Plata dulce para hoy, hambre para mañana

Hace pocos años Paraguay podía enorgullecerse de una situación macroeconómica envidiable que despertaba admiración en el extranjero, donde por una vez se empezó a ver a nuestro país con otros ojos, ya no como un atrasado antro de corrupción y piratería, sino como una economía abierta con rarezas en la región tales como alto crecimiento con baja inflación, moneda y tipo de cambio estables, fundamentos económicos sólidos, impuestos razonables, y sobre todo simples y predecibles, gradual pero sostenida reducción de la pobreza y un ambiente propicio para la inversión. Hoy acumulamos ocho años consecutivos de déficit fiscal, un galopante ritmo de endeudamiento y, en vez de celebrar el inicio de un retorno a un mayor equilibrio, festejamos la colocación de un bono que permite bicicletear parte de las deudas y seguir como si nada con el carnaval. Pero, que el Gobierno encuentre plata dulce en el mercado internacional es una pésima noticia.

Hace pocos años Paraguay podía enorgullecerse de una situación macroeconómica envidiable que despertaba admiración en el extranjero, donde por una vez se empezó a ver a nuestro país con otros ojos, ya no como un atrasado antro de corrupción y piratería, sino como una economía abierta con rarezas en la región tales como alto crecimiento con baja inflación, moneda y tipo de cambio estables, fundamentos económicos sólidos, impuestos razonables, y sobre todo simples y predecibles, gradual pero sostenida reducción de la pobreza y un ambiente propicio para la inversión. Hoy acumulamos ocho años consecutivos de déficit fiscal, un galopante ritmo de endeudamiento y, en vez de celebrar el inicio de un retorno a un mayor equilibrio, festejamos la colocación de un bono que permite bicicletear parte de las deudas y seguir como si nada con el carnaval.

El Ministerio de Hacienda realizó una nueva emisión de deuda por 826 millones de dólares, 600 millones a 11 años de plazo a una tasa del 2,7% y 226 millones a 31 años al 5,4%, una parte para canjear obligaciones ya contraídas y otra para aumentar el gasto estatal. Con esto el endeudamiento público ya supera largamente los 12.000 millones de dólares y se acerca al 35% del Producto Interno Bruto, cuando hace tan solo diez años era de 2.746 millones de dólares y 8,1% del PIB (y con la importante diferencia de que aquellos eran tiempos de vacas gordas debido a los altos precios de los commodities agrícolas, mientras ahora estamos en recesión).

Esto fue presentado como un gran logro por el Gobierno, que se jactó de haber obtenido tasas equiparables a “grado de inversión” e insinuó que ello implícitamente representaba un reconocimiento internacional a su gestión y una aprobación de los ratios económicos del país. Nada más alejado de la realidad. Las bajas tasas son el resultado de una circunstancia particular que no tiene que ver con Paraguay. Por un lado, existe una enorme liquidez en el mundo debido a la alta emisión monetaria en Estados Unidos, Europa y China a raíz de la pandemia y, por el otro –mal de muchos consuelo de tontos–, hay muchísimos países que ya estaban endeudados y que se sobrepasaron muy por encima de sus posibilidades durante la crisis, por lo que están aún peor que nosotros.

Este escenario no solamente es coyuntural, sino sumamente peligroso. Trae a la memoria la situación previa a la desastrosa crisis de la deuda en la “década perdida” de los ochenta, que se originó en la abundancia de liquidez producida por el boom del petróleo del decenio anterior. Prestamistas ávidos de colocar montañas de petrodólares hallaron tierra fértil en gobiernos irresponsables en el Tercer Mundo, muy especialmente en América Latina. El resultado fue una ola trágica de países con la soga al cuello, que tuvieron que destinar todos sus recursos y desatender las prioridades presentes para pagar la fiesta del pasado, a menudo cayendo en default, en crisis hiperinflacionarias, en gravísimos problemas sociales, para luego no tener otro remedio que someterse a tremendos sacrificios para intentar volver a cierta normalidad, ya después de haber dado grandes pasos atrás en el camino al desarrollo.

Por lo tanto, que el Gobierno encuentre plata dulce en el mercado internacional es una pésima noticia. No es para jactarse, sino para preocuparse todavía más, porque les da a los políticos margen para seguir gastando alegremente hoy sin preocuparse del mañana, en vez de hacer lo que corresponde, que es detener urgentemente la sangría, frenar ya la bola de nieve, poner la casa en orden y alejar al país del precipicio.

Para ello, el ajuste de cinturón debe pasar necesariamente por el sector público, porque ya no se le puede pedir más al sector privado, que es el que ha soportado todo el peso de la crisis. Mientras las empresas, en un país donde la enorme mayoría de ellas son pequeñas o muy pequeñas, han tenido que hacer malabarismos para sostenerse a duras penas, frecuentemente sin éxito, al Estado prácticamente no le ha afectado la emergencia, continuó el despilfarro y la corrupción, no se sabe que se haya despedido a un solo planillero, en muchas instituciones tuvieron (y siguen teniendo) poco menos que un año de vacaciones pagadas por los contribuyentes.

El Estado tiene que gastar menos, es la única fórmula viable, endeudarse más y más no es la solución, es agrandar el problema. Supuestamente hay un plan consensuado de convergencia para ir reduciendo gradualmente el déficit, que ya superó el 7% del PIB, pero no es creíble. El Gobierno y los políticos están muy cómodos con la situación actual, dejándoles la cuenta a los que vienen; ellos no harán ninguna reforma espontáneamente. Los ciudadanos deben exigir que se vuelva de inmediato al tope del déficit establecido en la ley de responsabilidad fiscal (1,5% del PIB como máximo), para así reencauzar el país, estimular inversiones genuinas nacionales y extranjeras, crecer con estabilidad y volver a tener motivos válidos de orgullo.

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