En perfecta armonía familiar

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Élida Giménez Garcete (62) nació en Villarrica, donde comenzó sus estudios de piano. Hoy es una de las más reconocidas profesoras de nuestro medio. La docencia es su pasión y no hay mejor prueba que sus 4 hijos pianistas más una nieta que sigue los mismos pasos. Su hijo, el único varón, eligió la música como carrera y está consagrado a ella.

La maestra de piano –47 años de docencia– se dispone a iniciar el año académico en su conservatorio Lafayette. Élida Giménez es viuda, tiene 4 hijos; todos los Ayala Giménez son maestros de piano: Rossana (42, volcada a la enseñanza), Liza (36, abogada y profesora de piano), Virginia (32, abogada y profesora de piano) y Daniel (26, concertista y profesor de piano). Por supuesto en la familia ya hay nietos pianistas, todos “en la mira” de seguir tocando este instrumento. La nieta mayor, Kiara Portillo (23 años, hija de Rossana y estudiante de Arquitectura), enseña desde los 18.

De generación en generación

En la casa de Élida el piano siempre fue parte de la familia. Todos sus hijos empezaron a estudiar con ella y terminaron con el profesor José Luis Miranda. Élida recuerda que empezó a estudiar a los 5 años en su ciudad natal y con la profesora Natalia Buzarquis de Miranda, bajo la dirección del maestro Juan Carlos Moreno González. “Mi madre no sabía tocar, pero le encantaba el arte –rememora–. Fue musa inspiradora del Ybytyruzú, inspiró la polca ‘Virginia’, de Teodoro S. Mongelós y Diosnel Chase”. Fiel a este amor a la música, Élida se dedicó al piano. “Mi pasión es enseñar, me siento mejor cuando escucho a un alumno tocar que si yo tocara”, dice. No obstante, siempre toca, “de tanto enseñar, me siento después y salen solas las obras”. Por supuesto, elegir vivir del arte en Paraguay es una hazaña y esta profesora lo sabe. “Acá todavía el arte es un complemento, no es parte fundamental de la enseñanza”, apunta con resignación pero sin perder las esperanzas. Amante de su tierra y su gente, la pianista se considera una profesional “hecha en Paraguay”. No hubo otro destino aunque sí algún intento: “Siendo ya profesora de piano, empecé la licenciatura de física, pero dejé al casarme”. A pesar de todas las renuncias que exige su profesión artística, ella está contenta y dice que a través de la música consiguió sus mejores amigas. Rossana, su hija, apunta: “Es cierto, algunas de sus alumnas se convirtieron en nuestras tías, son parte de nuestra familia”. Rossana siguió los pasos de su mamá, se casó muy joven, se dedicó 100% a la enseñanza y transmitió el piano a sus hijos. Trabaja en varias academias de baile y enseña a nivel particular. Para sus hermanas Virginia y Liza también mamás –con niños pequeños–, la pasión docente ya tuvo otro enfoque, pues ejercen la abogacía y a la noche enseñan piano.

Para la nueva generación, la de las mil actividades a la vez, Kiara, la nieta pianista, dice: “Estudio en la facultad así que tengo poco tiempo libre, no obstante, enseño los sábados. Mi meta era recibirme de profesora de piano a la par que terminaba el colegio, y lo cumplí. Pero fue difícil, porque además estaba en muchas otras actividades. Hacía colegio, deporte y música. Me encantaría que mis hijos (cuando sea mamá) continúen tocando el piano. Es un legado que tenemos en la familia”.

Como toda mujer, Élida tuvo que administrar sus roles de maestra, mamá y esposa. “No fue fácil, con mucho sacrificio económico con mi marido logramos que nuestros hijos estudiaran música a la par de sus estudios. Mi esposo me apoyó siempre, aunque ponía sus reglas: nada de piano a las horas de la siesta y después de cenar. Después que él falleció, se acabó ‘el edicto’. Hoy en mi casa hay movimiento pianístico a la hora que sea, y yo también dispongo de horarios para salir a tocar que antes no podía”. Élida trabaja en su casa, en fiestas y en templos; actualmente es la única pianista que toca para el templo judío. “Soy católica pero me siento maravillosamente trabajando con los judíos. No entiendo lo que cantan en hebreo, pero la música logra una unión indescriptible”. ¿Qué significa el piano para usted? Hay una frase que dice: ‘Donde todos ven un piano, yo veo mi vida entera”, así es para mí. ¿Cuándo se debe empezar a estudiar? “Yo soy de las que cree que a los 5 años es perfecto, porque más tarde se dispersan más con las diversiones. Si empiezan pronto, aprenden la disciplina que incluso aplican en su vida”. Sin embargo, alienta a ‘los pianistas frustrados’ (dicho con cariño). “He tenido alumnas mayores, te hablo de 90 años, algunas con problemas de la memoria, que en sus años más jóvenes habían empezado y después dejaron”. Respecto a tener un piano, Élida dice que se puede invertir en uno eléctrico, “incluso en el vertical; hoy el mercado ofrece alternativas, hay pianos chinos, coreanos hasta brasileros”. Sobre las clases de órgano alienta a todos porque es un aprendizaje más accesible.

El pianista de jazz

“Me quedé muda cuando al terminar el colegio mi hijo menor, Daniel, me dijo: ‘Mamá, voy a seguir piano’. Un camino difícil en nuestro país, pero fiel al deseo del joven, todo se movió en esa dirección. En el 2017 Daniel Ayala Giménez es uno de los músicos más prometedores de nuestro ambiente. En 2009 obtuvo una beca en la Universidad de Pittsburg (Kansas-EE.UU.), allí, en el 2012, fue galardonado con la medalla de excelencia a estudios pianísticos. Obtuvo dos becas del Fondec. Estudió con destacados profesores extranjeros, viajó y concursó en escenarios de EE.UU. y Europa dejando en alto el nombre de nuestro país. Con selecto currículum, es uno de los jóvenes músicos paraguayos que reside en su país. Volvió en el 2013, después de que falleció su padre. Actualmente es docente y pianista acompañante en la Universidad Nacional de Asunción. “El es pianista de jazz, tiene una formación altísima –dice Élida con potestad de maestra y orgullo de mamá–, en algún momento, quiere volver al exterior para seguir perfeccionándose”. En el 2014, Daniel presentó su “Emerson, Lake & Palmer”, en el cual ejecuta variaciones y arreglos propios del famoso grupo británico.

lperalta@abc.com.py