Alimentos transgénicos avanzan en Latinoamérica pese a detractores

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América Latina es uno de los graneros mundiales de alimentos transgénicos, con millones de hectáreas dedicadas a variedades más productivas y resistentes, entre la prohibición de esos cultivos en algunos países, y la revisión de su veda en otros, como Ecuador.

Solo en Brasil, por ejemplo, se cultivan más de 30 millones de hectáreas, un área equivalente a todo el territorio de Italia, según dijo a Efe Francisco Aragão, un experto de la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa), una entidad pública, quien participó esta semana en Quito en una conferencia sobre el tema.

En ese país casi el 90% de la soja, el 85% del maíz y entre el 30 y el 40% del algodón son transgénicos, según Aragão, quien ha contribuido a desarrollar un frijol más resistente a las plagas.

En el mundo, el año pasado 15,6 millones de productores, la mayoría pequeños, plantaron 160 millones de hectáreas de transgénicos, según Wayne Parrot, profesor de genética vegetal de la Universidad de Georgia, Estados Unidos.

En 31 países esos cultivos son legales y “en el doble” existen de forma ilícita, dijo a Efe.
El giro de Correa

Según Parrott, en Latinoamérica están proscritos en Venezuela, Perú y Ecuador, aunque, como en el resto del mundo, sus ciudadanos sí consumen alimentos modificados genéticamente, importados de otros países.
En Ecuador la prohibición aparece incluso en la Constitución aprobada en 2008, pero su principal impulsor, el presidente Rafael Correa, dijo esta semana que esa disposición es “un error” y abrió la puerta a una posible enmienda. El Mandatario destacó que las semillas modificadas genéticamente “pueden cuadruplicar la producción y sacar de la miseria a los sectores más deprimidos”.

Víctor López, presidente de la Cámara de Agricultura de la Primera Zona de Ecuador, dijo a Efe que esa entidad ve de forma “positiva” la posibilidad de cultivar semillas transgénicas.
El presidente de la Asamblea Constitucional que redactó la Carta Magna, Alberto Acosta, es en cambio un acérrimo detractor de esos cultivos, que a su juicio benefician a los grandes hacendados, porque los usan para reducir la mano de obra y aumentar la concentración de la tierra, en su opinión.

Aragão destacó, por otra parte, que son los pequeños agricultores, quienes tienen menos acceso a pesticidas, los que más ganan con variedades resistentes a las plagas.

Estudio polémico
Los que piensan como él han recibido con alborozo un estudio reciente realizado en Francia con ratas de laboratorio que dice demostrar que las que se alimentaron con maíz NK603, una variedad transgénica desarrollada por la empresa estadounidense Monsanto, murieron antes que las que no lo ingirieron.

Parrott consideró que el estudio “presenta deficiencias muy graves” y que se hizo “con malas intenciones”.

Afirmó, por ejemplo, que sus autores emplearon una raza de ratas criadas para desarrollar cáncer y así estudiarlo, y les acusó de negarse a facilitar sus datos para que los comprueben otros científicos.

Parrott mantiene que todos los estudios serios concluyen que los alimentos transgénicos son tan “inocuos” como el resto.

Mientras continúa el debate, Brasil ha pasado de ser importador de maíz a exportador, gracias al cultivo de variedades más productivas, y ha elevado su producción de carne de pollo al alimentar a las aves con ese cereal, según Aragão.

Es un ejemplo que atrae a los últimos países donde aún no crecen semillas con el ADN modificado por el ser humano.