deben hacerlo con responsabilidad, con mascarilla debidamente utilizada y cumpliendo con todos los requisitos que dictan los protocolos para que hacerlo no represente un riesgo.

Además, la realidad es que –por buen estado de salud que se tenga, por buena forma física o por ausencia de enfermedades de base– nadie tiene garantizado que saldrá incólume de un contagio. Los casos en Paraguay y en el mundo demuestran que incluso niños y personas muy jóvenes fallecieron luego de contagiarse.

Las consecuencias a largo plazo de esta enfermedad siguen aún sin comprenderse en su totalidad. Según un estudio del investigador Bin Cao, del Centro Nacional de Medicina Respiratoria, el Hospital de la Amistad China-Japón y la Universidad Capital Medical (CMU), publicado por la revista The Lancet, las secuelas del covid se extienden por lo menos por seis meses después de contraer la enfermedad. Estas secuelas van de la fatiga y debilidad muscular hasta el deterioro de la función pulmonar. El mismo estudio también demuestra que los anticuerpos que se generan decrecen con el paso del tiempo, así que tampoco está garantizada la inmunidad, en caso de contraer el virus. Y eso lo prueban los casos de reinfección, de los que ya hay registro sospechosos también a nivel local.

Además, en este momento es muy probable –según confirmó el director de Vigilancia de la Salud, Guillermo Sequera– que estén en circulación en nuestro país nuevas cepas de la enfermedad, que se estima serían más contagiosas que las de la primera ola. Esa sería una razón más que suficiente para redoblar cuidados, pero no lo es, a juzgar por lo que cualquiera puede comprobar a simple vista.

Basta con observar por ejemplo los buses, cargados de personas sin tapabocas. Ni siquiera es necesario que haya un control de autoridades sobre esta cuestión. El chofer, e incluso cualquier pasajero, tienen derecho a reclamar a sus compañeros de viaje que cumplan con la Ley 6655, que obliga el uso de mascarillas, tanto en lugares abiertos como cerrados, sean públicos o privados, de uso público en todo el territorio nacional. Quien no cumpla esa norma puede ser multado con sumas que van de los G. 400.000 hasta G. 1.600.000, y los propietarios de las líneas de transporte que incumplan podrían llegar a recibir multas de G. 16.000.000. Ni siquiera estas amenazas de sanciones pecuniarias parecen frenar a los temerarios que con su actitud ponen en riesgo su salud, la de sus seres más cercanos y en definitiva la de todos.

Quienes confiamos en la ciencia y su eficacia, esperamos con ansias la vacuna que nos inmunice, frene la expansión del virus y nos permita reactivar plenamente nuestras vidas en todos los ámbitos (social, económico, académico, deportivo y un largo etcétera). Pero aún no hay certezas acerca de cuándo se logrará esto, porque aunque existen los recursos, también hay muchas excusas acerca de por qué no se prioriza esto. Mientras sigamos esperando, la vacuna para frenar el virus somos nosotros y las actitudes comprometidas que asumamos. No hay otra.

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