Origen de la Semana Santa
En los primeros tiempos de la Iglesia los cristianos no tenían una celebración anual de la Pascua, para ellos cada domingo era pascua, y así lo celebraban. Sin embargo, los judíos continuaban celebrando una vez al año su fiesta de pascua que recordaba la liberación de Egipto. Hacia la mitad del II siglo algunas comunidades cristianas, cercanas al mundo judaico, empezaron también a celebrar una pascua anual en la cual recordaban sobre todo la muerte de Jesús: "Cristo, nuestra pascua, fue inmolado" (1Cor 5,7).
Desde que se empezó a celebrar esta pascua anual, los cristianos sintieron la necesidad de prepararse para esta fiesta. El modo más común de hacerlo era practicando el ayuno, la oración y la caridad. Primeramente fueron dos días de ayuno (viernes y sábado), después también el miércoles y por la mitad del III siglo, ya tenemos testimonio que algunas personas se quedaban los seis días de esta semana en completo ayuno. No nos olvidemos que son solo seis días porque el domingo, fiesta de la resurrección de Cristo, en la tradición cristiana nunca fue día de ayuno.
Desde entonces, la semana que precedía la Pascua fue adquiriendo siempre más importancia: empezaron a organizarse las reuniones litúrgicas y también vigilias cada noche, hasta los patrones cristianos debían dispensar a los servidores de los trabajos, para que pudieran ayunar y participar en la comunidad.
Más tarde (hacia la mitad del siglo IV) el ayuno se extendió a cuarenta días, naciendo así la cuaresma, pero esta semana continuó teniendo una especial importancia, siendo llamada Semana Santa, o semana mayor.
El Evangelio nos cuestiona
El Evangelio de hoy (Jn 12,1-11) se inicia justamente evidenciando que faltan seis días para la Pascua. Además nos presenta a Jesús que con sus discípulos participa de una cena en la casa de Lázaro y de sus hermanas Marta y María. Algo muy especial sucede en aquella noche: María trae un vaso con un perfume carísimo y unge con él los pies de Jesús, secándolo con sus cabellos. Con este gesto y con esta entrega tan costosa, María demuestra a todos cuánto Jesús era importante para ella y cuánta era su gratitud hacia él. Ella no mezquina su perfume.
Sin embargo, delante de tal "desperdicio" el insensible Judas Iscariote protesta, pues con el dinero de aquel perfume se podría hacer tantas otras cosas mucho "más importantes". Pero Jesús lo frena y lo repone en su lugar.
Cuando nuestro corazón está petrificado y sin amor, nos cuesta mucho entender los gestos que nacen de un corazón amante, ellos nos parecen sin importancia, superfluos y a veces hasta desubicados. Por ejemplo, cuántos hoy día no entienden por qué es tan importante en la liturgia que los paramentos sean lindos, que el altar esté bien preparado, que el cáliz y la patena sean bellos, que los manteles sean dignos
sino que como Judas continúan diciendo: "tienen otras cosas más importantes". Sin duda, no debemos olvidarnos de la caridad y del servicio, pero tampoco de la belleza en la liturgia. Pues una cosa sostiene a la otra.
San Francisco de Asís, hombre de corazón ardiente, quiso vivir en una pobreza muy radical toda su vida, no aceptando jamás ningún lujo o comodidad para sí mismo: pero las cosas usadas en el culto divino, él quería que fueran siempre lo mejor. Santa Clara, su plantita, y sus hermanas se quedaban bordando corporales, aun cuando tenían poquísimo para comer, para poder enviarlos a las iglesias que eran pobrecitas.
Existen cosas que solo un corazón lleno de amor y gratitud puede entender.
El perfume
Perfumar a alguien es una acción simbólica muy interesante. El olor tiene un efecto inmediato en nosotros. Un buen olor nos invita a abrirnos, a la acogida, nos hace respirar profundamente como queriendo agarrar todo el mundo en nosotros. Un mal olor al contrario nos encierra, nos aleja, nos hace evitar el ambiente externo. Es por eso que las cosas buenas la pureza, la amistad, la divinidad, la fe, el amor, lo nuevo las asociamos al buen olor, y las cosas malas la suciedad, el pecado, lo decadente, lo pútrido los asociamos al mal olor.
Desde que nos hicimos cristianos, esto es, desde que fuimos ungidos con el santo crisma, somos invitados a llevar en el mundo el buen olor de Cristo. Ojalá nunca perdamos el frescor de este perfume y con nuestro amor operante podamos llenar todos los ambientes donde estamos con las fragancias de la salvación.
Hno. Mariosvaldo Florentino
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