Los padres deben ayudar a las escuelas

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La Ley General de Educación, junto con los alumnos y docentes, incluye a los padres dentro de la “comunidad educativa”, y les obliga a colaborar con las autoridades y demás miembros de la misma para el mejor desarrollo de los planes, programas y actividades educativas. En ese sentido, los padres podrían tener en cuenta, por ejemplo, el contribuir al mantenimiento físico del local escolar donde estudian sus hijos e hijas. Cualquier dejadez de los padres atenta contra la educación de los hijos tanto como una negligencia del MEC. No hay que esperarlo todo del Estado, porque aparte de que el nuestro se destaca por su ineficiencia y corrupción, conviene considerar que ningún funcionario puede tener mayor interés en la satisfacción de las necesidades que los propios particulares. Por eso, muchas veces es aconsejable que los ciudadanos intervengan para tratar de subsanar las falencias que puedan mostrar las prestaciones públicas.

La Ley General de Educación, junto con los alumnos y docentes, incluye a los padres dentro de la “comunidad educativa”, y les obliga a colaborar con las autoridades y demás miembros de la misma para el mejor desarrollo de los planes, programas y actividades educativas. En el sentido de la colaboración que demanda la ley, los padres podrían tener en cuenta, por ejemplo, el contribuir al mantenimiento físico del local escolar donde estudian sus hijos e hijas. No se trata de que reemplacen el trabajo que corresponde a los funcionarios, sino de que se ocupen de que sus vástagos puedan estudiar en mejores condiciones. Es avergonzante que nuestros hijos tengan clases en aulas sucias y deterioradas, que muy bien podrían ser mejoradas con un poco de esfuerzo mancomunado, sin estar esperando que desde arriba, alguna vez, lleguen las soluciones requeridas.

Cualquier dejadez de los padres atenta contra la educación de los hijos tanto como una negligencia del MEC. A ellos debería resultarles menos difícil abandonar esa nociva actitud que lograr que los funcionarios competentes cumplan con su deber. El principio de subsidiariedad, que suele invocarse para justificar la intervención estatal ante la inacción del sector privado, debe tener aquí el sentido contrario; es decir, que los particulares suplan la ineficiencia del sector público. No está mal que así sea, porque los padres deberían ser los primeros interesados en que sus hijos sean educados en buenas condiciones. Si no las consiguen, tienen todo el derecho de reclamar que se tomen las medidas adecuadas para que ciertas necesidades de capital importancia sean cubiertas como corresponde.

Sin embargo, no hay que esperarlo todo del Estado, porque –aparte de que el nuestro se destaca por su ineficiencia y corrupción– conviene considerar que ningún funcionario puede tener mayor interés en la satisfacción de esas necesidades que los propios particulares. Por eso, muchas veces es aconsejable que los ciudadanos intervengan para tratar de subsanar las falencias que puedan mostrar las prestaciones públicas. Una de ellas, sin duda, es la educación, integral y permanente, en beneficio de todos los niños, niñas y jóvenes del país.

Nuestro sistema educativo adolece de serias dificultades, y una de ellas, justamente, es la falta de locales escolares adecuados, sobre todo en el interior del país. Muchos se hallan en situaciones ruinosas y en pésimas condiciones higiénicas, tanto que, muchas veces, hasta ponen en peligro la salud de los alumnos y de los maestros. Son una verdadera vergüenza, y no por falta de presupuesto, sino por la corrupción y el mal diseño presupuestario del Ministerio de Educación y Cultura (MEC). Seguramente llevará algún tiempo depurar ese organismo y reordenar sus gastos, suponiendo que exista esa intención. Por de pronto, la ministra Marta Lafuente anunció una buena medida: la renovación de la mayor parte de los edificios escolares antes del inicio del próximo periodo lectivo. Es de esperar que así sea y que los trabajos por parte de directores, contratistas y padres sean bien hechos, aunque el tiempo previsto para su conclusión sea breve.

El necesario mantenimiento de los locales es una tarea permanente que los burócratas capitalinos desde sus oficinas en Asunción están lejos de poder garantizar, tanto por la falta de recursos materiales como por la negligencia y haraganería que los distingue. Por eso es que, en beneficio de los estudiantes, es importante que también los padres de los educandos, como miembros de la comunidad educativa, se involucren con entusiasmo en la cuestión y colaboren en estos días con los directores de las escuelas en la tarea de reparar los desperfectos que muestren los locales.

Conviene que las comisiones de padres se movilicen y en sus horas libres puedan aportar su ayuda como electricistas, albañiles, pintores, carpinteros, etc. para que las instalaciones educativas se hallen siempre en las mejores condiciones posible. Es una pena constatar que muchas veces los directores no logran la cooperación de padres y personas pudientes de la zona para las labores de mantenimiento físico de las escuelas. Por eso, sería bueno también que desde los púlpitos y desde las radios comunitarias se exhorte con insistencia a los padres a cooperar con el bienestar de los alumnos, pintando alguna pared, reparando un desperfecto eléctrico, cambiando algunas tejas o limpiando el patio y los sanitarios. Harán un gran aporte a la educación en beneficio directo de sus hijos. Con el Estado que sufrimos, resulta imprescindible una activa participación ciudadana en ese sentido.