Con ayuda de un sobrino, Cristina cortó 32 años de violencia familiar

Cristina Arce tiene una mirada profunda y triste. El llanto fácil y los temblores involuntarios delatan los nervios a flor de piel. Hace casi tres años que cortó el círculo de violencia, pero las huellas de los 32 años de agresiones físicas y psicológicas sufridas siguen intactas. El expediente, que ya tiene acusación, está “cajoneado” en la Corte Suprema de Justicia desde agosto del 2016.

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Con su agresor fuera de la cárcel (estuvo un mes en prisión), el miedo le impide vivir en paz aún encerrada dentro de su casa y salir sola es imposible, ni siquiera para comprar pan.

No es necesario, pero se disculpa por la dificultad de recordar todos los maltratos sufridos sin quebrarse. Tampoco debe hacerlo, pero intenta explicar cómo el temor la paralizó al punto de soportar años de golpizas.

“No es fácil, son 32 años de abusos constantes, no solamente una vez ni dos veces. Es difícil para mí contar los 32 años, puedo ir tocando algunas cositas no más. La gente no entiende lo que es sentir miedo”, explicó.

Ambos son de Caraguatay. Ella se casó a los 21 años y se fue a vivir en el Chaco, donde su marido trabajaba.

En aquel entonces los maltratos verbales eran constantes. Luego aparecieron los empujones y tirones de pelo. Un año después de tener al primero de sus cuatro hijos, su marido fue despedido y fueron a vivir con los padres de Cristina.

“Una vez él se fue a lo de su mamá y a la vuelta yo tenía a mi hijo en brazos, que era chiquitito, 1 año y medio, y estaba enfermo además y me dijo ¿por qué no limpiaste la heladera?” y ya empezó a estirarme del cabello. Mis padres y mis hermanos vieron y trataron de ayudarme. Y así constantemente era, por cualquier cosa. Él salía 3 o 4 horas, siempre me decía algo, constantemente me daba golpes demasiado terribles”, contó.

Los familiares, al parecer sin dimensionar la gravedad de la situación, las veces que intervenían siempre era con el propósito de mediar para tratar de conciliar a la pareja, que luego se fue a vivir en los Estados Unidos, donde estuvieron 27 años.

“Yo veía que todos los días iba empeorando, era terrible”, dice entre lágrimas, tras relatar que su marido era violento no solamente con ella sino con sus cuatro hijos, al punto que uno de ellos huyó de la casa antes de cumplir la mayoría de edad.

“A los 17 mi hijo se fue de la casa porque no aguantó más. Le encerraba en la pieza y le pegaba demasiado, le ensangrentaba todo y le hacía limpiar su sangre. Mi hijo siempre me dice que no se olvida de eso”, recordó.

“Tenemos cuatro hijos y a toditos nos pegaba, no solamente a mí . Eso era constante. Y ya mis hijos tenían miedo de él y no hacían nada, eran chicos todavía. Nos torturaba. Teníamos una piscina y en el calor les hacía caminar descalzos alrededor por horas, no tenían que parar, les decía que haga el número 4 y no tenía que moverse o le pegaba. Una vez a mi hijo le pegó, ahí está la foto, tuvo rotura y se fue al colegio porque tenía miedo, luego llamaron de la escuela y dijo que se vaya a retirar a mi hijo y llamaron a la Policía. Él se fue preso, sacaron fotos”, relató.

Lo relatado fue un incidente ocurrido en Nueva York, en el año 2009. Pero no fue el único. Cristina comentó que a causa de los incidentes de violencia en más de una ocasión motivaron la intervención policial, la familia se mudaba constantemente.

Acá tampoco era distinto.

“Mis padres estaban siempre preocupados. Cuando nosotros veníamos de vacaciones siempre teníamos problemas, si no era conmigo era con mis hijos”, recordó.

Precisamente uno de estos incidentes, ocurrido en el 2015, tras un cumpleaños familiar en Caraguatay, derivó en la intervención de un sobrino y la prisión de su marido.

Esta situación permitió a Cristina cortar el círculo de la violencia familiar, pero ahora padece otro, más sutil pero igualmente dañino, el de la revictimización derivada de la falta de la respuesta de la Justicia.

rferre@abc.com.py

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