El árbol floreció... pero faltan los frutos

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El papa Francisco peregrina entre nosotros, en el país americano con el mayor porcentaje de católicos, lo que mucho habla en favor de la fidelidad de un pueblo y del arraigo de una Iglesia cuyo protagonismo en la formación histórica y cultural de la Nación está constitucionalmente reconocido. Como se esperaba, el Sumo Pontífice fue recibido con júbilo por centenas de miles de feligreses, tal como ocurrió en 1988 cuando Juan Pablo II trajo un mensaje de aliento a quienes anhelábamos la libertad en un país sometido a una larga y oprobiosa dictadura. En aquel entonces, en un encuentro que tuvo Su Santidad con representantes de la sociedad civil en el estadio del Consejo Nacional de Deportes, se exhibió un “árbol de la vida”, en la forma de un árbol seco, que simbolizaba un Paraguay amordazado, temeroso, carente de la vitalidad propia de una sociedad libre. El símbolo escogido para la ocasión por los valientes organizadores del evento produjo mucha irritación al tirano Alfredo Stroessner y a sus lacayos, porque la alegoría resumía muy bien las secuelas de tantos años de opresión, de tanta mentira propalada desde el poder omnímodo. Sin embargo, hoy el papa Francisco encuentra un Paraguay distinto, un país que desde hace veintiséis años vive una democracia que, con sus luces y sus sombras, ha liberado a sus hijos del temor a la cárcel, la tortura y el exilio, desechando los “liderazgos únicos”, que él condenó en su sermón de Quito.

En estos años pasados, aquel árbol ha florecido; reivindicamos nuestros derechos y juzgamos a nuestros gobernantes, a quienes elegimos en comicios libres; podemos entrar y salir libremente del país; no hay presos políticos ni medios de prensa clausurados; la confrontación política no ha conducido a la fractura social. Esa nueva vitalidad también se ha reflejado en el notable crecimiento económico de los últimos años, gracias al aumento de la producción agropecuaria e industrial, generada por las inversiones atraídas por una sana política económica.

Lamentablemente, nada de esto significa que estemos viviendo en un paraíso, pues el árbol de la vida todavía no ha dado sus frutos porque persisten la extrema pobreza y la desigualdad marcada, que tanto conmueven al Sumo Pontífice allí donde se manifiesten. Y, asimismo, persiste una escandalosa corrupción, que a pesar de ser denunciada con nombres y apellidos de sus responsables, nunca termina con estos en la cárcel.

Hay mucho que hacer para que todos los paraguayos accedan a las tres T: techo, tierra y trabajo. Que tengan igualdad de oportunidades para una buena educación pública, para ver satisfechas sus necesidades básicas mediante empleos bien remunerados o el cultivo rentable de una tierra propia, para que sean bien atendidos en los hospitales o para que sean juzgados por magistrados imparciales.

Se podrán diseñar las mejores políticas públicas y previsionar fondos necesarios para ejecutarlas, pero no se avanzará mucho mientras los responsables de hacerlo sean corruptos. El ya florecido árbol de la vida nunca podrá dar frutos mientras reine la corrupción en los tres Poderes del Estado, mientras haya funcionarios públicos venales, legisladores que venden sus votos o se valen del erario para alimentar a su clientela o pagar el sueldo de sus empleadas domésticas, y jueces que prevarican movidos por el dinero o la influencia indebida.

En nuestro país, el latrocinio ha impedido, entre tantos otros perjuicios, que tengamos más y mejores escuelas, hospitales y rutas. Las mansiones de sus autores están a la vista y sus cuentas bancarias pueden ser investigadas. Tan extendida está la corrupción, que a ella no escapa ni siquiera el propio contralor general de la República, Óscar Rubén Velázquez, encargado de combatirla.

Infelizmente, esta lacra no prostituye solo al sector público, sino que también contamina al sector privado, pues en el soborno en las licitaciones fraudulentas y contratos amañados con el Estado, con cantidades y calidades disminuidas, con adendas, prórrogas y sobrecostos, participan tanto funcionarios deshonestos como empresarios cortesanos.

En otras palabras, la corrupción atroz afecta al “tejido moral de la Nación”, como bien ya expresó la Conferencia Episcopal Paraguaya en tiempos de la dictadura, bajo la señera conducción del gran arzobispo Ismael Rolón. Ahora llegó el tiempo de sepultarla con toda decisión, tanto para impulsar el desarrollo socioeconómico como para impedirle seguir infectando a una sociedad que, pese a todo, aún conserva sus fibras morales, reflejadas en el repudio permanente a los ladrones.

No obstante, para lograr ese ansiado objetivo se hace imprescindible que la Iglesia Católica –cuyo magisterio moral está intacto– intervenga con más decisión y perseverancia en la lucha contra el flagelo que nos aflige. Si quiere defender a los pobres, debe enfrentar a los ladrones que meten en sus bolsillos el dinero del Estado que debería emplearse en sacarlos de la pobreza. Tendría que desenmascarar desde el púlpito a esos caraduras hipócritas que se exhiben en Caacupé cada 8 de diciembre, o acuden en masa al Palacio de López para aplaudir un discurso del papa Francisco en el que este reclama “que no haya más víctimas de la violencia, la corrupción y el narcotráfico”. ¡Qué ironía!

Como bien dijo ayer en Caacupé el obispo de la diócesis y presidente de la Conferencia Episcopal Paraguaya (CEP), monseñor Claudio Giménez, nos merecemos “un Paraguay sin diferencias hirientes ni la violencia que ha enlutado a tantos hogares”. Sin duda alguna, cuando ese tiempo llegue, recién entonces los paraguayos y las paraguayas podremos decir que el “árbol de la vida”, a más de flores, ha dado frutos, porque nos propusimos y logramos desterrar de nuestro país la corrupción, a la que ayer, en el Encuentro con la Sociedad Civil, el papa Francisco calificó como “la gangrena” de los pueblos, la verdadera generadora de irritantes desigualdades y violencias dolorosas e inaceptables.