Con una frialdad que eriza la piel, sentenció en entrevista pública: “Los niños no están para que el Estado los eduque, a los niños los tiene que educar la familia. ¿Por qué tenemos que gastar plata en los niños y las familias?”
Palabras textuales. De un funcionario que cobra su sueldo con plata de todos los paraguayos. Desde Wa- shington, capital de una nación que invierte cientos de miles de millones de dólares cada año en educación pública de calidad, el embajador paraguayo sale a decir que educar a los niños es un gasto superfluo, un lujo innecesario, casi un capricho.
Esto no es una opinión. Es un ataque directo al derecho humano más básico que tiene nuestra Constitución y los tratados internacionales que Paraguay ratificó: el derecho a una educación gratuita, obligatoria y de calidad. Es un desprecio abierto hacia miles de niños paraguayos que hoy van a escuelas sin techo, sin luz, sin baños, sin merienda y sin libros. Niños que dependen exclusivamente del Estado porque sus familias, muchas veces, apenas llegan a fin de mes.
Leite habla como si todas las familias paraguayas fueran iguales. Como si todas tuvieran el mismo ingreso, la misma cultura, los mismos recursos para contratar profesores particulares o pagar colegios privados. Habla como quien nunca vio una escuela rural del Chaco o del interior profundo, donde ni siquiera existen caminos de tierra para llegar a las escuelas o donde los niños deben hacer malabarismos para cruzar un puente y no caer en el arroyo mientras se dirigen a sus derrumbadas aulas, donde la deserción escolar es tragedia diaria y donde la única esperanza de movilidad social es precisamente la escuela pública.
Paraguay invierte apenas el 3,4% del PIB en educación. Muy por debajo del 6% que recomienda la UNESCO y que la mayoría de países serios ya superan. Nuestros resultados en pruebas internacionales son un desastre. El abandono escolar supera el 20% en secundaria.
La brecha entre ricos y pobres se agranda año tras año precisamente porque la educación pública es débil y la privada es un privilegio de pocos. ¿Y la solución que propone el embajador? Que las familias se arreglen solas. Que el Estado se retire. Que los niños en situación de pobreza se queden sin futuro.
Qué fácil es decirlo desde un cargo diplomático, con sueldo, viáticos y privilegios pagados por el mismo Estado que él considera innecesario para educar. Qué cómodo es defender que la educación es responsabilidad exclusiva de la familia cuando uno ya tiene todo resuelto.
Esta declaración no solo es cínica. Es peligrosa. Porque si el Estado se retira de la educación, se retira de la única herramienta real que tienen los más vulnerables para romper el círculo de la pobreza. Sin educación pública fuerte no hay meritocracia, no hay “guapitos”, no hay igualdad de oportunidades, no hay país. Solo hay una élite cada vez más rica y una masa cada vez más ignorante, más dependiente y más fácil de manipular. O tal vez, esa es justamente su pretensión.
Estados Unidos, el país donde Leite representa a Paraguay, es el ejemplo contrario: allí la inversión estatal en educación es política de Estado. Escuelas públicas gratuitas desde preescolar, universidades estatales de primer nivel, becas masivas, investigación financiada con fondos federales. Se jactan –y con razón– de que su poderío económico y tecnológico se sostiene sobre esa inversión en capital humano. ¿Y nuestro embajador qué hace? Critica el gasto en niños mientras vive en el país que más gasta en ellos.
Gustavo Leite desnudó, “sin querer queriendo”, la ideología de una élite que ve a los niños de las familias humildes como un costo y no como una inversión. Demostró el desprecio de quienes ya tienen todo y no quieren que los demás tengan nada. Dejó claro que para algunos la educación no es un derecho: es un gasto que molesta.
Pero Paraguay no puede permitirse este retroceso. Los niños no son un gasto. Son la única garantía de que este país tenga futuro. Cada guaraní invertido en una escuela, en un maestro, en una merienda escolar, es un guaraní invertido en la dignidad nacional.
Que estas palabras de Leite no caigan en el olvido. Que sirvan de alerta roja del doble discurso “pro familia” con el que se enjuaga la boca para captar votos. Que obligue al pueblo a exigir al Estado más inversión, más transparencia y más compromiso con la educación pública.
Porque si hoy un embajador puede cuestionar públicamente el derecho a educar a los niños y niñas paraguayos, mañana será más fácil recortar presupuestos, cerrar escuelas y condenar a toda una generación al atraso, para que siga votando por los peores, pero esta vez, ya sin poder discernir cada vez que roban la esperanza, la dignidad y el porvenir.