El amor no se acaba

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Eilso Riveros Caballero (89) y Avelina Zárate de Riveros (86) celebran este 2016 sus 65 años de matrimonio. Orgullosos de sus valores y origen campesinos, afirman que la receta para permanecer juntos y felices es el respeto, tanto en la pareja como hacia los hijos. En esta nota, conocemos su historia.

Eilso es oriundo de Ñemby, egresado de la escuela de agronomía. En sus años jóvenes, el Ministerio de Agricultura y Ganadería lo envió a Isla Pucú, Cordillera. Mientras tanto, en la compañía de Aguaray, vivía Avelina, de 20 años, mimada pero criada bajo las estrictas reglas del buen comportamiento y la obediencia. “Seguramente él me vio, porque yo no lo conocía hasta la noche que me llevó serenata. Escuché en mi ventana y fui a pedirle permiso a mi padre para ver quién era. Cuando terminó la música, me pidió poder frecuentarme como amigo. Justito entraba la cuaresma, así que no había reuniones en el pueblo, por eso nos veíamos solo en mi casa”. Avelina confiesa que lo que le gustó de él fue que respetó su pureza, “así fue durante todo el noviazgo”. Un año estuvieron de novios; se casaron el 28 de abril de 1951 y se fueron a vivir a la casita que Eilso ya había comprado en el pueblo; luego empezaron a llegar los hijos (6), todos vivos hasta la fecha, excepto el mayor. Actualmente Eilso acaba de superar un infarto. Avelina comenta: “Hemos pasado cosas de salud, pero en general estamos bien”. Como abuelos gozan de 14 nietos y 9 bisnietos.

–¿Cómo empiezan los cimientos de este matrimonio?

A: –Yo me quedaba en la casa con los hijos, muy contenta, todos me salieron demasiado bien. No me era sacrificio porque en la campaña uno se acostumbra al trabajo pesado. Acepté casarme con él por amor, así que hacía con todo gusto.

–Pero la convivencia siempre es un desafío, hay peleas.

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E: –Peleas no, reajuste de condiciones. En todos estos años nunca nos hemos faltado uno al otro. Siempre juntos, salvo cuando yo tenía que irme un mes por trabajo, pero nunca nos dejamos.

A: Hasta hoy, cuando tenemos problemas arreglamos calladitos. Nuestros hijos nunca se enteran.

–¿Qué fue lo más difícil de reajustar?

E: –Adaptarnos al tiempo que íbamos cursando, porque por mi trabajo nos mudábamos cada tanto.

Ella se adaptó divinamente. Los dos éramos campesinos y esa condición fue el elemento principal de nuestra afinidad.

–Amor y economía del hogar, ¿cómo asumieron una familia numerosa?

E: –Yo siempre fui pobre, hasta ahora ella me ha aguantado…

A: –Para mí era igual si no había dinero en casa, me arreglaba con lo que tenía. Pero cuando vivíamos en la chacra teníamos vaca, chancho, docenas de huevos frescos todos los días. No me quejo de ninguna época, nunca nos faltó nada.

–Hoy el dinero define la continuidad de muchas parejas.

E: –Está muy cambiado, pero no les conviene a las parejas esa vida tan liberal y desordenada. Nosotros adoptamos la costumbre antigua, ser honestos es nuestra mayor riqueza.

–¿Les gusta ver la tele, las noticias?

A: –Claro que sí, ese noticiero es nuestro programa de mañana, tarde y noche.

–Ahora hay reclamos campesinos.

E: –Sí, cada uno plantea su interés, pero internamente no sabemos su finalidad. En Paraguay falta más cultura…

–Se suele decir que el paraguayo se enorgullece de su cultura campesina.

E: –De su idiosincrasia. Cultura como educación no tenemos, me incluyo, los campesinos no sabemos quiénes somos; 50 años estamos atrasados de los países vecinos.

“La familia depende de la mujer”

La vida del matrimonio Riveros-Zárate, transcurre en la paz de un hogar humilde, centro de reunión de hijos, nietos y bisnietos, con comida casera hecha por Avelina, quien dice además que nunca tuvo empleada. “Ella ha sido una mujer ejemplar, su mayor virtud es la maternidad y no solo con nuestros hijos”, señala el orgulloso marido. Rescatando valores, Eilso subraya: “Mi promesa individual de toda la vida fue jamás levantarle la mano a una mujer ni a los niños”, y cumplí. Avelina asiente de inmediato: “No es nuestro método; yo nunca les pegué a mis hijos, cuando algo no me gustaba, les hablaba muy claro”. Respecto a la mujer moderna, Avelina recuerda que quiso ser maestra pero no pudo estudiar, “en aquella época era muy caro para los padres mandar estudiar a los hijos, no había ni medios de transporte, solo caballo. Pero hoy la mujer es estudiosa y tiene su profesión, su recurso, su defensa, por eso si tiene un marido un poco flojo, puede ser exigente”. Para Eilso la larga vida de una familia depende de la mujer: “Tiene que ser rígida pero compasiva, si no lo es pierde su camino”. Su esposa complementa: “La mujer tiene que ceder siempre un poquito más que el hombre, así entiendo yo”, y entre los consejos femeninos, recomienda no dejar de ser coqueta, no abandonarse.

Por último, los celos iluminan la mirada de este amor eterno: “Sí, soy celosa, porque fue el primer y último hombre que conocí en mi vida, le quiero mucho a mi marido y por eso soy celosa”. Eilso declara que también es celoso, “la mezquino, la adoro pero soy discreto, no irracional como ella”. Avelina sonríe y se defiende: “Es que yo quiero hablar y él se calla”.

Nuestro encuentro finaliza. La pareja, tomada de la mano, nos despide.

–Con tanto amor cultivado, ¿qué más le piden a la vida?

A: –Yo rezo y agradezco a Dios a través de la Virgen, por cada nuevo día que podemos levantarnos juntos y ponernos de pie.

lperalta@abc.com.py