“La idea es rescatarlos de los vicios mediante el fútbol, que despierta en ellos una verdadera pasión”, comentó el profesor de educación física Pedro Ayala. Las clases se desarrollan en la cancha del Club Cerro Lambaré y el profesor se encarga de que la disciplina del deporte se extienda a los demás ámbitos de la vida de estos chicos. “Se les pide la libreta de colegio y se premia a los que mantienen un buen rendimiento”, dijo. En el barrio, en sus casas, en las clases, los niños futbolistas deben comportase como si estuvieran en el área chica.
Yukyty es uno de los barrios más pobres de la capital. Se encuentra cerca del vertedero Cateura y la mayoría de los pobladores son de humilde condición. “Algunos chicos ya no tienen papá o mamá, o si los tienen, están con muchos problemas. Entonces tratamos de que los problemas de los grandes no afecten a los chicos”, explicó.
Fútbol para todos
Mientras el profesor habla, los niños disputan el balón. El terreno no está bien seco y solo algunos tienen calzado. En este tipo de canchas, tener redes en los arcos y un árbitro es todo un lujo. Pero los niños convierten cada partido en una epopeya digna de ser relatada en todos los ámbitos de sus vidas.
A esta escuela no solo asisten los niños, sino también los padres que realizan diversas actividades para recaudar fondos para comprar pelotas y uniformes. “Gracias a la escuela ya hemos rescatado a varios niños que antes consumían drogas”, afirmó Ofelia Riveros, madre de unos de los niños.
El principal déficit son las pelotas. “No hay muchas pelotas, entonces dependemos de gente de buena voluntad que quiera donar balones de fútbol”, explicó Óscar Acuña, titular de la Dirección de Juventud y Deporte de la Municipalidad de Asunción.
La escuela
Esta escuela funciona desde el 2005 y forma parte de las ocho escuelas municipales de fútbol que existen en la capital y que aglutinan a más de 2.000 niños de seis a catorce años, de las zonas más humildes. Existen dos torneos para estos equipos por año, que se realizan en el Jardín Botánico de Asunción. “Me gusta el fútbol, quiero jugar en Olimpia”, relató Tobías Cáceres, de 9 años, quien es mediocampista. El juego de barrio aglutina a los niños gordos, flacos, altos y bajos que ejercen su infancia tras un balón. El fútbol tiene una singular lógica compensatoria. El niño que no se anima a recitar en público en el festival de su escuela celebra un gol como si estuviera en una final de la Copa del Mundo en el estadio Maracaná. “Me gustaría jugar como Marín”, mencionó entusiasmado Víctor Benítez, de diez años, desde la canchita de su barrio.
